Las edades de Sabina (en diez canciones)

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En la semana especial dedicada a Joaquín Sabina por motivo de su 70 cumpleaños, Marta Sanz  recorre su discografía y escoge diez canciones de diferentes etapas que reflejan cómo miraba el mundo en aquel momento. A qué le cantaba Sabina en cada parte del camino.

 

Selección y texto: MARTA SANZ.

 

No hay diez canciones que resuman su biografía, pero con esta selección podemos abrir los ojos al mundo que dibujó en algún alto del camino, con el paso del tiempo como excusa o telón de fondo. La firmante opina lo mismo: faltan todas las que no están. Disculpen el atrevimiento.

En los últimos días lo he escrito hasta la saciedad. En este momento está en mayúsculas sobre las palabras que tecleo, en rotulador verde y subrayado en una libreta junto al ordenador. Lo he leído casi tantas veces como cigarros he encendido mientras miraba esas cuatro palabras y dejaba que sonara la música. “Las edades de Sabina”. Al apagar la colilla, vuelve la contradicción. Es imposible encerrar a Joaquín Sabina en una línea temporal. El bendito caos de su discografía está por encima de cualquier efemérides. Y por eso cada letra se resiste a ser fiel al título.

Pero sin desdecir ni una coma, hay algo que sí une al músico con este capítulo de su celebración: no hay cronista del paso tiempo como él. Salpicadas de nostalgia o de ganas de comerse el mundo, las letras de Sabina son trazos certeros del momento que vive. Y aunque el calendario no ha restado lo importante, y sigue sonando el eco de La Mandrágora o la energía de Viceversa en cada una de sus actuaciones, los años han rasgado tanto su voz como abierto su mirada. Y hoy lo celebramos abriendo diez ventanas al paisaje de su vida.

 

1. “Mi vecino de arriba” (Inventario, 1978)

No es, en rigor, una canción sobre el tiempo, pero sí es la declaración de un momento vital muy reconocible, ese en el que nos sentimos inmunes a la vejez, al peso de la rutina. Con los años uno aprende que no hay quien se salve de ser “el vecino de arriba” de alguien, aunque tus zapatos te lleven al piso de siempre.

 

 

2. “Pasándolo bien” (Malas compañías, 1980)

El orden cronológico coloca en esta segunda posición un tema que podría cantarnos mañana y no sonaría desfasada. Quizá la diferencia está en que entonces no parecía una proeza embarcarse en la ilusión de seguir pasándolo bien a pesar de todo. Las tablas que aún patea con rebeldía y su mirada emocionada en escenarios como el Olympia dicen que el tiempo aún no ha lijado el fósforo del Sabina de los años ochenta.

Posdata: el vídeo no tiene desperdicio.

 

 

3. “Cuando era más joven” (Juez y Parte, 1985)

Pincelada de nostalgia anticipada, cuando con todo por vivir se empieza a echar de menos lo que se fue. Maravillosa letra y casi confesión, que a pesar de contar una historia muy concreta abre la puerta al pasado propio, al espejo que nos recuerda las pequeñas concesiones que hemos hecho a lo largo del camino. Si ese Sabina que se descubre —con apenas 35 años— pudiera adivinar los cientos de Sabinas que le sucederían…

 

 

4. “Nacidos para perder” (El hombre del traje gris, 1988)

Fuera cual fuera la temática de esta selección, esta canción tendría un hueco en ella. Y siendo el tiempo la excusa, podría ser primera y única, por ser uno de los relatos más bellos que de su historia hace el ubetense. Sabina en cada frase.

 

 

5. “Ataque de tos” (Mentiras piadosas, 1990)

Aparcamos por un momento la melancolía para bailar el lado canalla de Sabina, un brindis al presente feliz de futuro incierto. Son los primeros acordes del vendedor por millones de discos, con la pose de rockero debida. Esa que se permite celebrar la frivolidad de los momentos más solemnes.

 

 

6. “Tan joven y tan viejo” (Yo, mí, me contigo, 1996)

Es, sin duda, la elección más obvia. La cansada voz que la inicia se deja vencer por las canas, casi se viste de despedida. Desde hace unos cuantos conciertos, el prólogo lo canta Antonio García de Diego al piano mientras Sabina se toma un descanso, hasta que en el verso preciso reaparece en el escenario para advertir que “de momento, nada de adiós, muchachos”. Ojalá terco ritual por muchos años.

 

 

7. “Yo me bajo en Atocha” (Enemigos íntimos, 1998)

En este disco que consiguió de una forma vibrante sumar las extremas personalidades de Joaquín Sabina y Fito Páez, se encuentra la primera ancla del recorrido. Escoger un hogar es reconocer que una búsqueda ha terminado, y con ella una parte de nuestra vida. Pero no hay tristeza posible al deshacer las maletas en este Madrid.

 

 

8. “A mis cuarenta y diez” (19 días y 500 noches, 1999)

Aunque esta canción tiene veinte años, no hay Sabina más viejo que el de sus cuarenta y diez. Entre líneas parece darse por vencido de alguna forma, pero el mundo no recogió ese guante y a esa edad le llamaron más escenarios que nunca, y todos los reconocimientos. En el destello de ese éxito, se propuso ser formal, y su cuerpo acostumbrado a la mala vida le respondió con serios problemas de salud que le hicieron bajar el ritmo, y levantar la cabeza. Perdón por la tristeza.

 

 

9. “Ay, Rocío” (Alivio de luto, 2005)

Hay en esta carta a su hija una verdad desgarradora, un autorretrato tan despojado de personaje y bombín que casi parece un desliz en su discurso. Sabina viene de pasar por los infiernos de una dura depresión, y sin perder de vista la nube negra se muestra tan vulnerable como se siente. Y desde entonces, valiente, no ha vuelto a esconderse.

 

 

10. “Lo niego todo” (Lo niego todo, 2017)

Y otorgándole el derecho a réplica, cedo la última estación a la contradicción. No he pretendido contar su vida, y aun así, lo niego todo.

 

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