La última lección maestra de David Bowie

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“El último Bowie no comentaba cada paso de su existencia en las redes, no actuaba en directo, grababa discos, y eso, en un tiempo en el que el registro sonoro ha perdido su importancia frente al escenario, se torna como una lección ejecutada con maestría”

 

 

En este texto, Juan Puchades reflexiona sobre cómo David Bowie supo reinventarse, del colorido de antaño, en elegante silencioso, hasta dejar este mundo dándonos una lección de absoluta maestría.

 

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

 

En los estéticamente delirantes, pero intensísimos en lo musical, años setenta, David Bowie se creció en la provocación desde que asumiera el papel de Ziggy Stardust. Su pose andrógina y salvaje chocaba con la alarmante belleza de su obra, con los conceptos musicales que empleaba —escuchen las producciones para Iggy Pop y Lou Reed— combinando inherentes raíces folk con el glam del momento, ensamblando instrumentos acústicos con eléctricos, aportando metales con singular coherencia, recurriendo a la épica, el dramatismo y la epopeya, incluso utilizando el silencio y el vacío como un elemento creativo más. Parecía que en Bowie coexistían el músico de raza y el exhibicionista que sabía jugar como nadie con los recursos gestuales del teatro y el cabaret, aprovechando la repercusión mediática y el sofoco que podía generar en muchos algunas de sus imágenes más premeditadamente provocativas.

Incluso ese nuevo Bowie trajeado que perfiló desde la década de los ochenta, por contraste, tenía algo de provocador: subrayaba que su reinventarse no tenía fin. Musicalmente fue investigando distintas soluciones, coqueteó con el soul y la música disco antes que nadie, se zambulló en todos los tics sonoros que los ochenta ofrecieron, probó el rock duro (a su manera) con Tin Machine, cayó rendido a la electrónica en los noventa… Y luego, cual Greta Garbo del rock, tras el infarto de 2004, se retiró a vivir una vida familiar en Nueva York, lejos de los focos que parecían haber sido alimento imprescindible.

Pero haciendo gala de un manejo increíble de los tiempos —del tiempo que vivimos—, quien había sido exhibicionista contumaz, el 8 de enero de 2013 anunció que tenía nuevo disco. Había logrado, junto a su querido amigo y productor Tony Visconti, que la noticia no se filtrara: en la Era Internet, Bowie comprendió que la sorpresa era, precisamente, permanecer en silencio hasta el momento adecuado, cuando creyó que era oportuno, y lo hizo, directamente, desvelando el single que avanzaba ese álbum, “The next day”, que publicaría en marzo. La noticia de su regreso cayó como una bomba: logró la atención de todos los medios. Lo mismo que ha sucedido hoy con la de su muerte (como en 2013, sin filtraciones sobre su enfermedad).

Ahora la pregunta es si Bowie ya sabía entonces que estaba enfermo de cáncer. La noticia de su fallecimiento asegura que llevaba dieciocho meses luchando contra esa horrible enfermedad que ataca a todos por igual, así que parece que en 2013 lo desconocía. Sin embargo, permaneció oculto, no hubo concierto de reaparición, ni entrevistas. Tony Visconti ejercía, según acuerdo tácito, de portavoz, de “su” portavoz. El nuevo Bowie era un Bowie misterioso.

En la breve nota que Visconti ha hecho pública despidiendo a su amigo, asegura que “Blackstar”, el nuevo disco —lanzado el día de su 69 cumpleaños, el pasado viernes—, ha sido su regalo de despedida, que hacía un año que sabía que esta era la forma en que se iría. Es decir, el último gesto de Bowie ha sido marcharse sin perder el tiempo, creando, dejando un disco que, tal vez por días, podría haber quedado como póstumo. No quiso aprovechar la enfermedad para lograr la atención mediática ante el lanzamiento de la que iba a ser su última obra: este nuevo Bowie había decidido trazar, con la misma mano firme con la que antaño ejerció de colorista provocador, ese perfil enigmático, de elegante silencioso, de artista recluido. El último Bowie no comentaba cada paso de su existencia en las redes, no actuaba en directo, grababa discos, y eso, en un tiempo en el que el registro sonoro ha perdido su importancia frente al escenario, se torna lección ejecutada con maestría: Bowie, hasta el final, siguió innovando, llevando la contraria, fiel a su instinto ha dejado un mensaje bien elocuente: la obra es lo que importa. Dice Visconti que su muerte ha sido una obra maestra. Sin duda. Sin ninguna duda.

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