La peli de las Runaways promete más de lo que ofrece

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«En ‘The Runaways’ los tópicos campan a sus anchas, los personajes sin escrúpulos lo son en demasía, y el romanticismo de un ideal se lleva a tal extremo que no resulta creíble»

«The Runaways», el biopic sobre el grupo femenino del mismo nombre todavía no ha llegado a las salas españolas, pero  ya se puede ver en Estados Unidos ya se puede ver en DVD. Álvaro Fierro se sienta delante del televisor y nos cuenta.


Texto: ÁLVARO FIERRO.


En 1975, poco antes que desde Inglaterra se materializara la gran estafa del rock and roll, al otro lado del Pacífico, en concreto en Hollywood, The Runaways se alzaron muy a su pesar pioneras de las artimañas intrínsecas del «showbizz». A saber, Joan Jett y su quinteto no fueron otra cosa que simples adolescentes –¡quince años de media!)– que en su inherente ingenuidad pretendieron llevar adelante la cruzada contra el rock falocéntrico que en los setenta tenía a Bowie su buque insignia. Cruzada que inevitablemente –y en sólo cuatro años de vida– se tornó en quimera, pero que sirvió, sin embargo, para crear un nuevo rol en la música: el de la chica que ha nacido para ser mala, que ama jugar con fuego y se autoproclama reina del ruido.

Basada en las memorias de Cherie Currie, “Neon angel”, se deduce que Joan Jett (Kristen Stewart en el film) habrá quedado satisfecha con el resultado de este desaguisado hecho largometraje. No sólo porque su papel de curranta del rock salga el mejor parado en comparación con la megalomanía de Kim Fowley (Michael Shannon) y la candidez de Cherie Currie (Dakota Fanning), sino porque su nombre aparece en los títulos de crédito como productora ejecutiva. Al parecer, ella fue la que tendió puentes entre el despiadado manager y la lánguida cantante, peleó para que su banda permaneciera unida y tuvo las ideas claras desde el principio, que a excepción de Lita Ford, sigue en el gremio desarrollándolas. La única que no llegó por casualidad al rock and roll, en resumen, la auténtica. Y como es de se prever en un grupo de quinceañeras con relativo éxito –o de cualquier niño prodigio zarandeado por otras figuras allende las paternas–, los problemas se convierten en dramas. Las drogas aparecen por defecto y, adiós, el protagonismo de una en detrimento del resto termina de encender la mecha. Que es ahí donde Floria Sigismondi falla, como suele suceder en biopics basados en auges e irremediables caídas de estrellas de la música, que se tornan en folletines con pasmosa facilidad.

En «The Runaways» los tópicos campan a sus anchas, los personajes sin escrúpulos lo son en demasía, y el romanticismo de un ideal se lleva a tal extremo que no resulta creíble. Por no hablar del plano técnico, donde los encuadres oblicuos, que dan a entender el desmoronamiento de la situación, están ya más que manidos, amén de otros detalles sonrojantes, como el que tiñe de púrpura la escena lésbica de Jett y Currie, sonorizada por un no menos manoseado “I wanna be your dog”. La banda sonora es buena, eso sí. Lo tenían a huevo.

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