Jim Gordon (1945-2023), el trágico destino de las manos mágicas

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«Con Rita Coolidge compuso algunos temas que quedaron inéditos. El interludio de piano de uno de aquellos temas, titulado “Time”, sirvió de base para el clásico “Layla”»

 

Texto: LUIS LAPUENTE.

 

Hubo una larga época, más de una década de la edad de oro del rock, en que bastaba con echar un vistazo a los créditos de un disco para saber si merecería la pena comprarlo, aunque no conocieras al intérprete. Ahí, en la batería, urgía encontrarse con cualquiera de estos tres nombres, que eran garantía de calidad: Hal Blaine, Jim Gordon, Jim Keltner. Ahora ya solo queda vivo el último.

Baterista y pianista de singular talento, James Beck Gordon, nacido en Los Ángeles el 14 de julio de 1945, había empezado a labrarse un nombre en la música popular acompañando a los Everly Brothers en 1963. Pronto entró a formar parte del legendario Wrecking Crew, el Equipo de Demolición, esa extraordinaria pléyade de músicos de sesión que trabajaron en los estudios Gold Star de Los Ángeles, en los años sesenta y setenta, y que participaron en decenas de grabaciones canónicas de artistas tan diversos como Sonny & Cher y The Beach Boys, Frank Sinatra, The Monkees, The Mamas and The Papas, Jan & Dean, Sam Cooke, The Fifth Dimension, Phil Spector, The Byrds, The Supremes, Scott McKenzie y Simon & Garfunkel, entre otros. Por el Wrecking Crew pasaron dos gloriosos bateristas, Earl Palmer y Hal Blaine, que enseguida se encargó de pulimentar el estilo de su pupilo Jim Gordon. Bajo la atenta mirada de Blaine, Gordon trabajó con Brain Wilson en el álbum Pet sounds y tocó la batería con Nilsson, por ejemplo, en el tema “Everybody’s talkin’”, creando ese ritmo especial, como de automóvil, sobre el que gravitan todas las secuencias de la voz y de los otros instrumentos.

También tocó con The Byrds en el elepé The notorious Byrd Brothers (1968), antes de integrarse en la banda que acompañó a Delaney & Bonnie en sus años de gloria. De allí pasó, con los otros miembros de la sección rítmica del dúo (el bajista Carl Radle y el guitarrista Bobby Whitlock), a formar parte de la banda liderada por Eric Clapton Derek & The Dominos. Pocos meses antes, Gordon había iniciado una relación sentimental con Rita Coolidge, con quien compuso algunos temas que quedaron inéditos. El interludio de piano de uno de aquellos temas, titulado “Time”, sirvió de base para el clásico “Layla”, acreditado a Clapton y Gordon, por el que nunca se reconoció derechos de autor a Rita Coolidge, que lo cuenta así en su libro de memorias Delta lady: «Una tarde de 1970, Jim Gordon vino a mi casa de Hollywood, se sentó al piano y tocó para mí una progresión de acordes que acababa de componer. La mayoría de la gente conoce a Jim como uno de los mejores baterías de sesión de Los Ángeles a principios de los setenta (tocó en todo tipo de temas, desde «Wichita lineman», de Glen Cambpell, hasta el álbum Pet sounds de los Beach Boys), pero también era un pianista competente y, al haber estado expuesto a tantos estilos musicales, tenía un sentido muy desarrollado de la melodía y la estructura. Los acordes que Jim tocó para mí estaban en la tonalidad de Do sostenido y formaban un estribillo de ocho notas antes de que se repitiera la progresión. Tenía algo de inquietante (…) Me encantó la progresión de Jim, pero de momento solo era eso: un riff impresionante, no una canción. Mientras jugábamos con ella, se me ocurrió de repente una segunda progresión, una contramelodía que resolvía la tensión de los acordes de Jim y construía un crescendo dramático que unía el principio y el final de la canción. Escribí una letra que reflejaba la sensación de fatalismo y esperanza de la melodía («cariño mío, créeme, no me dejes nunca, tenemos un millón de años para demostrarles que nuestro amor es real»). Jim y yo acabamos llamándola «Time (don’t let the world get in our way)» y grabamos una maqueta. Tocamos la canción para Eric Clapton cuando estábamos en Inglaterra de gira con Delanie and Bonnie. Recuerdo claramente estar sentada al piano en los Olympic Studios mientras Eric me escuchaba tocarla hasta el final (también lo recuerda Bobby Whitlock, el as del piano de Delaney y Bonnie, que estaba en la sesión). Jim y yo le dejamos a Eric una cinta de la maqueta, con la esperanza, por supuesto, de que la versionara. No pasó nada y me olvidé del tema. (…) Una tarde de 1971, después de terminar mi primer álbum, estaba en A&M Records haciéndome fotos promocionales. El fotógrafo había encendido una radio mientras trabajaba. No estaba prestando mucha atención, pero, de repente, me di cuenta de que la canción que estaba sonando me resultaba familiar. Pensé: «Espera, creo que ya la he oído antes». El fotógrafo me decía que posara de esta manera y de aquella otra, pero yo solo oía esa canción. De repente, caí en la cuenta: la canción de la radio era mi canción, pero nunca la había grabado. Se me debían de estar saliendo las venas del cuello…».

En 1973, “Time” apareció, con arreglos especiales de Rita, en el álbum Chronicles, firmado por su hermana Priscilla y su cuñado Booker T. Jones, el ex miembro de Booker T. & The MGs. Mientras, Jim Gordon siguió dejando su impronta a lo largo de la década en discos de George Harrison (All things must pass y Living in the material world), Joe Cocker (Mad dogs & Englishmen), Leon Russell, Nilsson, Traffic (The low spark of high heeld boys), Frank Zappa (The grand wazoo y Apostrophe), Incredible Bongo Band (“Apache”), Johnny Rivers, Steely Dan (suya es la batería en “Rikki don’t lose that number”), Chris Hillman, Dave Mason, Tom Waits, Art Garfunkel, Joan Baez, Tom Petty, Alice Cooper, John Lennon y Yoko Ono y otras figuras del rock.

Jim Gordon empezó a escuchar voces dentro de su cabeza ya desde la adolescencia. Después de haber consumido heroína y cocaína, las voces aumentaron en intensidad y poco a poco sintió cómo se adueñaban de su voluntad. Diagnosticado de esquizofrenia, fue tratado en varios hospitales con poco éxito, hasta el punto en que afectó seriamente a sus relaciones de pareja (Rita Coolidge cuenta que le abandonó por la manera violenta en que se comportaba con ella). El 3 de junio de 1983, Jim Gordon ya presentaba muestras evidentes del deterioro mental que le condujo a asesinar a su madre a martillazos y cuchilladas, siguiendo las instrucciones de esas voces interiores que le dominaban. Diagnosticado de esquizofrenia por los forenses, fue juzgado como una persona cuerda, de acuerdo con las leyes entonces imperantes en el estado de California, y condenado a pasar al menos dieciséis años recluido en una institución carcelaria, bajo supervisión psiquiátrica. Desde entonces, varias veces se rechazó concederle la libertad condicional, después de haber manifestado él mismo ante el equipo que le examinaba que su madre no había muerto y que le visitaba todos los días. Jim Gordon, las manos mágicas del Wrecking Crew y del rock de los años setenta, murió el pasado 13 de marzo en el California Medical Facility, una prisión médica y psiquiátrica de Vacaville, California. Le sobrevive su única hija, Amy.

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