Javier Ruibal: «Me preocupa que se den pasos atrás, culturalmente hablando»

Autor:

«Se me apareció la virgen y me dijo: “A ti, si haces lo que quieres, no te va a ir mal”»

 

Saturno Cabaret, el recién alumbrado disco de Javier Ruibal, inspira esta charla con el escritor Luis García Gil, autor de Conversaciones con Javier Ruibal (Efe Eme, 2022). Un momento perfecto para hablar del presente y echar un vistazo por el retrovisor del inquieto artista gaditano.

 

Texto: LUIS GARCÍA GIL.
Fotos: PEPA NIEBLA (THE FOG HOUSE).

 

Javier Ruibal regresa a la actualidad musical con nuevo disco, Saturno Cabaret, que ilumina musicalmente el tiempo oscuro de la posguerra con una propuesta que presentó en Madrid el pasado mes de enero. Un proyecto sobre el que charlamos en esta entrevista, donde también hace memoria de esa trayectoria ejemplar que ha desarrollado desde su primer disco, Duna, obra casi de culto que grabó hace más de cuarenta años.

 

Has grabado, sumando a la lista tu recientísimo Saturno Cabaret, más de una docena de discos, catorce para ser más exactos. El primero fue Duna, aún no habías cumplido los treinta. ¿Podías pensar entonces que recorrerías un largo camino en la música?
Yo entonces pensaba poco. En este país aprendimos a hacer canciones escuchando a otros, a tocar la guitarra mangando acordes a otros que sabían tocarla, y en los conservatorios te hacían solfear hasta la extenuación y no llegaba el momento de vincular eso con lo que a ti te gustaba. De todos modos, la vocación tiene un ímpetu que no impacienta. Yo entonces quería ser Paul McCartney por lo menos, pero después te das cuenta de que de ahí para abajo hay muchas maneras de ser músico, de estar y de pasarlo bien y de tener la sensación de estar haciendo lo que a uno le da la gana. Creo que entonces era menos dueño de mi vida que ahora, porque tenía que estar pendiente de muchas cosas. Date cuenta de que en Duna hay unas bulerías y también música medio árabe, medio india… uno no sabía dónde le iban a situar. Entonces no sabía bien adónde iba, pero sí sabía adónde no quería ir.

Lo que te distinguió desde el principio es una personalidad propia al margen de la industria, de lo comercial. De ahí el respeto de la prensa especializada.
Había dos maneras de enfocar la música. Una era buscar lo pegadizo, algo que se pueda retener en la memoria y que te pida la cabeza canturrearlo y repetirlo una y mil veces. Eso era todo y lo sigue siendo. Hay muchas maneras de hacer música con simplicidad, pero a mí ninguna me daba satisfacciones. Pero esa simplicidad era la que ocupaba, y sigue ocupando, el gran abanico de exhibición de la música. Yo quería hacer otro tipo de música que me alejaba de la radiofórmula. Mis opciones de difusión entonces pasaban por gente como Jesús Quintero, que en RNE eligió una canción mía, “Amada”, y durante dos años la estuvo radiando junto a una de Pink Floyd. Estas cosas fueron muy bonitas y te daban la razón para no hacer lo que ya hacían otros. Pero también era consciente de que la ventanita por la que asomas la cabeza, tú y todo el que vaya a hacer algo personalizado e independiente, es muy chiquita. Con eso también se aprende a convivir. Aun así, ocurría que alguien en la prensa y en la radio especializada te defendía a carta cabal. Y eso claro que ayuda.

¿Y te has curtido en escenarios muy distintos?
Yo no he tenido nunca giras apoteósicas. He tenido una gira permanente durante todo el año y he tocado en locales de todos los tamaños, en teatros más grandes o pequeños. No he parado nunca, pero no he programado una gira que empiece en octubre y acabe en septiembre, por ejemplo. Esto no funciona así para alguien que haga estas músicas, sino para aquellas otras que tienen más respaldo porque se radian mucho y terminan por inculcar, no un gusto, sino una opción de elegir que es cada vez menos amplia para el oyente.

El lema musical que siempre has tenido es hacer lo que quieres, y te ha dado resultado.
Yo me he dado un lujo viviendo en mi tierra sin tener que estar pateando arriba y abajo una calleja de Lavapiés en Madrid esperando a que se me aparezca la virgen. Y a mí sí que se me apareció, y me dijo: «A ti, si haces lo que quieres, no te va a ir mal». Pero también tienes que leer mucho, escuchar mucha música, tanta como puedas para no imitar, y de ese aprendizaje puede que salga un estilo más o menos personal. También están el factor inspiración y el factor suerte, pero esos no se controlan, se tiene o no se tienen.

 

«La inspiración y la suerte no se controlan, se tienen o no se tienen»

 

A Javier Ruibal le respeta el público, la crítica e ilustres compañeros de oficio que aparte de amigos han recomendado tu música. Esto debe suponer una satisfacción personal muy grande.
A mí, por entonces, lo que de verdad me gustaba era formar parte de esa camarilla de artistas e ir a Madrid a soltar mi rollo. Cuando cantaba en el Café Central o en los clubes de Malasaña o en las fiestas de San Isidro en la plaza Mayor, ser parte de esa camarilla, sin ser conocido apenas, fue un privilegio. A ver, no soy tonto, también me hubiera encantado tener un público mucho más mayoritario, pero puede ser que las canciones que he hecho no estén dirigidas al público mayoritario. Soy colega de Miguel Ríos desde hace treinta y cinco años, de Luis Pastor, de Martirio, de Carmen Linares, de Enrique Morente, artistas de todos los gremios que me acogieron y me dieron un calor que agradeceré eternamente. Y me he tomado todas las copas que había que tomarse para estar en la bohemia [ríe]; después carretera y pa’ Cádiz con mucha alegría, y hasta la próxima.

Y entre esos músicos que has querido y te han querido está Serrat, que ha cantado contigo hace poco en Madrid, preparándose la maravillosa “Bloody Mary” de tu último disco.
Serrat está conmigo casi desde el principio. En el segundo disco, Cuerpo celeste, escribió una cosa muy bonita sobre mí y además tuvo un detalle precioso cuando fui a Barcelona a hacer un programa con Ángel Casas en TV3.Tras la prueba de sonido me fui al camerino y allí estaba él con su mujer Candela. Le pregunté si venía para alguna entrevista. Y me dijo que no, que había venido a estar conmigo un rato. Esto es lo que hay que poner en valor y que tanto puede ayudarte cuando por lo que sea se tiene una mala tarde. Te das cuenta de que tienes lo mejor que se puede tener, que es la amistad y la complicidad de estos grandes artistas. Con ello de alguna manera están refrendando que les importas, y mucho, artísticamente.

Situémonos ahora en tu presente musical y en el candente Saturno Cabaret, que es fruto del espíritu musical inquieto que siempre te ha acompañado. ¿Cómo surge este proyecto que en un principio iba a ser compartido?
Esto empezó en una charla después de un concierto con Luis Cabrera, director del Taller de Músics de Barcelona. Me propuso un proyecto conjunto con Santiago Auserón y los músicos del taller. Volví a casa y me puse a darle forma, porque una cosa es ponerse a hablar en teoría de hacer algo juntos y otra muy distinta encontrarle sentido a esa colaboración. Y en lugar de hacer un disco de grandes éxitos de ambos, que suele ser lo previsible, se me ocurrió la idea del Saturno Cabaret, que no tenía todavía nombre, pero me atrapó la idea de un cabaret de Barcelona de los años cincuenta donde pudieran entrar mis músicas y las de Santiago, haciendo algo relacionado con las salsas y la música caribe. Esa fue la primera idea. Empecé a escribir por mi cuenta, Santiago escribió algunas cosas muy bonitas que luego yo no utilicé. Luego él tenía dos libros que presentar, un disco en gira, y quería andar con su banda. Aquello ya no se parecía a lo que habíamos hablado y decidí abordar el proyecto en solitario, aunque hubiera sido divertido haberlo hecho juntos.

 Y fluyó la inspiración…
Me puse a escribir y no tardé mucho. Fue de las escasas ocasiones en que vinieron las ideas como un ciclón. Primero escribí “Bloody Mary” y luego “El comisario”. Al ser el cabaret un sitio cerrado, hay ciertas cosas muy típicas que suceden y otras que no caben ahí. Los personajes son una fauna previsible: la cabaretera, el comisario, el policía, la chica del guardarropa, el cantante de la orquesta, el gay que cuida de las niñas del ballet, el ballet cubano, etc. Cuando terminé de escribir adjudiqué las músicas a cada uno y como lo que sonaba en los cincuenta eran el tango, el cuplé, el pasodoble, el bolero, las baladas italianas, el boogie woogi y el rock and roll, que ya estaba arrancando, a cada personaje le fue cayendo su música.

Se puede decir que en este disco está sintetizado el cancionero sentimental de posguerra que Manuel Vázquez Montalbán iluminó con su prosa.
Algo así como lo de la película “Canciones para después de una guerra” de Basilio Martín Patino. Dejaron de ocurrir tantas cosas buenas que lo que queda es una memoria sentimental ni resentida ni nostálgica. Toda la generación de esa época, la de mis padres y la de gente un poco más joven y un poco más mayor que ellos, no tuvo más opción que tragar con lo que se habían encontrado. Sufrieron muchísimo y había mucha abnegación, mucha estrechez y mucha máquina de coser en las casas; esas madres cosiendo y arreglando ropa para los hijos. Yo quise hacer en este disco un homenaje lleno de compasión por esa gente. Por las dificultades de los que lo vivieron. Los primeros que lo pasaban muy mal eran los propios personajes del cabaret que venían huyendo de su tragedia o sus penas particulares. Refugiados ahí, sentían otra cosa. Además del público que se acudía a vivir algo tan inocente, visto desde ahora, como escuchar un chiste picante o ver una vedete semidesnuda. Saturno Cabaret es un homenaje a toda esa gente.

¿Y cómo fue la presentación en Madrid, en el teatro Circo Price de la Ronda de Atocha?
Muy gratificante. Cantar con Miguel Ríos, Serrat, Poveda… Al primero que llamé fue a Miguel. Le dije que tenía un rockabilly titulado “Yankees welcome”, le conté la historia y le encantó. Luego le pasé a Serrat “Bloody Mary”, que parece una canción suya, y dijo que adelante. En el caso de Miguel Poveda, que está haciendo un espectáculo que se llama Enloquecido, un disco suyo magnífico sobre Federico García Lorca, y le propuse “Mundo obrero” y se metió de lleno en la historia de una pareja currante que va al cabaré el domingo, a que los traten de usted y se sienten personas importantes. Han sido todas coincidencias estupendas.

Este disco te ha permitido volver a trabajar con Javier López de Guereña y con una banda que aúna juventud y talento, con José Recacha a las guitarras, con tu hijo Javi a la batería y percusión, Javier Galiana al piano y a los teclados, etc.
Es que los músicos de las nuevas generaciones saben latín y griego y «las meten de tacón», como se dice en Cádiz. Son unos músicos estupendos que rinden muy bien, que aparte de improvisar cuando tienen que improvisar también están a la altura cuando se les ponen por delante arreglos muy ambiciosos. Javier López de Guereña ya arregló Sueño, mi disco sinfónico, y trajo unos arreglos que los propios de la orquesta preguntaban asombrados: «¿Quién ha escrito esto?», y apostillaban «qué bien suena, qué bonito». Aquel disco y este son trabajos muy rigurosos para interpretar y tocar. Javi López, con las canciones de Saturno Cabaret, ha hecho una preciosidad. Y luego hay que añadir todo el equipo que forma parte del espectáculo, al margen de los músicos. En el baile están David Nieto y Lucía Ruibal. Ambos le dan un dinamismo y una belleza al espectáculo que no tenemos los que estamos cantando o tocando.

 

«Los músicos de las nuevas generaciones saben latín y griego y “las meten de tacón”»

 

Lo que sí refrenda Saturno Cabaret es que ya no eres un músico tan intermitente como antes. Ahora dudas menos, grabas más discos. En los ochenta se decía que Javier Ruibal era un músico lento. Solo grabaste tres discos en esa década: Duna, Cuerpo celeste y La piel de Sara. ¿Cómo percibes ese cambio en tu manera de componer?
Me levanto más temprano, trasnocho menos. Antes uno pensaba que solo la noche podía venir la inspiración. Ahora escribo por la mañana, corrijo por la tarde. Componer no tiene hora. Incluso de noche me sigue gustando guitarrear, pero escribir requiere estar lúcido y despierto. Ya no dejo tanto tiempo entre disco y disco porque los que te quieren merecen que les entregues más. Soy más productivo, más riguroso en el trabajo, aprovecho mejor el tiempo, etc. Sin afán de ningún tipo más que demostrarme a mí mismo que puedo levantarme temprano y escribir de manera nada cerebral y al tiempo bastante inspirado. Es decir, confiar en que siempre van a salir cosas de tu propia sensibilidad.

De esa sensibilidad tuya nació un libro de poemas muy hermoso, titulado Coraza de barro. ¿Volverás a la poesía o lo consideras una necesidad momentánea que quisiste plasmar en un momento determinado?
Escribo algunos poemas de manera intermitente. Como todo, sucede o no sucede, hay que saber esperar, pero también hay que saber estar ahí para que suceda. Sin registros diferentes la canción y el poema. En el poema hay mucho de desnudarse y enseñar a voces el lado crudo de tus sentimientos. La canción en cambio me ayuda a aliviarme a mí y espero que a quien la escucha. Volveré a la poesía probablemente. ¿Cuándo? No se sabe.

Mi última pregunta va hacia el futuro. Ya sé que no quieres servir de ejemplo de nadie, pero no cabe duda de que tu carrera musical rezuma ejemplaridad en muchos sentidos. ¿Hacia dónde va la música? ¿Te preocupa el reguetón como música de consumo de toda una generación?
A mí me preocupa que se den pasos atrás culturalmente hablando. Se ha escrito y compuesto muy bien y sería una pena dilapidar ese patrimonio. Entiendo que todo es cambiante y la realidad hay que aceptarla, pero no si esta es inducida a propalar mensajes misóginos y reaccionarios. Eso no se encamina a ser cultura, sino a un cierto embrutecimiento que puede tener feas consecuencias. La música, cualquier música, no tiene la culpa de nada. Solo espero de los músicos responsabilidad y, cómo no, un poco de buen gusto.

Artículos relacionados