Hay más cuernos en un buenas noches, de Manuel Jabois

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LIBROS

«Sus jugadas son siempre aleatorias y anárquicas, como un líbero que se ajusta a la marcha del partido sin importarle las instrucciones previas»

 

Manuel Jabois
Hay más cuernos en un buenas noches
PEPITAS DE CALABAZA

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Tengo a Manuel Jabois por uno de los últimos periodistas de raza, de los últimos que defiende el bastión de una aldea ya extinguida. Convendrán conmigo que un periodista es aquel que les ofrece las noticias en un periódico, el nombrecito que aparece bajo el titular o el lead, pero un periodista de raza va más allá, un periodista de raza es quién se mete en la noticia hasta –en ocasiones– llegar a ser él mismo la noticia. No es periodista de raza quien participa en ella, sino quien la observa, quien piensa sobre ella, quien habla con la gente.

Los hay de guerra, los hay que acuden a las catástrofes y los crímenes antes que la policía o los bomberos, los hay que se cubren de laurel en las entrevistas –son aquellos en que el entrevistado sale de ella casi llorando– y los hay que tienen mano de santo para las crónicas. Todos vivimos, pero estos últimos aprovechan cada minuto de vida para extraer miles de hilos que después pasan al papel.

Manuel Jabois está de titular entre estos últimos. Sus jugadas son siempre aleatorias y anárquicas, como un líbero que se ajusta a la marcha del partido sin importarle las instrucciones previas. Un buen cronista siempre se apoya en la sorpresa, capta algo en la calle –una conversación, una pieza de vestir– y a partir de ahí elabora una anécdota. Cuando te das cuenta, te ha hablado de cine, de poesía –citas incluidas–, de futbol y de cultura popular. Todo en menos de dos cuartillas.

Así jugaban los grandes, así entraba al campo Álvaro Cunqueiro, que en “El envés” llevaba al máximo el sistema Jabois, o Josep Pla, o Nestor Luján, o Umbral, a quien dedica un sentido artículo. De hecho, las disquisiciones que tienen su base en necrológicas son bocado cardenalicio. La del autor de Las ninfas, pero también la que dedica a personajes desconocidos para el gran público como Sabino Torres –un impresor que llevó adelante una impresionante colección de libros de poesía– o Carlos Oroza, acicate beat para masas estudiantiles en los años sesenta, que hasta llegó a editar un par de discos. Poco antes de su muerte, este otro cronista que les habla llegó a entrevistarlo por teléfono con motivo de la aparición del segundo, y sus noventa años tenían una lucidez y una ironía que no he encontrado en casi nadie.

El lema de escritura del periodista gallego es el más sencillo del mundo: «He abominado de la solemnidad». Esto lo lleva muchas veces a un tono hilarante, en el que los mecanismos sociológicos se tornan sospechosos cuando se integran en su vida; esto, y no otra cosa, es lo que hacía Jardiel Poncela y lo que fue el modo de actuar de La Codorniz. Como a ellos, le sale bien esta vena narrativa entre fría, descarnada y explosiva, que en ocasiones se desvía hacia las reflexiones sobre el oficio del periodismo. También sale bien parado en ello.

Sus temas, así, son variadísimos. Puede relatar una tarde de copas con amigos, goles de Messi o de Ronaldo, explorar libros como Fariña o El lápiz del carpintero e indagar con escalpelo en las personas que los inspiraron, comentar todas las películas del mundo y, sobre todo, emocionar. Algunas de las crónicas sobre relaciones sentimentales o algunas de las que toman a su hijo –el que fue protagonista de Manu– como centro, llegan a ese estado prelacrimógeno al que se resiste él mismo a llegar. Nadie ha indagado más en la ficción como él cuando relata esa anécdota –común a muchos padres– en que su hijo se encuentra en el Retiro con unos muñecos que representan a las animaciones de La Patrulla Canina.

Son, en definitiva, diez años de la vida de nuestro país, la pasada década, en la que los artículos –publicados sobre todo en El País– no le hacen ascos a las visiones políticas, pero las toman como un mero ajuste de hasta donde hemos llegado. Una vida que, si alguien quiere de aquí a diez años estudiar cómo la llevamos a cabo, tendrá que acudir a las páginas de Jabois.

Anterior crítica de libros: Dolly Parton, autobiografía no autorizada, de Eduardo Izquierdo y Eloy Pérez.

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