Gran salto adelante, de Germán Salto

Autor:

DISCOS

«Coctelera de pop y delicadeza orquestal con letras que hacen alusión a vivencias sentimentales»

 

Germán Salto
Gran salto adelante
BMG, 2022

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Desde su primer disco –“el del gallo”, aunque titulado genéricamente Salto–, el madrileño Germán Salto ha seguido una carrera que no engaña. Sus referencias son el pop y el rock de finales de los sesenta y de los setenta, con guitarras a todo pistón y recuerdos a grandes clásicos que salpican sus canciones. No se aleja de esos condicionantes su tercer disco, aunque las letras sean aquí en castellano y las guitarras ya no están tan presentes por el añadido de un registro orquestal que lo acerca a Burt Bacharach o, en canciones como “Ciudad Invierno”, a los Beach Boys. Sus trompetas de melancolía callada, sus armonías vocales, las pinceladas de cuerdas o el final en fadeout retrotraen de inmediato al grupo de Brian Wilson.

Es la canción que recoge estos sonidos de manera más extrema, aunque las baladas también predominen y el single, “No”, ironiza sobre la idea de amor eterno bajo el paraguas de “Here, there and everywere”, de unos Beatles que también expanden su sombra en gran parte del disco. Más que seguir la estela de las composiciones del grupo, sigue la de Paul McCartney, por ejemplo en “Nada que hacer”, que ofrece en una letra sobre la ruptura amorosa esas pautas de efectiva sencillez con aliño de pequeños solos de guitarra o piano. Mucho más sixtie es “Cuando no tenías sed”, con un inicio muy serratiano y un desarrollo entre el folk rock y Los Brincos; apuntala este aire la batería a piñón, a la que la mezcla da papel preponderante.

Son canciones más compactas, puesto que, conforme va avanzando el disco, se potencia algo que ya estaba presente desde los primeros temas: una estructura que se basa en pequeños fragmentos que conforman cuatro minutos de sinfonía. Ocurre con “Solo el tiempo II”. Hay un bajo que marca una intro nerviosa, casi cinematográfica, paisajes de guitarra, pequeños parterres de sonido de Filadelfia, trompetas oníricas, cierto aire hispano. Todo esto en el tiempo en que a otros les cuesta meter un par de estrofas y un par de estribillos. También en “Vals final” se cuenta, entre los violines, con un final cinematográfico y experimental.

Los temas no son amplios y se dedica al amor en todas sus variantes. “Arder, humo y desaparecer” habla de un buen propósito de vida, sin sentimentalismos, derrochando el tiempo –con letra de Santi Campos– y está sostenida por las pulsiones de la guitarra y el cambio de textura y ritmo que ofrece el trombón. La guitarra acústica también sostiene “Solo el tiempo” (otra versión de la canción reseñada anteriormente, el productor –Íñigo Bregel, de Los Estanques– y el artista no se decidían por cuál incluir), con mayores trazas pop, subiendo el pulso con la eléctrica y dejándose visitar por los violines.

Los fondos orquestales dominan más, pues, que sus anteriores discos y se acercan, en ocasiones, en esta coctelera de pop y delicadeza orquestal con letras que hacen alusión a vivencias sentimentales. Todo medido en un disco que, si tiene alguna tacha, esta es lo escaso de su recorrido; si quitamos los veinte segundos del “Vals inicial”, se queda en ocho canciones que están pidiendo a golpes de violín más compañeras en los surcos.

Anterior crítica de discos: A bit of previous, de Belle and Sebastian.

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