Ficciones, las justas. La nueva moral en el cine, la música y la pornografía, de VV.AA.

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LIBROS

«Plantea preguntas de una situación que estamos empezando a vislumbrar y que no sabemos el camino que va a seguir»

 

VV.AA
Ficciones, las justas. La nueva moral en el cine, la música y la pornografía
Editorial Contrabando, 2022

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Poco a poco, las sociedades van cambiando, primero en aquello tan inaprensible de las sensibilidades de las gentes, para después pasar a los medios de información y, por último, a la justicia. No se trata de hacer un recorrido histórico, porque ha sucedido en todas las épocas; pero si han vivido, de manera consciente, las últimas décadas del siglo veinte, les costará poco darse cuenta de que situaciones y aspectos que se consideraban dentro de la norma, sin que nadie se sintiese extraño al asumirlos, hoy son considerados anatema. Lo curioso es que las sentencias, el paso final, ya no pasan por causas judiciales sino por la sensibilidad de la gente.

En Ficciones, las justas, la premisa de la que se parte es precisamente esta, expresada con el neologismo “cultura de la cancelación”, es decir, el ostracismo para artistas que han dicho o hecho algo inconveniente. Como decimos, ha sucedido en todas las épocas. En latín lo llamaban damnatio memoriae. La pregunta que sostiene los cuatro capítulos es: «¿Se trata de un moralismo artificial, aireado por ofendidos a la mínima, o una estrategia para llegar a una sociedad más justa y sin rémoras?».

Cuatro pequeños ensayos, pues, dedicados a las generalidades del asunto, y su presencia en el mundo del cine, de la música y de la pornografía (entendida más en sentido pictórico –los desnudos en las pinacotecas-). En todos ellos, escritos cada uno por un especialista, se ofrecen más preguntas que respuestas, porque quizás las respuestas no existan. ¿La moral en el arte ha de ser la misma que en el mundo real? ¿Cómo vemos hoy el incesto de Un soplo en el corazón, de Louis Malle, tratado sin dureza y sin morbo, con total delicadeza?

La idea de que el arte debe trasmitir valores y buenas maneras es exclusiva del siglo veintiuno, la nueva sensibilidad. Cierto es que, volvemos a la historia, siempre ha habido censura y trabas al arte “degenerado”, aunque su estigmatización venía siempre de las autoridades, no del público –que en ocasiones es el arte que buscaba-; en nuestros días, el dictamen es impuesto por el propio público.

Esto nos lleva –todo son causas y efectos- a que la izquierda haya abandonado, en parte, sus esfuerzos por mantener la lucha de clases y lo haya sustituido por el afán de justicia social ante las minorías. Convencido ya de que al capitalismo nada lo iba a tumbar, dedicó sus esfuerzos a la dialéctica cultural, fomentando así una guerra de valores y no de estados sociales. Al mismo tiempo, ya no hay un criterio meritocrático en la valoración del arte, el individualismo ha llevado a dar patina de calidad a «lo que me gusta a mí”. Mundo confuso. Con lo cual se crea una doble alambrada para el artista: lo que no puede decir para no ofender y lo que debe decir para gustar. Quien se aparta de estos preceptos, los heterodoxos, son los que no quieren entrar en esta guerra cultural, no los que exponen ideas diferentes.

Resumamos los capítulos. En el mundo del cine, se comentan las transgresiones hasta la década de los treinta, cuando el código Hays neutraliza la violencia y el sexo. Hoy, el cine ya está libre de ese corsé, pero actualmente los límites son volátiles, y se hace un buen análisis de estos aspectos en El último tango en París.

El de la pornografía comienza con un repaso a la visión del sexo en las diversas culturas, para desarrollar con mayor amplitud la occidental desde los griegos, y acabar con la censura no oficial en que se ha erigido un moderno e indemostrable derecho a no ser ofendido. El capítulo que cierra el volumen, el de la música, de mano de Carlos Pérez de Ziriza comienza precisando que el paradigma de nuestro tiempo es el mismo del Renacimiento –esto es añadido mío-: el conservadurismo frente al pensamiento libre, aunque ya ni esté claro quién ejerce el conservadurismo. Casos hay de ayuntamientos de supuesta izquierda que prohíben por contrato a los grupos que programan hacer apología de las drogas o el alcohol. Los que eran comecuras ahora deben de querer solo rock cristiano.

Lo del trap ya es de traca, si se me permite la paronomasia, quienes demonizan el trap no tienen ni la más remota idea de lo que ha sido la música popular desde hace setenta años. No hablo de algo tan poco mesurable como la calidad, hablo de que busquen temas de la historia del rock que no están plagados de violencia y discriminación. Entre cientos de casos de esta moral subjetiva –oxímoron, pues-, Ziriza pone como ejemplo el caso de Ryan Adams. Tras la acusación de su esposa y de otras mujeres de conducta sexual inapropiada, sin sentencia firme, fue condenado al ostracismo. Se lo rifaban los festivales, y hoy en día el público huye de sus vinilos como si estuviesen hechos de uranio enriquecido.

En todo caso, es un libro que plantea preguntas de una situación que estamos empezando a vislumbrar y que no sabemos el camino que va a seguir. Si hubiera respuestas, presumo que sería menos interesante. Las preguntas se resolverán al cabo de unos años, cuando veamos si nos hemos metido en una nueva Ilustración como la del siglo dieciocho o todo esto será visto como un sublime ridículo.

Anterior crítica de libros: Macarrismo, de Iñaki Domínguez.

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