“El último hombre en la Tierra”, de Coque Malla

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DISCOS


“Cada canción es una perfecta copa de vino, bien sujetada desde la base para no calentar en demasía el preciado elixir”

 

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Coque Malla
“El último hombre en la Tierra”
DRO/WARNER

 

Texto: CHEMA DOMÍNGUEZ.


 

 

Desde la portada, Coque nos recibe de espaldas, girando la cabeza para invitarnos a seguirle mientras nos mira de reojo. Después, se gira completamente para mirarnos de frente desde el interior. Ese movimiento y esa atracción que siempre provoca el músico madrileño, forman parte de la ideología de su nuevo trabajo, “El último hombre en la Tierra”. Todo se mueve, aparecen constantes arreglos y sonidos para no perder la atención del espectador. Cada canción es una perfecta copa de vino, bien sujetada desde la base para no calentar en demasía el preciado elixir. Así permite que aroma y gusto lleguen plenos al oyente, y rompa en mil matices.

‘La señal’ es un gran reserva emocional que inaugura el mejor trabajo de Coque Malla hasta la fecha junto a “La hora de los gigantes”, sin menoscabo de “Termonuclear” o el fantástico tributo a Rubén Blades de hace un año escaso. Vamos, que estamos ante un genio, pero esto no es noticia. La noticia son los vientos y las cuerdas arregladas por Miguel Malla, hermano de Coque, la excelente coproducción de Jose Nortes al lado de Coque, y una banda involucrada al máximo, reforzada por los coros de Javier Polo, María Ovelar, Billy Fesser, Nina y Araceli Lavado. Lo mismo sucede con los músicos itinerantes que convierten su intervención en auténticas filigranas, ahí están Ricardo Moreno y Juan Viera con sus percusiones, la mismísima guitarra de Jose Nortes o el serrucho de Diego Galaz en ‘Duerme’, que tiene el honor de cerrar el disco en forma de preciosa nana.

Es difícil quedarse con un momento específico de “El último hombre en la Tierra”, la duda te lleva a disfrutar plenamente de cada tema, de cada influencia y originalidad que Coque entrelaza en títulos como ‘Lo hago por ti’, donde el rock, el pop y “Los 400 golpes” de Truffaut conviven a la perfección, enmarcados por los teclados cinco estrellas de David Lads. Junto a él, Gabriel Marijuán, batería y percusión, Mac Hernández, bajo, y Toni Brunet, guitarras eléctricas, pedal steel y coros, tienen un comportamiento tan aguerrido como exquisito en momentazos tipo ‘Todo el mundo arde’, rock árido, letra serpenteante, algo de cabaret y más ecos de Ry Cooder que de Santana, además de la excelente percusión del compañero Ricardo “Ronaldo” Moreno.

‘Escúchame’ gira hacia ese rock soul que M Clan desea y Coque hace realidad con unos coros excepcionales. ‘Cachorro de león’ sigue en ese camino, pero suavizando la velocidad, abriendo paso a la historia: “Ella por fin maduró, dejó las drogas y el alcohol y ahora es artista (…) Tiene un cachorro de león y es una perfecta equilibrista”. Porque la narrativa de Coque tampoco descansa, no se deja vencer por el tiempo ni la comodidad, llegando a equilibrios magistrales como ‘Pétalos, sonrisas y desastres’, donde una vez más echa mano de un coro tocado por la perfección, que va respondiendo y completando a la voz principal para construir una de las canciones más hondas del disco. Aquí vuelve a unir orquesta y pop en la orientación de su admirado Neil Hannon, al que tiene en un altar, tal y como decía a Arancha Moreno en la entrevista publicada hace unos días, y sin desdecirle del todo, creo que Coque supera a su referente. Y ojalá nos fijásemos más en el maestro para estas lides, Battiato.

Otro punto álgido viene de ‘El cambio interior’, dos minutos y veintisiete segundos para aunar humor y canción protesta, muy lúcida, situada en un espacio intermedio entre Aute y Krahe. Fantástica. Pero la estrella sobre la que giran todos los planetas es, precisamente, ‘El último hombre en la Tierra’. Reconozco que hay pocos efectos que me gusten más que el trémolo, pero además de empezar con esa onda gravitacional desde la eléctrica, ‘El último hombre en la Tierra’ evoca a la perfección, sin nostalgia, ese momento feliz del amor que te marca, envuelto en una atmósfera parisina, evocadora de carrusel, de vals musette, despejando la bruma con la que el tiempo envuelve los buenos recuerdos.

 

 

 

Anterior crítica de discos: “Nueve canciones de amor y una de esperanza”, de Elefantes.

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