El oro y el fango: Los clásicos son para el verano (2). Little Richard, la bestia del rock and roll

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«Ganó dinero a espuertas, se compró una mansión en Hollywood donde llevó a toda la familia y vivió en plenitud la vida desaforada del rock, con el sexo como principal aliciente: disfrutaba de orgías con chicos y chicas, unas veces integrado en ellas y otras como espectador»

 

La segunda entrega de El oro y el fango dedicada a los pioneros del rock and roll nos acerca a Little Richard, el más salvaje y uno de los más influyentes rockers de todos los tiempos. Pero su historia es todo un desastre humano.

 

Una sección de JUAN PUCHADES.
Ilustración: BORJA CUÉLLAR.

 

Este sujeto, completamente pirado, salvaje, ególatra desmedido, fornicador, voyeur y pajillero compulsivo grabó entre 1955 y 1957 ‘Tutti-frutti’, ‘Long tal Sally’, ‘Slippin’ and slidin’, ‘Rit it up’, ‘Ready teddy’ y ‘Lucille’, aparte de algunas otras bombas igual de contundentes. Vamos, que el tipo estará loco, pero pocas bromas respecto a su poderío musical. Porque, además, esos descarnados trallazos de brutalidad rockanrolera desaforada hay que situarlos en su tiempo e interpretados por un individuo negro, bajito, con ojos de demente, bigotillo como trazado con tiralíneas, maquillado cual puta de burdel barato, vestido con colores chillones y todo ello rematado por un tupé inenarrable que se alzaba más de un palmo hacia el cielo. Para colmo, no escondía su homosexualidad y en directo entraba en éxtasis mientras conducía al público hacia el delirio. Lo nunca visto. Y por si no hay bastante, al año y medio de poner el rock and roll patas arriba, decidió retirarse, en el convencimiento de que esa era una música demoníaca, y se recicló ¡en predicador! Algo alucinante.

Richard Wayne Penniman vino al mundo el 5 de diciembre de 1932 en Macon, Georgia, en el conocido como cinturón bíblico de Estados Unidos, lo que marcó de por vida su pensamiento y esencia, siempre con la religión bien presente y con la Biblia como el gran libro que da respuesta a todas las preguntas. Aunque al pequeño Ricardo lo sumió en la más completa confusión, llegando a creer, durante décadas, que la homosexualidad «es contagiosa. No es cosa de nacimiento» y que lo suyo era fruto del vicio. Un «vicio» al que se vio abocado desde la infancia y que le turbaba tanto que a lo largo de los años no tuvo inconveniente en mantener también relaciones con mujeres mientras se excitaba pensando en hombres, llegando incluso a casarse en una relación que duró brevemente.

Cantando desde niño, sobre todo temas religiosos, Richard se formó en la calle, en los espectáculos ambulantes de variedades, mundo en el que se vio inmerso desde que, a los 14 años, se fugó de casa en calidad de ayudante de un tunante vendedor de ungüentos de serpiente capaces de acabar con todos los males que pudiera padecer un negro… De ahí saltó al vodevil, cantando habitualmente travestido para más tarde protagonizar números propios interpretando blues y rhythm and blues en los que se presentaba vestido de hombre pero con el rímel definiendo bien los ojos. Así recaló en Atlanta, donde se hizo un nombre y logró que en 1951 la RCA le grabara un single que tuvo escasa repercusión y en el que se mostraba como uno más de los cientos de cantantes de blues del momento, aunque el tema ‘Every hour’ sonó en alguna ocasión en la radio, para regocijo del cantante. Pero ahí el oyente no encontrará nada de la fiereza posterior.

Integrado como solista de una banda, fue actuando de aquí para allá, grabó algunos singles más y aprendió a tocar el piano, teniendo de maestro a otro famoso homosexual y rey de la extravagancia, Esquerita. Aunque el ídolo de aquellos años para Richard era el cantante de blues Billy Wright, al que le copió el peinado (no, Richard no llegó a ese extraño tupé por generación espontánea). Hacia 1953, ya tocaba con su propio grupo: Little Richard and The Uppetters, con los que atacaba el repertorio de B.B. King, Roy Brown y el propio Wright. Convencido de sus posibilidades, envió una tosca maqueta al sello de Los Ángeles Specialty que habría pasado desapercibida de no ser por la tenacidad que mostró Richard, quien telefoneaba constantemente a la oficina para ver qué les había parecido. Tanta insistencia obtuvo su recompensa: creyeron ver algo en su voz y organizaron una sesión de grabación en Nueva Orleans en septiembre de 1955. Para allá que se fue Bumps Blackwell, director artístico y productor de Specialty, a grabar en un estudio ubicado en la trastienda de un comercio de muebles y con los músicos habituales en las grabaciones de Fats Domino. La sesión fue un desastre, lo que hacía Richard no tenía demasiado interés y Blackwell creía haberse equivocado completamente con él: no era más que otro cantante del montón. Pero, como en los mejores relatos, la casualidad jugó un papel determinante: en el restaurante al que acudieron durante una pausa, Richard vio a unos jóvenes tocar el piano, y para vacilar se unió a ellos y les cantó «Tutti-frutti», una composición propia de ritmo arrebatador que dejó sin habla a Blackwell: eso es lo que tenían que grabar, ahí sí que brotaba música original y rompedora. Pero había un problema, la letra era una sucesión de obscenidades, así que le pidió a Dorothy La Bostrie, una jovencilla negra que había compuesto canciones para Specialty y que les acompañaba en la sesión, que reescribiera el texto en el mismo estudio. A Richard le daba tanta vergüenza su letra (de la primera versión, solo ha querido recordar con los años los versos «Tutti frutti, buen culín. / Si no te entra, no lo fuerces, / puede que con grasa te sea más fácil») que se lo cantó, mientras ella iba tomando notas, de cara a la pared. Grabaron varias tomas y ya estaba listo el primer single de Little Richard para Specialty. Y él, que nunca había pensado demasiado en el rock and roll, vio como éste le cambiaba la vida…

‘Tutti frutti’ es un rock trepidante, marcado por la repetición constante del estribillo, el clásico «auan-babulumba-balambambúm» y esos «ohhhs» en crescendo enloquecido que va dejando caer cada poco y que acabarían por ser santo y seña y que, finalmente, tanto influirían en Paul McCartney (años más tarde, compartiendo escenario en Hamburgo, el propio Richard le ayudaría a resolverlos correctamente). Más que una canción, un misil lanzado por un vocalista superdotado impulsado por un piano vibrante y un saxo frenético. Un tema cargado de negritud que, obra de un maravilloso demente, iba un paso más allá del que habían andado Bill Haley, Elvis y Chuck Berry, que habían grabado rock antes que Richard (Berry solo cuatro meses antes).

‘Tutti frutti’ fue un éxito inmediato (aunque la versión más descafeinada de Pat Boone lo superó en ventas: en aquellos días era habitual grabar temas recién editados por otros: y a ver quién ganaba la carrera del éxito, si el original o la réplica) y Little Richard abrazó la nueva religión del rock and roll, se lanzó a la carretera en shows alucinantes en los que se presentaba con su aspecto imposible (todo el kit completo, incluyendo el maquillaje y el erecto tupé) y en los que bailaba encima del piano, se tiraba al suelo, se disfrazaba, sudaba litros y litros, podía quitarse la camisa y lanzársela al público, incluso, si lo creía oportuno, era capaz de sujetar una silla con la nariz. Mientras, su grupo le apoyaba en el «espectáculo», desfasando, bailando, saltando, gritando… Lo singular de todo es que Richard fascinó y capturó al público blanco (él mismo reconoció que era tan extravagante y loco que resultaba inofensivo) y pese a que su presencia física no dejaba lugar a dudas respecto a su orientación sexual, enardecía a las chicas: en un teatro de Baltimore tuvo que intervenir la policía para frenar a las jóvenes que querían asaltar el escenario, el público parecía poseído por aquel pequeño salvaje, hasta que una muchacha de la primera fila, tan fuera de sí estaba, que se quitó las bragas y las lanzó al escenario, cayendo sobre la batería, a los músicos les entró la risa, pero acto seguido, el escenario se vio inundado de bragas… Aquello se convirtió en un clásico de sus conciertos: en plena comunión musical, las bragas corrían piernas abajo y volaban sobre Richard y su banda.

Little Richard, en los siguientes meses grabó rocks intensos (la mayoría composiciones propias) como ‘Long tall Sally’, ‘Ready Teddy’, ‘Slippin’ and slidin’, ‘Rit it up’, ‘Lucille’, ‘Jenny Jenny’, ‘Keep a Knockin’, ‘Good golly miss Molly’ o ‘Miss Ann’, temas bestiales en los que sacaba a relucir su voz plena de registros, prodigiosa, poderosa, marcada por sus gritos agudos y por un sentido de la interpretación con el que parecía entrar en éxtasis. Cosechando éxitos, en 1956 el cine le reclamó y participó en la que está considerada la mejor película de la era del rock and roll, «The girl can’t help it» (la canción homónima le supuso otro gran éxito), fue granjeándose fama de tener el directo más incendiario del momento (con permiso de Jerry Lee Lewis), ganó dinero a espuertas, se compró una mansión en Hollywood donde llevó a toda la familia y vivió en plenitud la vida desaforada del rock, con el sexo como principal aliciente: disfrutaba de orgías con chicos y chicas, unas veces integrado en ellas y otras como espectador: uno de sus pasatiempos favoritos era ver cómo tipos de grandes pollas penetraban a mujeres mientras él se masturbaba a la vez que alguien le «mordisqueaba» los pezones… En su biografía autorizada («Oooh, my soul!!! La explosiva historia de Little Richard», de Charles White, editada por Penniman Books), cuenta que en aquel tiempo «me la machacaba seis o siete veces al día. La cosa llegaba a tal punto que la gente decía que tendrían que darme un premio mundial. Era una especie de masturbador profesional». Incluso encontró a su media naranja, una stripper llamada Angel con la que se relacionó intermitentemente durante años y a la que le gustaba el sexo tanto como a él.

Pero en esas que en 1957, en mitad de una gira por Australia, tiene una visión, decide abandonarlo todo convencido de que el rock and roll es maligno y opta por dedicarse a la religión. Así que, sin pensárselo mucho, se transforma en predicador, girando en esos espectáculos religiosos tan habituales en las iglesias evangélicas en los que un redimido narra sus vivencias y cómo Dios lo salvó. Richard acababa de asesinar su carrera musical.

En 1960, tras un episodio un tanto sórdido (en la congregación donde seguía estudios religiosos convenció a un joven para que le enseñara el pene), abandonó la religión y regresó a la música, ahora como cantante de gospel. Grabó un disco de temas religiosos con producción de un entonces joven Quincy Jones dejando durante las sesiones otra oscura anécdota reveladora de su confusa vida sexual: fue detenido en una redada en los lavabos de una estación de autobuses donde tenía la costumbre de acudir para «mirar a los tíos mear, como siempre».

Para sepultar por completo su carrera rockera, Richard se dedicó en los dos años siguientes a cantar gospel en directo. Y en esas seguía hasta que en 1962 fue contratado para actuar en Inglaterra en una gira junto a Sam Cooke, donde se le esperaba como la leyenda del rock and roll que era, pero él, a lo suyo, la primera noche se ciñó al repertorio gospel, la segunda, el manager le pidió a Cooke que saliera a por todas, para picar a Richard (un enfermo de ego que vivía los escenarios como una competición y no soportaba que nadie le superara en escena): se llevó una ovación tremenda, así que Little Richard, encendido, recurrió a su viejo as guardado en la manga, el rock and roll. Y el rockero renació en Europa. Sin el esplendor de antaño, pero feliz de disfrutar en directo. Así acabó confraternizando con los Rolling Stones y compartiendo camerino con los Beatles durante unas semanas en Hamburgo (McCartney y Harrison eran sus favoritos, Lennon no le caía nada bien) y saltando a Estados Unidos, donde, con tenacidad y la fiereza de su show (seguía tan poseído como siempre), volvió a hacerse un nombre como artista de directo, tuvo a un joven Jimi Hendrix como guitarrista y recaló por temporadas en Las Vegas. En su honor hay que decir que aunque se veía condenado al circuito de la nostalgia, trataba de grabar buenos discos, pero seguía anclado en el pasado, sin encontrar su espacio y sin darse cuenta de que el reloj giraba muy deprisa y el tiempo del rock and roll original había acabado.

Pero era un espectáculo en directo y durante años vivió para las tablas y volvieron las grandes juergas. A comienzos de los años setenta se hizo adicto a la marihuana, la cocaína, la heroína y el alcohol, mientras en sus entrevistas o presentaciones largaba inagotables parrafadas en las que se refería a lo guapo que era, a que él era el verdadero rey del rock, del soul, del blues, de lo que hiciera falta… era el más grande, un ser tan extraordinario que a él mismo le costaba creer que fuera real… Todo muy delirante, como una gigantesca caricatura de sí mismo llevada hasta el paroxismo. Finalmente, no pudo más, le dio el punto, se rehabilitó, abandonó la música por segunda vez y regresó a predicar como integrante de la iglesia evangelista Universal Remnant Church of God. Hasta que en 1984 volvió a la música, de nuevo al gospel para, cinco años después, atizarle otra vez a sus viejos temas de rock and roll, sobre todo porque Richard vive para los escenarios, para lograr el aplauso, para brillar debajo de los focos.

Desde luego, la de Little Richard no es una historia muy edificante, pero dejando al margen sus singulares peripecias personales y su tendencia a la astracanada, sus grabaciones para el sello Specialty (hay una imprescindible caja que bajo el nombre de «The Specialty sessions» las reúne en tres cedés) son gloria bendita (¡nunca mejor dicho!): solo fueron dos años escasos, pero intensísimos y fundamentales, dejando una colección de canciones que le voló la cabeza a gente tan variopinta como Paul McCartney, Bob Dylan, Elvis Presley, Otis Redding, Jimi Hendrix, David Bowie, Elton John o los Rolling Stones, de los que Richard fue fuente de inspiración cuando eran adolescentes. Incluso James Brown quedó conmocionado al verlo y aprendió de su puesta en escena. Además, con aquella bestialidad inicial sentó las bases de mucho soul de los años posteriores, e incluso, si desde sus tomas más descarnadas trazáramos una línea, nos llevaría hacia el hard rock. Por otro lado, con su maquillaje y atrevimiento se adelantó al glam y al rock circense. Richard, que todavía vive y de vez en cuando sube a los escenarios, fue un pionero en muchos sentidos, aunque como él mismo dijo, «cuando uno llega a la cima, comprende que allí tampoco es oro todo lo que reluce». Amén.

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Anterior entrega de El oro y el fango: Los clásicos son para el verano (1). Bill Haley, mucho más que el tipo del caracolillo.

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