El disco del día: Nick Cave

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«Un Cave descomunal, inquieto, valiente, que entre guión, novela, banda sonora y latigazo garajero (Grinderman), conserva intacta la necesidad de engrandecer el legado de los Bad Seeds»

Nick Cave
«Push the sky away»
BAD SEEDS

 

 

Texto: JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

Es moneda común entre algunos afear las cualidades/calidades de Nick Cave. Como si el australiano feroz fuera una suerte de sofisticado monigote para consumo de oyentes «cool» engañados por los trucajes de los Bads Seeds y embaucados por la literatura gore del primero. Allá ellos y sus poses. La de Cave es una trayectoria mayúscula, con al menos media docena de obras seminales, a la que ni siquiera la partida de Mick Harvey y Blixa Bargeld finiquitaron en términos de creatividad. Encerrado en un barquito, con horario de oficina, Nick ha abandonado progresivamente las texturas carnavalescas, de un carnaval siniestro y sangriento, el ruidismo de su primera etapa, y desde «The boatman’s call» navega rutas en apariencia menos eléctricas. Junto a esa joya, destacan «No more shall we part» y el descomunal doble compuesto por «The lyre of Orpheus» y «Abottoire blues», cuyo rock and roll cruzado con gospel cósmico desmentía que la bestia hubiera sido domada. «Nocturama» fue una obra menor aunque aprovechable y «Dig, Lazarus, dig!!!» un compendio de sus encarnaciones previas.

Tras el paréntesis que supuso Grinderman, Cave regresa con los Bad Seeds para entregar «Push the sky away». Nueve canciones correosas, serenas solo en apariencia, donde las bestiales guitarras de Harvey/Bargeld son sustituidas por las capas de sonido del portentoso Warren Ellis. Violines susurrantes, riffs de guitarra casi impresionistas, capas de teclados y loops sombríos ilustran un paisaje al que asoman notas de color entre la niebla, variaciones expectantes, pulsaciones submarinas, campanas sumergidas que, como ya han comentado algunos, empujan el cancionero en movimientos cíclicos. Un disco para escuchar despacio, de los que invitan a apagar las luces para, cigarrillo en mano, bucear en sus entrañas. La estúpida idea según la cual el formato de larga duración ha sido barrido por la banalidad de los ciento cuarenta caracteres encuentra aquí una potente enmienda. Música de alta graduación para beber despacio, como un whisky de malta, mientras otros dedican sus fuerzas a hacer pingaletas.

No se trata de un disco de rodajas fulminantes sino de un viaje obsesivo, descarnado, que corta el aire y, ora majestuoso (‘Jubilee street’) ora lírico (‘Wide lovely eyes’), repta inclasificable hasta ahogarte. Mención especial para la hermosa ‘We no who U R’, la delicada ‘Mermaids’ o ese «tour de force» que es ‘Higgs boson blues’, crónica de un viaje entre dylanita y lynchiano que encuentra a nuestro cantante rumbo a Génova y sorteando pesadillas. ‘Water’s edge’ o ‘We real cool’ combinan su antigua querencia por el tormento con soluciones casi cinematográficas, mientras ‘Push the sky away’ cierra falsamente contemplativa a lomos de un órgano ominoso. Sin olvidar al Cave letrista, obsesionado con la fugacidad de la belleza, certero, grave o cachondo según convenga, entregado a la contemplación del mundo que navega tras las cristaleras de su despacho. Un Cave descomunal, inquieto, valiente, que entre guión, novela, banda sonora y latigazo garajero (Grinderman), conserva intacta la necesidad de engrandecer el legado de los Bad Seeds. «Push the sky away» presenta por K.O. inmejorables credenciales al podio de 2013.

Anterior disco del día: Lisa Loeb.


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