El cazador de estilemas, de Álex Grijelmo

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LIBROS

«No hay densidad en la trama, tensión en el lenguaje, estudio de las pasiones y las sombras de los personajes; pero el entretenimiento está asegurado»

 

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Álex Grijelmo
El cazador de estilemas
ESPASA



Texto: César Prieto.


Estamos acostumbrados a leer a Álex Grijelmo en su faceta de divulgador lingüístico, sobre todo en la situación del español actual. Vicios del lenguaje, falsos amigos, construcciones incorrectas y todos los aspectos que resultan curiosos en los usos que va captando por aquí y por allá van pasando por su tamiz. Siempre didáctico, sencillo y claro, se ha convertido en el pepito grillo de políticos y periodistas. Con El cazador de estilemas añade una nueva faceta —la de novelista— a su currículum de redactor y directivo en varias empresas de medios escritos. Lo curioso es que la palabra estilema no la recoge el diccionario de la lengua; lo cual no quiere decir que no exista.

Partamos de la base de que Álex Grijelmo no es novelista, así que su narración carece de aspectos que un novelista de raza sí lleva incorporados. No hay densidad en la trama, tensión en el lenguaje, estudio de las pasiones y las sombras de los personajes; lo que sí se puede asegurar es que el entretenimiento está asegurado. Por supuesto, aunque el género sea policíaco, el tema principal es la lengua, concretamente esos estilemas que marca como neologismo el título. Y que vienen a ser las marcas personales que vamos dejando en nuestros textos: muletillas, usos de signos de puntuación, dejes regionales… todo ello deja una impronta personal, como una huella dactilar de nuestras palabras, que permite reconocer en un escrito la mano de la que ha salido.

La trama empieza en el momento en que Eulogio Pulido, profesor de lingüística en paro y con severos problemas económicos y vitales, se ofrece a un viejo comisario para detectar estos rasgos de estilo y poder detener a culpables de delitos o infracciones. El primero, un testamento que aparentemente ha sido modificado en el último momento y que deja únicamente con la legítima a la hija de un gran potentado. Y a partir de aquí algunos casos más entre los que se investiga, por ejemplo, el de una actriz acosada y cómo la palabra “farra” puede revelar mucho más de lo que significa o cómo la pragmática —es la ciencia que estudia el lenguaje en conexión con el contexto— demuestra que con lo que sabemos establecemos conjeturas que, sin ser mentira, no son del todo verdad.

En el estilo, el libro es desenvuelto, oral, puesto que el foco del texto, siempre oculto, es un supuesto periodista que recaba información sobre esas investigaciones y así son los propios personajes quienes toman la voz narrativa. No es Grijelmo novelista, como decimos, pero sí que conoce el arte de enredar la trama, tampoco demasiado, y de hacer interesante algo que el lector tendrá por un fárrago inabordable como es el estudio de la lengua.

Anterior crítica de libros: Diario(s) de artista, Jesús Arias.

 

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