Diez canciones de la Tropicália, la revolución musical olvidada de los sesenta

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Al encontrarse fuera de la órbita anglosajona, la Tropicália ha pasado a la historia como una escena menos conocida y sobre la que poco se ha indagado. Sin embargo, logró sacudir musicalmente a Brasil en plena década de los sesenta. Sobre algunas de sus canciones más representativas recala hoy Xavier Valiño que, en el número 34 de Cuadernos Efe Eme, escribe largo y tendido acerca de este movimiento que aunó vanguardia y tradición.

 

Selección y texto: XAVIER VALIÑO.

 

A mediados de los años sesenta, Brasil vivía bajo el yugo de una dictadura. La Música Popular Brasileña (MPB) reinaba en el país, asentada en un cómodo inmovilismo. Un grupo de músicos jóvenes llegó entonces para enfrentarse a ambos… a su manera. En poco más de un año, la Tropicália lo cambió todo y se convirtió en una de las mayores sacudidas de la década. Rock, bossa, samba, pop, folclore… una mezcla de estilos que logró reunir a la música internacional y al Brasil más profundo, a la alta cultura y a la de masas.

 

1.- “Tropicália”, de Caetano Veloso (Caetano Veloso, enero 1968) A principios de 1968 se editaba el primer disco de la Tropicália, que era también el debut en solitario de Caetano Veloso. Y, por si quedaba alguna duda, se abría con una canción manifiesto titulada, apropiadamente, “Tropicália”. El tema, influido por “Coissas nosas”, de Noel Rossa, en su estructura de collage fragmentario, incluía referencias al carnaval, las mulatas, la literatura modernista de Brasil, las chozas del Amazonas, la bossa nova, Roberto Carlos, Elis Regina, Chico Buarque, Carmen Miranda y otros. Su letra aludía a un feo monumento gigante de «papel maché y plata», una referencia surrealista a la vacuidad de Brasilia, el motivo central recién inaugurado de la dictadura brasileña y una metáfora del alma verdadera de los militares. Por encima de los sonidos primitivos de tambores de la selva, maracas, campanas y flautas que imitan cantos de pájaros, Veloso incorporaba otros instrumentos anacrónicos como guitarras eléctricas o una sección de metales y cuerdas, creando una atmósfera de suspense épico e inaugurando un movimiento que cambiaría para siempre la música de su país.

 

 2.- “Domingo no parque”, de Gilberto Gil (Gilberto Gil, mayo 1968)

 El segundo álbum de la Tropicália lo publicó Gilberto Gil, el otro principal impulsor del movimiento junto a Caetano Veloso. El disco, definido como rock maluco, contaba con Os Mutantes como banda de acompañamiento y canciones de Torquato Neto, Bruno Ferreira y el propio Gil, bajo la producción de Rogério Duprat. En él tenía un lugar destacado “Domingo no parque”, que había presentado con polémica en un festival de la canción pocos meses antes, y que es un ritmo de baião tocado también con instrumentos eléctricos, mezclando, tal y como buscaba la Tropicália, pop y folclore, la moderna música internacional y el Brasil profundo, la alta cultura y la cultura de masas, la vanguardia y la tradición, lo experimental y lo popular…. Por su parte, la letra revela una estructura fragmentada con poderosas imágenes cinematográficas —una feria de mercado, un parque, una escenificación de capoeira, un coqueteo casual, una noria gigante, una rosa, un helado, el color rojo omnipresente, un cuchillo—, para destapar una historia dramática sobre un crimen pasional que se desarrolla en Salvador de Bahía.

 

 3.- “Baby”, de Os Mutantes (Os Mutantes, junio 1968) Fogueados con la Jovem Guarda de Roberto y Erasmo Carlos, el trío Os Mutantes se había dejado imbuir de los postulados tropicalistas al empezar a tocar con Gilberto Gil, situándose después por delante de todos los demás en cuestión de atrevimiento musical. A principios de 1968 grabaron su debut, con la producción de Manoel Barenbein y arreglos de Rogério Duprat. En el disco había guitarras distorsionadas, pop orquestal, música concreta, ruidos inesperados, cambios de ritmo y objetos no convencionales para simular el sonido de los instrumentos. El pop psicodélico impregnaba canciones como “Adeus Maria Fulô”, “A minha menina” o tres canciones de este disco que repetirían en el álbum que se cita a continuación: “Panis et circenses”, “Bat macumba” y “Baby”. Os Mutantes fueron los primeros en grabar esta última, que también apareció en el debut de Gal Costa y el disco popular de Rogério Duprat. En su caso, optaron por un tratamiento más lisérgico con el que resaltaba, todavía más, su alusión irónica a la penetración de la cultura angloparlante en el Brasil de los años sesenta.

 

4.- “Geléia geral”, de Gilberto Gil (Tropicália ou panis et circensis, julio 1968)

Es Tropicália ou panis et circensis el disco más representativo de la Tropicália, el primer álbum conceptual de Brasil. Presentado como una respuesta brasileña al Sgt. Pepper’s lonely hearts club band, de The Beatles, en sus surcos se incorporaban viejos y nuevos estilos de distintos orígenes, como el rock, la bossa nova, el mambo, el bolero o himnos litúrgicos, saltando de un estilo a otro sin complejos, pero logrando una asombrosa unidad. Justo en el epicentro del disco se situaba “Geléia geral”, el otro manifiesto cantado de la Tropicália. A diferencia de “Tropicália” de Veloso, que planteaba la oposición entre lo arcaico y lo moderno como aberración, “Geléia geral” proponía una síntesis, sugiriendo las posibilidades de nuevos formatos culturales híbridos basados en bailes tradicionales y rock. Compuesta por Gil y Torquato Neto, se paseaba por varios ritmos: aunque predominaba la samba sobre el beat, se utilizaban instrumentos ajenos a ella. En su letra, la síntesis aparecía igualmente explícita: «Mi tierra es donde el sol está más limpio/En Mangueira es donde el samba es más puro /Tumbadora jungla salvaje/ Pindorama, país del futuro… / Las reliquias de Brasil / Dulce mulato malvado / Un elepé de Sinatra / Maracuyá, mes de abril / Santo barroco bahiano / Súper poder de paisano”.

 

5.- “Lindonéia”, de Nara Leão (Nara Leão, agosto 1968)

Nara Leão había vivido el nacimiento de la bossa nova al lado de João Gilberto, Vinicius de Moraes, Antônio Carlos Jobim, Roberto Menescal o Carlos Lyra. Sin embargo, a mediados de los sesenta, y con el yugo de la dictadura encima, Leão empezó a cantar letras cada vez más políticas, distanciándose de aquel sonido al que llegó a acusar de alienante. Tras simpatizar con Veloso y Gil, en 1968 publicó su undécimo álbum, que se abría con la canción que había aportado al disco colectivo editado un mes antes (“Lindonéia”). Cercana a la Tropicália pero sin olvidar su pasado, por ello resultó el disco menos radical de movimiento, el más tradicional, la conexión perfecta entre el pasado y el presente, el vínculo entre la bossa nova del buen gusto y el kitsch de la Tropicália, el disco que dejaba claro que el movimiento nunca pretendió olvidarse de Brasil.

 

6.- “Ele falava nisso todo dia / Bat macumba / Frevo rasgado”, de Rogério Duprat (A banda tropicalista do Duprat, agosto 1968)

Rogério Duprat era un director de orquesta con una sólida educación en música experimental, formado en Europa con Stockhausen y fuertemente influenciado por The Beatles. Después de haber escrito arreglos para Chico Buarque o Erasmo Carlos, varias bandas sonoras, colaborado con Gilberto Gil, Caetano Veloso u Os Mutantes, y tras haber colaborado en el disco colectivo Tropicáliaou panis et circensis, el maestro Rogério Duprat decidió que ya estaba un tanto harto de componer obras destinadas a una pequeña élite o a ser simplemente reconocido como colaborador de otros. Fue así como convenció a la discográfica Philips para hacer un disco de música popular, contando con la Banda Tropicalista, que eran músicos orquestales, y otros colaboradores. En su álbum, torpeado por su discográfica y con una cortísima tirada, Duprat condensaba en doce temas el espíritu panfletario del movimiento Tropicalista y una buena dosis de su ironía, con temas como el medley «Ele falava nisso todo dia / Bat macumba / Frevo rasgado», en el que podía dejar constancia de todos sus conocimientos y sus intenciones.

 

7.- “Parque industrial”, de Tom Zé (Grande liquidação, septiembre de 1968)

En la contraportada de su debut, Tom Zé dejaba clara la idea detrás: «Somos un pueblo infeliz, bombardeado por la felicidad…». La portada completaba la idea: en una fachada de una calle de São Paulo, aparecían letreros de neón y vallas publicitarias, bingos, gasolineras, periódicos gratuitos, espectáculos de striptease y ofertas engañosas. En medio, un retrato del artista enmarcado dentro de un pantalla de televisión con el título y anuncio “Gran liquidación”, un reconocimiento irónico de que, como artista pop, él también era una mercancía en venta.“Parque industrial” es uno de los mejores ejemplos de su visión, al recoger una mezcla sorprendente del iê-iê-iê, el sertanejo rural, la música experimental y diversos ruidos aleatorios de la vida urbana cotidiana, para representar la faceta más alienada de la Tropicália y una sátira del capitalismo cultural brutal que Zé había conocido en São Paulo.

 

8.- “Meu novo cantar”, de Ronnie Von (Ronnie Von, febrero de 1969)

Ronaldo Nogueira (Ronnie Von) fue una figura de transición en la música brasileña, tras alcanzar la popularidad a través de su asociación con el grupo Jovem Guarda a mediados de los años sesenta, encarnando la facción brasileña más cercana al yeyé francés y a los mods británicos. Su fama naciente lo llevó a presentar un programa de televisión al que llevó a Veloso, Gil y Os Mutantes, introduciendo a los artistas de la Tropicália a audiencias más amplias. En 1968 grabó un álbum en el que se distancia de la Jovem Guarda y se imbuye del ideario tropicalista, como si se tratase de un disco perdido de Os Mutantes. En él funde una generosa ración de psicodelia de raíz brasileña, canciones paródicas, garage rock borroso, baladas orquestales, llamadas telefónicas e incluso partes recitadas, como la que abre el álbum, “Meu novo cantar”. «Mira, no sé ni de dónde vengo / Ni adónde voy / Nadie me escucha / Y ni siquiera sé quién soy / Busqué mi camino en el viento / Pero no sopló / Así que le pedí al mar una trayectoria / Pero se secó / No importa / Sé que dejé mi cara / En unos espejos olvidados / Y una rosa arrugada de silencio / Me vio por dentro / Sí, soy amigo de los olvidados y las flores / Sabes que estoy pensando en el tiempo / Pero no sé la hora / Palabras, sueños, figuras / No están ni felices ni tristes / Están escondidos en la canción / Y yo soy un amigo del canto».

 

9.- “Divino maravilhoso”, de Gal Costa (Gal Costa, marzo de 1969)

“Divino maravilhoso” había logrado el tercer lugar del IV Festival de la Canción MPB. En esa interpretación se descubría a una Gal Costa agresiva, con una imagen a lo Janis Joplin, dando un giro bastante radical a lo que había sido su carrea hasta entonces. Y, por eso, la canción encontró un lugar preferente en su debut en solitario. Además, daría título al programa de televisión que los tropicalistas condujeron durante casi tres meses a finales de 1968. En él, Costa sumaba influencias de cantantes de voz y sonido poderoso, y dejaba que las guitarras eléctricas campasen a sus anchas por sus surcos. El álbum, grabado en 1968, no apareció hasta 1969, tras haber sido retenido por la discográfica Philips después de la detención de Veloso y Gil.

 

10.- “Pais tropical”, de Jorge Ben (Jorge Ben, noviembre de 1969)

Jorge Ben ya tenía publicados cinco discos previos y su relación con la Tropicália llegó cuando el movimiento estaba ya en sus últimas semanas. Sin embargo, la portada de Jorge Ben, editado a finales de 1969, es la que mejor representa el espíritu del movimiento, con su ilustración de realismo mágico. Producido por Manoel Barenbein, y con los arreglos de José Briamonte y Rogério Duprat, el álbum significaba una reinvención de Ben, informado por el espíritu de orgullo racial, autodeterminación y lucha colectiva del soul afroamericano. Con el Trio Mocotó de acompañamiento, Ben se destapaba con un soul samba rock contagioso, e incluía alguna de sus canciones más celebradas, como “Que pena (ela já não gosta mais de min)”, “Take it easy my brother Charlie” o este “Pais tropical”, con una melodía muy similar a la versión que Os Mutantes habían hecho el año anterior de su “A minha menina”. En contraste con la producción más cerebral de los otros artistas de la Tropicália, este disco resultaba más visceral y personal, pero no por ello menos revolucionario.

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