Cuando Bob (Dylan) se hizo vaquero

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COMBUSTIONES

«Hay un fuego extraño y antiguo, una poesía casi indescifrable en los mejores momentos de Cash y Dylan»

 

Julio Valdeón realiza un primer acercamiento al volumen 15 de las Bootleg series de Bob Dylan, deteniéndose en la colaboración que hizo con Johnny Cash y reflexionando sobre el cruce entre el country y el rock and roll.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

Llegó a casa, bueno, al correo electrónico, un adelanto de lo nuevo de Bob Dylan, o sea, lo viejo, concretamente el volumen 15 de las Bootleg series, la apabullante serie de grabaciones paralelas, canciones inéditas y otras joyas repartidas por los archivos de una carrera que a estas alturas empieza a ser ya el equivalente cultural al Himalaya. Como saben, está centrado en los tres últimos años de los sesenta, cuando Dylan había dejado atrás el grueso de sus sensacionales grabaciones con los Hawks en Woodstock, y no digamos ya la explosión de la trilogía eléctrica o, por supuesto, los primeros años como gran renovador del folk contemporáneo. Travelin’ thru presenta descartes del austero y gnómico John Wesley Harding, del rutilante Nashville skyline y del catastrófico Self portrait. Tampoco falta su legendaria aparición en el programa de televisión de Johnny Cash y una jam session con el mito del banjo y dios del bluegrass, Earl Scruggs.

El plato fuerte, claro, son las dos noches en compañía de Cash y su banda, que incluía al gran Carl Perkins a la guitarra. Imagino que habrán leído comentarios más o menos paternalistas, notas no excesivamente entusiastas, apuntes poco generosos. Resulta indudable que las voces de las dos superestrellas casaban mal, que el repertorio fue improvisado y nadie dedicó un segundo a pensarlo seriamente, se nota demasiado que Bob estaba fuera de su ambiente, a merced de unas canciones y una banda que apenas controlaba y que el productor, el admirable Bob Johnston, fiel a su costumbre de no inmiscuirse, que tan buenos frutos había brindado en otras memorables ocasiones, propició que aquello no pasara de improvisación más o menos relajada, más o menos lograda. Con todo, hay un fuego extraño y antiguo, una poesía casi indescifrable en los mejores momentos del dúo, y por supuesto en todos y cada uno de los surcos de esa barbaridad llamada JWH. Por no abundar en la deliciosa anomalía del disco más country.

 

 

En el balance final parece evidente que no estamos ante un artefacto del calado cultural de Highway 61 o las cintas del sótano. Esto solo es un puñado de canciones magníficas. Disparadas con absoluta despreocupación por un artista que, en sus momentos más tranquilos, mientras la contracultura que ayudó a inventar se congregará en Woodstock, bajó al sur para propiciar el primer gran encuentro entre dos estilos tan aparentemente opuestos como la música vaquera y el rock and roll. Una impresión falsa, por supuesto: el rock and roll no puede entenderse sin las aportaciones country, y Dylan contribuyó a derribarlas sin ni siquiera proponérselo. Cosas del genio.

Anterior entrega de Combustiones: Gang Starr: Un regreso de entre los muertos.

 

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