Cine: “Junun”, de Paul Thomas Anderson

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El documental de Anderson junto al guitarrista de Radiohead en un viaje por India es, en cierto modo, un tributo del cineasta al músico que ha transformado su obra”

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“Junun”
Paul Thomas Anderson, 2015

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

Hay dos encuentros decisivos en la trayectoria de Paul Thomas Anderson. El primero es la –muy temprana− colaboración que inicia con el director de fotografía Robert Elswit, ya en su debut “Sidney” (Hard Eight, 1996). Elswit irá definiendo, con la excepción de “The master” (2012), el ánimo lumínico de sus sucesivos trabajos, con precisión milimétrica respecto a la impecable caligrafía del cineasta pero a su vez con margen para la inspiración –véase la mano empapada de petróleo elevándose al cielo en “Pozos de ambición” (“There will be blood”, 2007) o el plano-secuencia de los enamorados Doc Sportello (Joaquin Phoenix) y Shasta Fay (Katherine Waterston) en “Puro vicio” (Inherent Vice, 2014)−. El segundo encuentro corresponde a aquel que le hermana artísticamente con el músico Jonny Greenwood en “Pozos de ambición”. Guitarrista de Radiohead y brillante compositor inclinado a la experimentación, la entrada de Greenwood en la filmografía de Anderson a partir de “Pozos de ambición” llevó su cine a un redimensionamiento en el que las imágenes se sumergían en tortuosos abismos y multiplicaban su fuerza semiótica, su perfecta inestabilidad en los sonidos disonantes y ritmos obsesivos. Los inicios pioneros de Daniel Plainview puntuados por “Open spaces”, melodía de espíritu fundacional y majestuoso. La presentación contundente e incómodamente post-traumática de Freddie Quell (Joaquin Phoenix) en “The master” con la percusión martilleante y los sonidos retorcidos de “Able-bodied seamen”. La segunda oportunidad que nace de la vaporosa y bellísima Amethyst, en “Puro vicio”. Cada composición de Greenwood para el cine de Anderson ha alcanzado un grado de identificación con la imagen que hace que ambos elementos resulten indisolubles, forjando una identidad única desde el enriquecimiento mutuo entre ambos artistas.

“Junun” es, en cierto modo, un tributo del cineasta al músico que ha transformado su obra. Este documental estrenado en exclusiva en la plataforma de vídeo bajo demanda MUBI sigue el proceso creativo que constituye la grabación del nuevo disco de Greenwood, una colaboración con el músico israelí Shye Ben Tsur grabada con músicos del Rayastán. Apenas una hora de imágenes que reinciden en los ensayos, las tentativas de componer, los descansos a la espera de que vuelva la luz o una breve salida para adentrarse en el caos de la India urbana. Ni el propio Greenwood es el protagonista –permanece, durante prácticamente todo el metraje, en un segundo plano o invisible– ni se advierte la presencia tras la cámara de un Paul Thomas Anderson que desdeña el habitual peso de la puesta en escena y la planificación visual para optar por un ejercicio libre y errante, en el que tanto cabe una cámara en mano que se adentra en el estudio como una cámara aérea que ubica en el paisaje local la fortaleza escogida para la inspiración. Como si de un contrapunto y fuga se tratase de su caligrafía, las derivas de esta pieza son imprevisibles y nunca ambiciosas. Antes al contrario, ceden todo el protagonismo a los sonidos que nacen de cada intercambio y a los que se quedan en tentativa, a modo de estudio sobre el gesto artístico en toda su desnudez.

En ese sentido, se ofrece como pequeña improvisación en la carrera del realizador y se aleja de cualquier estructura acostumbrada del documental musical. Dicho de otra manera, se acercaría más a una variación apolítica del “One plus one (Sympathy for the Devil”, 1968) de Jean-Luc Godard, también empeñada en asistir al largo parto de las canciones, que a otras manifestaciones del formato en busca de mitos e hitos, caso de la mirada de Martin Scorsese sobre la experiencia india de George Harrison en “George Harrison: Living in the material world” (2011). Desde su presupuesto humilde y su sobriedad, “Junun” es como una heterogénea melodía que se concreta tras consecutivos intentos, atestiguando en el camino la infinidad de meandros que brotan del diálogo intercultural, al tiempo que funciona como íntimo backstage de la obra de Jonny Greenwood, siempre retratado desde la sincera admiración.

 

 

 

 

Anterior crítica de cine: “Finders keepers”, de Bryan Carberry y J.Clay Tweel.

 

 

 

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