Canciones de una noche de verano: “Sugar baby love”, The Rubettes

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“La melancolía de una letra sencilla entre decenas de trucos adolescentes. Ni más ni menos que un trozo de high school –el género, no el musical– ajeno al tiempo. Tres minutos y medio justos de pura sopa teenager”

 

Para afrontar este largo y cálido verano, César Prieto escoge algunas de las canciones que marcaron sus veranos, que inicia con uno de los éxitos de los años setenta, de la mano del grupo inglés The Rubettes.

 

Una sección de CÉSAR PRIETO.

 

‘Sugar baby love’ / ‘You could have told me’
POLYDOR, 1974

 

“People… take my advice: If you love someone, don’t think twice”.

No suele fallar. Pueden ser sesiones aburridas y escasas o sesiones en que la pista revienta de poderío, pero siempre que pincho el ‘Sugar baby love’ algo pasa, algo que no sé trasmitir muy bien pero que estoy seguro es importante. Suelo recibir con una sonrisa a quien viene a preguntar qué canción es esa. Siempre viene uno por lo menos. Se les reconoce a la legua ¡El ‘Sugar baby love’! ¿Qué puñetera magia tendrá esta canción para que coincida exactamente con las pulsiones de una noche de fiesta, de una noche de verano?

El falsete que la abre, cortesía de Paul Da Vinci, es antológico en la historia del rock y en mi historia personal: es simple y simbólicamente la placidez del estío. Para mí. Corría el año 1974 y al pueblo de la montaña gallega donde me pasaba tres meses llegaron cintas de cassette. Provenían de Alemania. Algunos de los emigrantes habían conseguido un reproductor –lo recuerdo del marca Grundig– y habían traído una buena selección. Pero claro, de esa parte hortera que también tienen los teutones. Y entre ellas, en una recopilación de éxitos, estaba la canción, la que en la casa de mis tíos no cesaba de sonar una y otra vez.

Dudo mucho que aquí se hiciera una promoción mínimamente digna. Quizás alguna actuación en la tele. Y esas cintas pasaban y repasaban una y otra vez por los rodillos de arrastre. Y dejaban entrever un magnetismo que a un niño de diez años le ha durado cuarenta más y que observa complacido en gente que no había escuchado nunca la canción.

 

 

Los primeros setenta, años de flores mustias y semillas esperanzadoras. Bubblegum–folk, cantautores, hard rock, psicodelia en declive, proclamas souleras, Canterbury y miles de estéticas. Todas abiertas, todas con naftalina y frescura a la vez. Hasta que llego el punk, excepto lo potenciado por la industria todo volvía a ser era deliciosamente amateur e ilusionado, ingenuo y abrumadoramente fallido. Mucho más que las canciones que se nos vendieron después.

 Y el glam, claro, la estética que se dio cuenta de que lo verdadero era la apariencia. Y si en algún movimiento hubiera que asimilar a los Rubettes, sería en esto que aquí se llamó gay–rock desde el libro de Haro Ibars. Quizás a una corriente que potenciaba –como otros lo macarra, lo galáctico o lo melodramático– la actitud de los inicios del rock’n’roll. Solistas como Barry Blue o Alvin Stardust Grupos como Showaddywaddy, parte de los Bay City Rollers o nuestros Rubettes, que aportaban la base de unos Beach Boys pasados de purpurina. Pero esto lo descubrí bastante después.

 

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Pero vayamos por partes ¿de dónde salió esta sublime y a la vez ingenua proclama trasnochada y highschoolera? Pues de la mente de un tío importante en la música de los 60 e indirectamente, déjenme decirlo, de los Beatles. El caso es que el punto de conexión se llamaba Wayne Bickerton. Recuerden este nombre. Wayne Bickerton. Miembro de grupos de sexta fila dentro del Merseybeat, comparte banda con Klaus Voorman y acaba formando parte del combo con el que Pete Best pretendía usar su tirón como ex –ambos definitivamente ligados a los Beatles– para hacer historia en la música. No lo consiguió el batería. El caso es que, tras largarse al servicio social en 1966 sus dos compañeros se convirtieron en compositores de éxito. Wayne y Tony Waddington.

Éxito que llega también a España y también por caminos enrevesados. En 1968, la Columbia española decide dar el todo por el todo y envía a cuatro chavales que parecían tener prestancia para ser el sustituto natural de los Brincos o los Bravos a grabar a los estudios de la Decca en Londres. Era un dinero, eh. Y allí los Íberos, que de ellos se trata, graban bajo la producción de nuestros dos hombres una de sus composiciones, el ‘Summertime girl’. Cosa fina, pero sin repercusión más que en la sanción, muy posterior, de que se trataba del mejor grupo de sunshine pop en la península. Es curioso que dos canciones tan diferentes –y tan grandes– estén compuestas por la misma pareja.

Porque resulta que cinco años después ya encontramos a Bickerton, tras decenas de producciones, como jefazo de la Polydor. Y músico como sigue siendo, no deja de componer. Así que el otoño de 1973 recluta a un puñado de instrumentistas y cantantes para que graben unas cancioncillas con objeto de ofrecerlas a los grupos del sello. Se reúnen en los estudios Landsdown de Holland Park y de allí surgen tres canciones que con el tiempo serán parte fundamental del pop de los setenta. Sobre todo una de ellas encandila a los otros directivos de la Polydor. Y se decide que sean los propios músicos de sesión los que probasen a editarla. Y así nacen Los Rubettes. 

¿Grupo prefabricado? ¿Músicos de sesión reconvertidos? Pues sí, es cierto, pero no entiendo qué diferencia hay entre la ligazón de un líder o la de unos productores. Si al final, uno de los tópicos más detestable pero más cierto, lo que importa son las canciones. Y a ello se dedicaron John Richardson –el batería encargado de reclutar el resto del grupo entre sus amigos– , el guitarrista Tony Thorpe, el bajista Mick Clarke y el pianista Bill Hurd.

Otro teclista, Peter Arneses, y el vocalista, Paul da Vinci, eran músicos de estudio contratados. Este último fue el artífice de los gorgoritos originales, pero no llegó a formar parte del grupo. Cuando la canción tomaba altura como globo en huracán, decidió abandonar con la excusa de que no era hombre de grupo y que buscaría un futuro en solitario. ¿Cómo le fue? Pues no del todo bien, algún éxito menor, escenarios de barraca de feria y poco más. Así que Richardson busco a otro de sus amigos y así fue como tomó Allan Williams el micrófono.

Y así es como se edita la canción. Montones de países la acogieron como número uno y llegó a editarse en voz de un francés llamado Dave que hasta construyó una versión en castellano. Entonces lo normal era tomar las bases de la canción y embutirla en versiones macarrónicas. Por cierto, en España sólo llegó a estar en un segundo puesto tapada por la no menos deliciosa ‘Rock your baby’ de George McRae.

 

 

Tras ello ‘Tonight y Juke Box Jive’, otras de las dos canciones de esa sesión. A comienzos de 1975 Arnesen deja la banda. Casi al mismo tiempo Bickerton y Waddington deciden fundar su propio sello, State Records, y el primer fichaje son, como no, Los Rubettes. Allí editan su cuarto single y el último de cierta resonancia, ‘I can do it’. Y aquí paramos la historia que se ramifica en giros country, proyectos en solitario, discografía tortuosa, cambios y recambios y treinta años más de mayor o menor actividad. Desmesurado contenido quizás hemos expuesto, pero necesario para engarzar la joya que les abrió el camino. 

¿Y cómo es esa joya? Pues escúchenla o recuérdenla y ustedes mismos se darán cuenta. Obsesiva y enganchosa, concentrada en el ritmo bailable de los coros, pero a la vez enormemente melódica. De hecho, se puede bailar perfectamente en la sesión de lentas y poco más tarde en el desbarre final. La melancolía de una letra sencilla entre decenas de trucos adolescentes. Ni más ni menos que un trozo de high school –el género, no el musical– ajeno al tiempo. Tres minutos y medio justos de pura sopa teenager. No iba a desentonar en “American Grafitti”, y todo esto sólo puede tener un sentido: Los Rubettes dieron, al fin y al cabo, con la canción pop perfecta.

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