Canción para hombres grandes, de Rafa Cervera

Autor:

LIBROS

«Hurga en la tensión entre lo establecido y lo prohibido, sin dejar de lado cierto cinismo irónico en la descripción de las relaciones»

 

Rafa Cervera
Canción para hombres grandes
JEKYLL & HILL, 2022

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

En una calle cualquiera de Barcelona un hombre desconocido hace señales al narrador. Entran en unos grandes almacenes y, por un sistema de transmisión más preciso que el de una estación espacial, hace que el narrador le siga. Suben escaleras, atraviesan corredores y llegan a un retrete apartado, donde tiene lugar una sesión de sexo rápido. No se han dicho ni una palabra, no la necesitan. A los que vamos despistados por la vida nos fascina esta capacidad de imantarse y poner en activo el cerebro reptiliano, casi como un ritual. El partenaire tampoco tiene nombre, es simplemente el “Cuerpo número 6”. Es una búsqueda de eso, de cuerpos, que el narrador rechaza jóvenes porque son difíciles de manejar.

Hace unos meses el narrador –valenciano, así lo van a denominar el resto de la obra– vivía en Madrid y estaba felizmente casado. Pero de golpe y porrazo, se encuentra divorciado y residiendo en Barcelona, a la que ya iba frecuentemente por su trabajo de consultor de empresas. El shock ha sido brutal y decide romper de verdad con todo lo anterior. Y también vengarse, como le pregunta su exesposa en una de las pocas conversaciones que mantienen. Así que busca contacto con cuerpos masculinos.

A partir de este momento, la obra se convierte en una búsqueda de estirpe romántica, en el sentido de que hurga en la tensión entre lo establecido y lo prohibido, sin dejar de lado cierto cinismo irónico en la descripción de esas relaciones, fugaces en su mayor caso, banales, que no le aportan la plenitud que consigue con Martí. Martí es un anticuario al que llega el narrador en aras de esa rebeldía y esa búsqueda de afecto que va a incrementarse, sobre todo, a partir de la aparición de Sarrià, sereno, simpático y culto, con quien forman un trío. Con la llegada de un escritor, también valenciano, el triángulo a veces cambia uno de sus ángulos.

Toda esta trama dirige a la novela y al lector a uno de los temas: ¿qué es la privacidad? ¿qué damos a los demás? Y, sobre todo, ¿realmente qué vetamos o que queremos vetar? Todo esto se despliega con hombres –con cuerpos– que ponen en solfa los valores clásicos de la masculinidad, si tal cosa existiera. La tesis es que ni existe masculinidad ni existe feminidad, existen personas y momentos en que aflora una u otra.

La novela está estructuralmente bien construida, la carta final de Sarrià la cierra con un broche necesario e invulnerable, pero también en su desarrollo actúan símbolos, pequeñas recurrencias, que son las que crean esa unidad y coherencia que el lector percibe. El más activo es el de las escaleras mecánicas, presentes siempre que el narrador se embarca en una relación. Son un espacio de seducción inestable, que se sostiene en la premura. En ellas, en apariencia, el paseante no se mueve, pero desemboca en otro mundo, en otro plano. Así es la novela, con personajes apartados de la vida –aunque sigan en ella–, buscando la felicidad en el refugio, desesperadamente; esa felicidad que siguen abrazando aun sabiendo que ya está perdida.

Anterior crítica de libros: Lugar seguro, de Isaac Rosa.

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