Bestieza, de Los Enemigos

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DISCOS

«La constatación de que, con tres décadas de carrera, aún te puedes descolgar con un disco que suena fresco, contundente, orgulloso y con un brío casi juvenil»

 

Los Enemigos
Bestieza
ALKILO DISCOS, 2020

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Hay títulos que definen, y esto que nos presentan Los Enemigos es una animalada en el mejor sentido de la palabra. Conviene dejar las cosas claras, así de primeras. Porque lo que el grupo madrileño ha grabado es una demostración de fuerza, la constatación de que, con tres décadas de carrera a tus espaldas, aún te puedes descolgar con un disco que suena fresco, contundente, orgulloso y con un brío casi juvenil. Con la energía de unos principiantes y el oficio de una banda que es, por méritos propios, uno de los nombres más importantes que ha dejado el rock and roll en España en los últimos treinta años.

Allí donde Vida inteligente se presentaba como el aviso, como un «hemos vuelto» de Josele y compañía, Bestieza se despliega ante nuestros oídos como la confirmación de la vuelta por la puerta grande, con un trabajo a la altura de sus grandes clásicos. Y esas son palabras mayores. Entre medias, Josele Santiago y Fino Oyonarte han estado activos y ofreciendo trabajos que demostraban su buen momento de forma. Aun así, uno no puede dejar de sonreír, con admiración y casi sorpresa, al escuchar «Siete mil canciones», un cañonazo que valdría por toda una obra. Una canción de eficacia inmediata que te trae a la cabeza nombres como el de Bob Mould, con quien hasta ahora apenas se había relacionado al grupo, más allá del hecho de que uno y otro, norteamericano y madrileño, son dos autores de canciones sobresalientes.

 

 

Sentadas las bases del disco sobre los robustos pilares de su tarjeta de presentación, el elepé va marcando su camino por los mismos derroteros en «Vendaval», todo un pepinazo de pop hipervitaminado, eso que llamamos power pop, fruto de la colaboración de los dos líderes enemigos. Y por ahí, por los tiempos rápidos, avanza la mayor parte de la obra. Casi tres cuartas partes del minutaje transcurre sin pisar el freno, con un sonido fiero que emparenta este conjunto de diez sobresalientes canciones con un álbum como Nada, que, en su día, supuso otra inyección de energía para los madrileños.

Si Josele atravesó cierto bloqueo creativo en tiempos recientes, con este disco da la sensación de que, de repente, alguien quitó el tapón y salió todo de golpe, porque ese es el poso que queda tras la escucha de Bestieza, que todas esas canciones estaban ahí y han salido a borbotones para conquistar al oyente. La tormenta eléctrica de»Mar de sendas», el Josele más personal de «Sacrilegio sideral» o la cuota más pop de esa «Océanos» de Fino se ajustan como un guante en un disco que concede un respiro solo en piezas como «La costumbre» o «El Rey Pescador». A toda pastilla o ralentizando el ritmo, las melodías —escuchen «Menos que un perro”— son poderosas, y los textos… en fin, el espacio es limitado y a las letras de Josele habría que dedicarle un libro. Mientras tanto, sigamos su ejemplo: el de la economía de sus versos, el de decirlo todo con el menor número de palabras posible. La denominación de origen enemiga.

 

 

Los Enemigos han vuelto para quedarse y lo hacen con novedades. La principal, la presencia de David Krahe, auténtico lujo para el trabajo de guitarras del grupo que no podría haber suplido mejor la marcha de Manolo Benítez. Perfectamente acoplado a la dinámica de trabajo de Santiago, el guitarrista —entre otros— de Los Coronas parece tener mucho que ver en la ampliación del arco de sonidos de unas canciones a las que la producción de Carlos Hernández también le ha sumado lo suyo.

Y si a alguno le choca que, en 2020, Los Enemigos hayan firmado un elepé de estas características, que sepa también que, con nueve meses aún por delante, los del foro ya han situado el listón muy alto. El que quiera bajarles de mi top del curso ya sabe lo que tiene que hacer: de momento, superar esta Bestieza, y ya les anticipo que no va a ser una tarea fácil.

Anterior crítica de discos: Countless branches, de Bill Fay.

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