
«Ambos hicieron de la canción francesa un arte con el que recorrer una parte esencial del siglo veinte»
Como homenaje por el 90 aniversario del nacimiento de Barbara, Luis García Gil recorre los hilos que anudan a la cantante y compositora francesa con el cantautor belga Jacques Brel.
Texto: LUIS GARCÍA GIL.
Barbara y Jacques Brel nacieron casi el mismo año. El belga en 1929, en Bruselas. La cantante en París, en 1930. Ambos hicieron de la canción francesa un arte con el que recorrer una parte esencial del siglo veinte. Forjaron además una amistad a lo largo. Ambos venían del ambiente nocturno de los cabarets de Bruselas, cuando aún quedaban lejos las noches clamorosas del Olympia o del Bobino. Brel le cedió una de sus primeras canciones importantes, “Sur la place”. La seguirá cantando entrados los años setenta.
Habrá varias curiosidades en estas versiones «brelianas» de Barbara. “Je ne sais pas” la canta íntegra. Brel había suprimido en la interpretación de su canción una estrofa. Barbara se toma la libertad de modificar algo del texto, de ajustarlo a la interpretación femenina para sentirse más cómoda en la piel de la canción versionada. La revisión no solo será de letra, sino de música. En “Le fou du roi” Barbara juega con su piano para subrayar lo burlesco. Es muy interesante hasta qué punto Barbara hace suyo a Brel. Era tal la conexión entre ambos que este tipo de relectura no suponía traición al original, sino una jugosa recreación del mismo. Barbara lleva a Brel a su personalidad. He ahí el interés suplementario de sus versiones.
Con esas versiones Barbara reforzaría sus vínculos con el amigo belga. Ella venía de aprender el oficio en antros ruidosos, estrenándose discográficamente en 1955, el mismo año en el que llega a París. La evolución de Brel no es tan distinta. Hay un relato que se podría hacer casi en paralelo. La consagración de ambos llegará en los años sesenta. Les unirá también, en algún momento, las orquestaciones del gran François Rauber.

«Franz es la historia de las miradas de Brel y Barbara cruzándose frente al mar, conversando, discutiendo»
Franz, el cruce cinematográfico
Cuando Brel deje la canción por el cine rodará una película titulada Franz, a principios de los años setenta. Su ópera prima para la que llamará a Barbara. Se trataba de una obra extraña protagonizada por una troupe un tanto absurda, cuasi felliniana, que parasita en las playas belgas del Mar del Norte. Brel es Léon, aficionado a las palomas, y Barbara es Leónie. Franz es la historia de amor de dos personajes enigmáticos que inventan su pasado. Léon dice haber estado en Katanga, combatiendo en los conflictos del Congo y haber conocido en la guerra a un tal Franz. Es una de sus invenciones que dotan a su personaje de ese aire quijotesco que tanto gustaba a Brel.
Franz es la historia de las miradas de Brel y Barbara cruzándose frente al mar, conversando, discutiendo, paseando en bicicleta, bailando un vals, empapados de agua, enamorándose, pero sin ser capaces de declarar su amor, de exponer sus sentimientos. Todo tiene un aire cómico y trágico a un tiempo. Brel solo rodó dos películas como director, Franz y Le far West. Son desiguales, pero reflejan su personalidad artística, su inquietud cinematográfica, y desarrollan su visión del mundo que ya había explorado en sus canciones canónicas de los años sesenta. Cuando Brel a través de su personaje Léon, su personaje en Franz, dice que no hay que reírse de la ternura o que el amor se transforma en ternura está desarrollando un pensamiento que está en su cancionero. También cuando se hace referencia a sus propias raíces belgas y a esa febril lucha de identidades de la que siempre renegó por no sentirse próximo a ninguna bandería excluyente.
Barbara y Brel concretizan en Franz su relación personal. El personaje de Barbara se define como mitad Juana de Arco, mitad bailarina de can-can. Ni uno ni otro cantan en la película, pero es como si lo hicieran, porque hay algo de musical en su manera de relacionarse, de buscarse, de encontrarse. Aquella película dio además como fruto “El vals de Franz” o “Franz valse”, que Barbara incluirá en su repertorio como modo de abrazar a Brel después de su muerte en 1978.
“Gauguin”, diálogo póstumo
“Franz valse” no sería su único gesto hacia el quijote belga. En 1990 le dedicó una canción con algo de testamento vital titulada “Gauguin”, una carta emocionada a Jacques Brel, quien encontró refugio en Las Marquesas, en la Polinesia Francesa, en donde también se refugiaría el pintor Paul Gauguin. Brel grabó una canción, “Les Marquises”, en su último disco. Barbara dialoga con el amigo muerto en la poética “Gauguin”. A Barbara le queda apenas un hilo de voz. No importa. Su interpretación es conmovedora.
La canción empieza refiriéndose a la lluvia que cae sobre Las Marquesas. Barbara cita a Gauguin antes de que asome Brel con su mirada de niño como un gran bailarín cansado. Símiles para acariciar al inmortal autor de “Ne me quitte pas”. Barbara le sigue llorando diez años después de su muerte. Y cita a su personaje en Franz, la frágil Léonie y hace decir a Brel: «Buenos días, señor Gauguin, hágame sitio/ soy un viajero lejano, llego de las brumas del Norte/ y vengo para dormir al sol…». Lo que Barbara construye en “Gauguin” es una elegía casi recitada, dulcemente susurrada. No le duele tanto que se haya parado su canción —para ella todavía canta—, sino más bien que aquellos vientos que amaba se le rebelaran, que ya no pudiera aventurarse en el mar, que no pudiera tocar en abril las lilas blancas. Barbara funde a Gauguin con Brel, plásticamente, poéticamente: «Yo que te conozco bien, estoy segura / que hoy acaricias los pechos de las mujeres de Gauguin / y que él pinta Amsterdam y que juntos miráis levantarse el sol…». Y termina diciéndole que su carta la firma Léonie: «Sabrás quien soy. Duerme bien».
Si Franz fue una carta de amor de Brel a Barbara, inmortalizándola en celuloide, no cabe duda que “Gauguin” fue la respuesta de Barbara a Brel en forma de maravillosa canción. Ambos documentos, uno cinematográfico, otro musical, son la mejor manera de explicar la amistad y el cariño que siempre se profesaron.



















