“Wonderstruck. El museo de las maravillas”, de Todd Haynes

Autor:

CINE

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“Una delicia de la reconstrucción histórica audiovisual”

 

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“Wonderstruck. El museo de las maravillas”
Todd Haynes, 2017

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

En 1977 y recientemente sordo tras haber sufrido un accidente, el joven Ben (Oakes Fegley) huye de su familia hacia Nueva York en busca de su desconocido padre. Cincuenta años antes, en 1927, Rose (Millicent Simmonds), sorda de nacimiento, se dirige hacia la gran ciudad persiguiendo a la estrella del cine Lillian Mayhew (Julianne Moore). Aunque no sea difícil de adivinar la solución y su final se alargue en exceso en un tercer acto que puede resultar lento, el misterio que recorre la película es qué une realmente estas dos historias que avanzan en paralelo. Más cercana a “Hugo” (Martin Scorsese, 2010) que al trabajo habitual de Todd Haynes, “Wonderstruck” es tan ambiciosa e impresionante visualmente como aquella, pero es menos capaz de comprometerse con la aventura y el enigma que tendría que servir como sustento al aparato audiovisual. Pero, al final, no importa tanto los secretos familiares detrás de las búsquedas de Ben y Rose, sino la cuidada construcción a partir de la cual se construye la correspondencia entre ambos desde el primer minuto.

El Nueva York de los setenta es sucio a la par que colorido, creada a partir de marrones y ocres de tonalidad turbia. El Nueva York de los años veinte es silencioso y en blanco y negro, suave, diáfano y sutil. Las ambientaciones de ambas épocas, aunque diferentes en estilo y naturaleza, encajan a la perfección gracias a un exquisito montaje que salta de una a otra de manera orgánica y aparentemente sin esfuerzo, jugando con diversos paralelismos y creando así un precioso ballet visual. La atención al detalle y el perfeccionismo, la capacidad para crear y transmitir sensuales texturas en pantalla que caracterizan toda la obra previa de Todd Haynes (“Carol”, de 2015, o “Lejos del cielo”, de 2002, pero también la televisiva “Mildred Pierce”, de 2011) aparecen aquí en todo su esplendor, y sirven para compensar los leves tropiezos de la estructura narrativa.

La necesidad y búsqueda de pertenencia y la complicada relación con el entorno cuando no se encaja en el mismo, temáticas que subyacen al conjunto de la filmografía de Haynes (y que aparecen aquí también), chirrían en ocasiones con la construcción del conjunto del relato como un misterio a resolver. A pesar de ello, “Wonderstruck” es una delicia de la reconstrucción histórica audiovisual, que salta del delicado Nueva York de 1927 a la brillante ciudad de 1977 de manera perfecta, ofreciéndonos con ello un bellísimo espectáculo.

Anterior crítica de cine: “Star Wars. Episodio VIII: Los últimos jedis”, de Rian Johnson.

 

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