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Los Evangelistas: Y hubo un camino

Texto de publicado el 14 mar, 2012 en la categoría Crónica de directo, Revista

“Y llegaron los bises. Y con ellos el escándalo, alguna pérdida de compostura de algún alma que presenciaba semejante chute de viagra para el espíritu”

 

Los Evangelistas
8 de marzo de 2012
Colegio mayor San Juan Evangelista, Madrid.

 

 

Texto y foto: CARMEN SALMERÓN.

 

 

“Tendrá que haber un camino que me lleve a donde pueda estar”. Así se cerraba el disco de Los Planetas “La leyenda del espacio” (2007), con la voz de un Morente quebrado y convencido en el cantar de esa letra, escrita por J.

La noche del ocho de marzo de 2012 se cumplió la predicción. Y hubo un camino.

“Todo son señales para quién quiere verlas”, apuntó siempre Antonio Arias, líder de Lagartija Nick, y en esta ocasión, como Los Evangelistas, líder también.

Quizá letra y cante fueran premonitorios. Quizá no. El hecho es que el público, los ajenos al flamenco y los ajenos al “underground”, sintieron el golpe en el plexo solar, el único lugar corpóreo donde se produce la vibración de la música sacra. La que solo  puede vivirse como invitado privilegiado, como espectador elegido para unos maitines cualquiera en un convento de clausura. Solo así.

Cuarenta y cinco minutos antes del concierto, la cola de acceso al colegio mayor serpenteaba ya por la avenida Gregorio del Amo. Un Público treintañón la engordaba. Ellas, versiones de Amelie. Ellos, gafas de pasta negra, melena con flequillo, barba y chaqueta de pana. No era un público especialmente flamenco. Era un público planetero, expectante. “Qué pasada lo que han hecho Antonio Arias y J del cantaor ese, el ‘Morientes’. A ver cómo suena en directo”. Comentarios remisos, confusos, sonaban en esa espera. No era para menos.

Con puntualidad religiosa se abrieron las puertas de la sala. Humo, velas, penumbra, y un cántico gregoriano regodeándose en la repetición, sonó durante cuarenta minutos inacabables. El misticismo ansiado se desvaneció pues, junto al humo del principio. Se pretendía un acto ceremonioso. Lo abortó la espera.

Finalmente entra Antonio Arias posicionándose en el centro del escenario. Seguido de J a su izquierda. Floren a su derecha. Suena ‘Gloria’ (la versión del ‘Gloria a Dios’ recogida en la “Misa Flamenca”). ‘Gloria’, el tema con el que abren el Homenaje a Enrique Morente. Entonces brotó la atmósfera. El ruidismo, la distorsión guitarrera, la voz humana y destemplada de Antonio, el viaje de la memoria en el tiempo hacia el “Omega”, provocaron el incendio callado de lo que iba a ser la catarsis.

Ligaron magistralmente con la segunda versión, ‘Decadencia’ (extraída de “Sacromonte”). El público apenas aplaudía. El público apenas pestañeaba. Antonio seguía siendo la voz cantante.

Continuando con el orden religioso del disco, entró en juego J y la recientemente “famosérrima” ‘Serrana’ (tantas décadas cantada de ida y vuelta por el cantaor sevillano que la recompuso, cuyo nombre siempre anduvo en el lado de unos pocos amantes del flamenco, y hoy en boca de “todo indie viviente”). “La nieve por tu cara pasa diciendo: ‘donde yo no hago falta, no me entretengo’”. Los asistentes empiezan, lacónicamente, a recuperarse del shock. El ambiente de los teclados del Escorzo J.J Machuca envuelve las almas allí presentes en una vorágine absorbente hacia una psicodelia lisérgica bien gustosa.

Llegó el momento. Llegó el momento de romperse. Fue cuando sonó ‘En un sueño viniste’ (“Cruz y Luna”). La letra erótica de San Juan de la Cruz escrita a Dios y la voz de Arias, ya caliente, hizo que estallara el primer llanto catártico de la sala. Épica emocionante a flor de piel. Syd Barret poseyó a Antonio Arias. Cualquier cosa podría ya suceder.

“Otros se van despidiendo. Amante. Amante. Hasta las pestañas me estorban para mirarte”. ‘Amante’ (“Sacromonte”). Aquí se produjo el cambio del orden cartesiano en la muestra del disco. La voz oscura y jonda del hombre que nunca vocalizaba, pasará a la historia como coprecursor del pop gregoriano jondo.

Bien es verdad que hubo pocas sorpresas más allá de la inmensidad del disco. Una de las pequeñas variaciones fue la percusión de Eric Jiménez en las alegrías, donde cualquier parecido al palo flamenco es puramente anecdótico, salvo el guiño percusivo “tirititrán, tran, tran”. Otro momento de batería Potenki que propulsó Eric, fue en la octava canción, ‘Donde pones el alma’ (otra vez más, “Sacromonte”). Segundo momento en el que se oyeron gemidos emocionados entre el público.

Y llegaron los bises. Y con ellos el escándalo, alguna pérdida de compostura de algún alma que presenciaba semejante chute de viagra para el espíritu. Carmen Linares se rompió por seguiriyas (‘Delante de mi madre’), convulsionando a golpe de sentimiento, como solo lo hizo antes Enrique Morente con los Lagartija. Empieza la ceremonia flamenca. Continúa Soleá, la de “enmedio” de los Morente. Sonido Pink Floyd. Bollywood Street Band. “Los raíles del tren que hacen llorar”. Y el delirio como hilo tejedor. La ola, la catarsis, se produce cuando Soleá canta ‘Estrella’, canción y actitud que dieron nombre a la primera Morente-Carbonell. Aurora, Rosario (su madre), la Globo (su hermana), Montoyita (su hermano), el Negri (sobrino), lloraban, tarareaban próximos al éxtasis la ‘Estrella’. Enrique el Negri grabando y en pie. El resto de la familia también se levantó.

‘Levantemos el corazón, lo tenemos levantado hacia el señor’. Así fue. Después de la hecatombe emocional y carnal, sonó ‘Loco’, en clave pop-rock clásico de los ochenta. Cante con el que Morente cerraba un concierto cuando había quedado a gusto, satisfecho.

Ya se habían perdido los papeles. Después del concierto continuó el desconcierto. En los camerinos y en El Mago. Dulce y embriagador.

La predicción apuntada se cumplió. Hubo un camino. Hubo un camino cuando los Planetijas, reencarnados en Los Evangelistas se pusieron manos a la obra.

Y es que, como hacía poco más de dos lustros, en este mismo lugar, el San Juan Evangelista, Siniestro Total, liderado ya por Julián Hernández, premonizó en la presentación de “La historia del blues”, ‘Dios tiene un plan’ (‘God’s a plan’, versión del reverendo Griff Jackson).

Dios tiene un plan. Ahí está.

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