Las mejores portadas del rock: The Chemical Brothers, «Surrender»

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«Sentimos que nuestra música consiste en algo así: tomar pequeños segmentos de música mundana y hacer que cobren vida»

Los Chemical brothers querían huir de la imaginería típica en el diseño de discos de música electrónica y para su tercer elepé buscaron una vieja foto de archivo de un festival musical. Xavier Valiño nos cuenta la historia de esta cubierta.

 

Una sección de XAVIER VALIÑO.

 

 

Diseñador: Blue Source.
Directora artística: Kate Gibb.
Fecha de edición: 21 de junio de 1999.
Discográfica: Virgin.
Productor: The Chemical Brothers.

 

 

A finales de 1975, principios de 1976, se celebró en Londres el Great British Music Festival, otro de los nacientes festivales que desde finales de los años sesenta trataban de aprovechar el tirón de las congregaciones masivas en torno a la música rock. En concreto, aquella edición tuvo lugar el 31 de diciembre de 1975 y el 2 y 3 de enero de 1976, y su precio fue de 3 libras y media por cada jornada, contando con una media de asistencia de unos cinco mil espectadores.

Se diría que los artistas que participaron en aquel festival poco tienen que ver con The Chemical Brothers y, sin embargo, por extraño que parezca, una imagen de aquel evento acabó revistiendo su tercer álbum, «Surrender». A simple vista, sin profundizar mucho, se diría que la instantánea de esa portada de 1999 está tomada en un concierto del propio grupo, The Chemical Brothers. Tal vez sean los colores los que conducen al error. Prestando más atención, se puede ver que algunas de las vestimentas y la apariencia externa de los pocos protagonistas que se distinguen entre la multitud no se corresponden precisamente con el final del siglo XX.

 

 

 

Habría que reparar entonces en el fondo para intentar adivinar dónde fue tomada aquella imagen y de qué se trataba exactamente. La misión no es fácil, puesto que aquel techo que parece de un hangar no se corresponde con un recinto habitual para el rock. Se trata del Olympia Grand Hall, una enorme estructura de cristal y hierro de 140 metros de largo por 76 de ancho, construida cerca de la estación de Kensington, en Londres.

El complejo, inaugurado en 1886, funcionó en un principio como Salón Nacional de la Agricultura británico. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió temporalmente como cárcel para prisioneros alemanes. En los últimos tiempos se ha utilizado sobre todo como centro de exposiciones y congresos y, también, para competiciones y exhibiciones hípicas, tal vez su función más conocida por el gran público.

No es que sea un recinto muy habitual para conciertos, pero su capacidad para albergar unas diez mil personas fue apreciada sobre todo a finales de los años sesenta y principios de la década siguiente. Sin ir más lejos, allí se celebró el comentado Great British Music Festival, pero no fue el único. Ocho años antes, el 22 de diciembre de 1967, tuvo lugar en él un festival denominado Xmas on Earth, que contó con The Jimi Hendrix Experience, Pink Floyd (con Syd Barrett en sus filas), Traffic, The Move, Soft Machine, Tomorrow y Eric Burdon & The New Animals.

 

 

 

«Surrender», el tercer disco de The Chemical Brothers, aparecería mucho tiempo después, en concreto en junio de 1999. El mundo de la música había cambiado mucho. Aunque se pudiera seguir rastreando la impronta del blues en bastantes grupos de entonces, más difícil sería localizarla en el ADN de bandas como el dúo británico, Fatboy Slim, Underworld, Orbital, Leftfield, The Prodigy o Basement Jaxx, adalides del big beat o, mejor dicho, de la música electrónica con predicamento entre las audiencias del rock.

Aquel álbum contaba con invitados como Noel Gallagher de Oasis, Jonathan Donahue de Mercury Rev,  Bernard Sumner de New Order, Hope Sandoval de Mazzy Star o Bobby Gillespie de Primal Scream. Como sugería su single de presentación, ‘Hey boy, hey girl’, el disco parecía encaminarse más explícitamente que sus dos predecesores hacia el house y la música de baile, convirtiéndose varias de sus canciones en himnos. Aquel año, el grupo fue uno de los principales reclamos del Festival Internacional de Benicàssim, aunque un inoportuno corte de luz rompió por completo el ritmo del concierto. Poco antes había sido también cabeza de cartel del Festival de Glastonbury, seguidos aquellos conciertos de una gira mundial por varios continentes. Se puede decir que el grupo disfrutaba de su mejor momento.

Durante la grabación de aquel disco, le habían dado vueltas a alguna idea sobre su posible portada. Al contrario que todos los otros grupos de la escena electrónica, The Chemical Brothers siempre intentaron distanciarse de las imágenes al uso. Ya que su música incorporaba técnicas orgánicas y tenía cierta conexión con la psicodelia, pretendían que sus portadas fueran clásicas, atemporales. Intentaban evitar a toda costa esas figuras futuristas y geométricas cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas, y que había sido lo más común hasta entonces en las portadas de aquella generación de músicos.

En esta ocasión decidieron contar con la compañía Blue Source, creada por los hermanos Seb y Leigh Marling, y que tenía colaboradores como el fotógrafo Rankin o el diseñador Mark Tappin. “La música es el centro de nuestra identidad y estética”, aseguraban en su presentación. Aquel mismo año, la firma diseñó otra de sus portadas más reconocidas, «Remedy» de Basement Jaxx, en la que aparecían varios cuerpos desnudos fundidos. Posteriormente se encargarían del diseño de «A rush of blood to the head», de Coldplay, y de la realización de vídeos como ‘Since I left you’ de The Avalanches, aunque la carátula que los dio a conocer fue la de «Different class» de Pulp.

El ritmo de trabajo de The Chemical Brothers impuso su agenda a la hora de idear la cubierta del disco. A principios de 1999 el dúo pasaba la mayor parte de su tiempo editando y grabando las pistas de las canciones de «Surrender». En un hueco libre, Ed Simons y Tom Rowland se reunieron con el diseñador Mark Tappin para trabajar sobre varios conceptos. El más claro que le comentaron es que buscaban un cierto momento de euforia, sin poder concretar mucho más. Según Tappin, tenían una idea muy clara de lo que querían, pero no sabían cómo presentarlo.

En febrero solo tuvieron un par de semanas para ayudar al equipo que trabajaba en ello. Debían dar un concierto en directo y marcharse inmediatamente a Japón a cumplir con diversas tareas promocionales en aquel país. Los pocos momentos libres de los que disponían los invirtieron en revisar cientos de imágenes del archivo Hulton Getty, parándose especialmente en fotografías tomadas en festivales de los años sesenta y setenta.

En un principio escogieron una imagen de una familia americana abandonada en una carretera. Aunque la visión era desoladora, al grupo le llamó la atención el amplio espectro de colores de la misma, que cubría todo la gama del arco iris. Según Simons, “sentimos que nuestra música consiste en algo así: tomar pequeños segmentos de música mundana y hacer que cobren vida”.

 

 

 

Tappin comenzó a manipular alguna de aquellas imágenes digitalmente, pero ninguno de los dos componentes del grupo estaba satisfecho. Les parecían demasiado asépticas. Fue en ese momento cuando apareció en escena Kate Gibb [en la foto], una artista que trabajaba con la técnica del estarcido, o sea, la impresión directa con plantillas, sin pantalla, algo que no es precisamente apreciado en el diseño moderno.

Sin embargo, los dos miembros del grupo conectaron en seguida con ella. Les parecía que tenía más relación con las imágenes de los maxi-singles de 12 pulgadas, el formato de vinilo más común para la música de baile. Les gustaba especialmente que no se tratase de una serigrafía al uso, que no hubiese dos impresiones iguales al no trabajar con ordenadores. De esa forma, el producto final tenía un cierto aire retro, lo que impedía que envejeciera poco después de hacerse.

De aquella búsqueda entre el archivo fotográfico, preseleccionaron 15 imágenes. Finalmente, se quedaron con seis, que le dieron a Kate Gibb para que trabajase con ellas. Durante cuatro meses, esta aplicó distintas gamas colores a esas imágenes y, como el grupo no hacía nunca escala en Londres debido a sus múltiples compromisos en distintos continentes, se las iba enviando por correo electrónico para que opinasen sobre ellas.

 

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La primera opción fue utilizar para la portada del álbum una imagen coloreada en el que una mujer baila con los brazos levantados en medio de una multitud. Sería la portada del single ‘Out of control’. Al igual que los otros tres singles (‘Hey boy, hey girl’, ‘Let forever be’ y ‘Music: response’) y la funda interior del álbum, todos contarían con alguna de aquellas seis imágenes seleccionadas previamente que Kate Gibb iba retocando.

 

 

 

Llegados a este punto, el grupo tuvo claro que la imagen de la portada tenía que ser otra, en concreto una tomada en aquel Great British Music Festival celebrado entre 1975 y 1976. En aquella instantánea hecha en el Olympia Grand Hall, los asistentes al festival descansan contemplando una actuación, tranquilos, como si la música invitase a calmarse y relajarse. No obstante, uno de ellos, levantado y con una pandereta en una de sus manos, parece disfrutar plenamente y más intensamente que los demás, como si le hubiese entrado un arrebato, como si aquella música fuese para él el punto álgido de aquellos tres días de festival.

Coloreada varias veces por Kate Gibb, Simons y Rowlands dieron finalmente el visto bueno a una de las impresiones. A la imagen, Gibb añadió siete pequeños arco iris en la ropa de algunos de los asistentes que aparecen en primera fila, incluido aquel que lo vive de una forma distinta a los demás. Con ese guiño, Gibb recuperaba el color que tanto había sorprendido al dúo en aquella imagen de la familia en la carretera.

 

 

 

Publicado el disco, se desató la curiosidad por saber dónde había sido tomada la imagen y en qué año. Una portada del 10 de enero de 1976 de la publicación musical inglesa «New Musical Express» databa perfectamente el acontecimiento. Aunque la revista citaba a The Wailers como nombre destacado sobre la fotografía de la cubierta, esta había sido tomada en el mismo festival, muy probablemente por la misma persona que había hecho la que luego se emplearía en la portada de «Surrender».

Todavía había un dato más que suscitaba la curiosidad. ¿Quién era aquel bailarín gozando de la música, dejándose llevar, viviéndolo intensamente y de una manera completamente distinta? Algunos de los asistentes recuerdan a un habitual de los grandes festivales de mediados de los setenta que se hacía llamar «Jesus» y que subía al escenario en cuanto tenía una oportunidad y la música le arrebataba.

 

 

 

Por lo tanto, solo queda un dato por conocer: cuál había sido aquel grupo que conseguía que varios miles de personas permanecieran sentadas mientras emocionaba solo a uno de ellos. En el cartel de aquel festival está irremediablemente la solución. ¿Bad Company, Nazareth, Ronnie Lane’s Slim Chance, Pretty Things, Be-Bop Deluxe, Status Quo, Thin Lizzy, Budgie, Procol Harum, Climax Blues Band, Barclay James Harvest…? Casi 40 años después, las apuestas siguen abiertas.

Anterior entrega de Las mejores portadas del rock: Cream, “Disraeli gears”.

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