La mascarada del siglo: El inagotable filón sueco

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«En las últimas décadas prácticamente ningún género ha quedado virgen en el país escandinavo. Cualquiera podría hacerse una discoteca a su medida sin salir de sus lindes»

 

La distancia entre ABBA y Jens Lekman es enorme, pero algo les une: su lugar de origen, Suecia. Un país con una escena pop que sabe seguir las corrientes anglosajonas, moldearlas a su antojo y lanzarlas al resto del planeta. Un caso excepcional.

 

 

Una sección de CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA (twitter: cpziriza)

 

 

Suecia: ese país al que admiramos por su ejemplar civismo, sus irreprochables coberturas sanitarias y las bondades de su sistema educativo. Se podría comentar lo mismo de cualquier vecino escandinavo, así en general (porque es Finlandia quien encabeza hace años el ránking en el último de los aspectos citados, por ejemplo), pero puede decirse que los suecos se llevan la palma cada vez que nos llegan noticias sobre patrones modélicos de aprovechamiento de los recursos públicos, como esa información aparecida hace escasos días acerca de que el país nórdico necesita más basura porque ha convertido casi toda la que genera en energía. Tal es el grado de excelencia de su sistema de reciclaje de residuos, del que el grueso de su ciudadanía es una entusiasta partícipe.

Aunque no todo en el país de ABBA es inmaculadamente canónico, claro está: las novelas de Stieg Larsson y Henning Mankell o las películas de Thomas Alfredson también ofrecen el reverso tenebroso de una sociedad que con frecuencia se ve a sí misma atenazada por sus propios formalismos. Tampoco podemos obviar que el país que alumbró a Ingmar Bergman suele rondar, junto a sus vecinos nórdicos, los primeros lugares del ránking europeo de suicidios. Un dato algo atenuado por lo que a ellos respecta, pero que ha ido calando cual gota malaya hasta establecerse como un lugar común que casi nadie discute.

El caso es que, en términos de pop y rock, en un mundo que hace más de cincuenta años polariza la atención de sus focos mediáticos en el diálogo (muchas veces en el efecto de acción-reacción) entre los dos colosos anglosajones, Norteamérica (no podemos dar de comer aparte a Canadá) y el Reino Unido, se habla con frecuencia de Suecia como la tercera potencia mundial. Y eso se explica por la apabullante capacidad que sus músicos muestran en las últimas décadas a la hora de asimilar conceptos y patrones estilísticos generados a miles de kilómetros de distancia, y al mismo tiempo hacerlos suyos. En ese supuesto podio no están solos, porque los japoneses hace también ya varios lustros que demuestran ser excelentes mimetizadores. Pero tienen un problema, musicalmente el mismo que aqueja a sus vecinos chinos en otros órdenes empresariales: no habrá ningún experto en internacionalización de productos o servicios que niegue la suma destreza de cualquier manufactura china a la hora de calcar milimétricamente el más enrevesado producto occidental, pero ninguno de ellos podrá afirmar que esa imitación supere al original. Serían, en todo caso, copias con todo su envoltorio primigenio intacto pero prácticamente sin pizca de su alma, ya que la aportación autóctona queda absolutamente minimizada. Y si bien es cierto que muchas multinacionales japonesas son absolutamente punteras en tecnología (Mazda, Sony, Toshiba), puede decirse que, en términos de creatividad musical, seguramente las bandas niponas estén más cerca del modus operandi chino que de presumir de uno inequívocamente autóctono. Al menos eso ocurre con la mayoría de trabajos que nos llegan hasta aquí, si nos circunscribimos al ámbito pop rock (porque otra cosa es la escuela electrónica de la Yellow Magic Orchestra, con Ryuichi Sakamoto y compañía). No podríamos afirmar que sus recreaciones carezcan de alma, pero rara vez los trabajos de Cibo Matto, Pizzicato Five, Shonen Knife y compañía dejan de ser simpáticas, efervescentes y pizpiretas revisiones de todo lo que se ha cocido temporadas antes en el ámbito anglo.

Y tres cuartos de lo mismo cabe decir de revivalistas del garage rock como Thee Michelle Gun Elephant o ruidistas de nuevo cuño como Merzbow, Boredoms o Keiji Haino, si bien lo corrosivo de sus propuestas atenúa ese fulgor encantadoramente kitsch que emana de los proyectos citados. Porque es precisamente ahí, en la frontera entre lo kitsch y lo naïf, donde queda generalmente trazada la línea divisoria que separa a Japón de Suecia. Tampoco hay un rastro evidente en los trabajos de grupos nórdicos de trazos meridianamente indígenas (más allá de la utilización de su propio idioma, prácticamente reducido a cero cuando se trata de exportar), pero predomina casi siempre un componente de ingenuidad que no empaña su excelente factura final. Un candor, muchas veces desarmante, que no juega en detrimento del empaque de discos apolíneos, de esos en los que la estilización (y a veces también el esteticismo) no se contradice con la hondura de su mensaje. Como bien apuntaba Diego A. Manrique en la entrevista concedida al jefe de esta casa hace unas semanas, la factoría sueca (al igual que la holandesa, bastante menos pródiga en exportar luminarias) es proclive a continuar con esa tradición comercial que les acredita como consumados vendedores de su producto en el exterior, y siempre con el inglés como lengua vehicular asumida desde la cuna. Y en los últimos tiempos han perfeccionado el molde.

Así pues, en las últimas décadas prácticamente ningún género ha quedado virgen en el país escandinavo. Cualquiera podría hacerse una discoteca a su medida sin salir de sus lindes. De todo han generado, desde que ABBA reventasen las listas de éxitos de medio planeta. Tanto en la superficie como en el subsuelo de la industria. Cuando el AOR de los ochenta fundió definitivamente en las radiofórmulas las guitarras endurecidas y las producciones sintéticamente chillonas (no olvidemos el furor hair metal y la MTV), y los escoceses Gun o Texas reclamaban su trozo del pastel, ellos se sacaron de la manga a Roxette. Cuando el eurodance triunfaba a finales de los ochenta y primeros noventa, ellos colaban en los charts a Ace of Base y Army Of Lovers. Si en los noventa el teen pop volvía con fuerza, ahí estaba el oportunismo de Aqua. Si el revival punk rock hacía furor en California y el emocore extendía su radio de acción más allá de Washington DC, ellos tenían a Starmarket o Randy. Incluso antes de que la épica de estadios fuera reclamada por los primeros Coldplay, Muse o Doves para aprovechar el efecto Radiohead, ellos tenían ya a Kent (y su adictivo «Isola», de 1998). Y cuando la escuela indie británica más elegante parecía en riesgo de quedar sepultada por la marea brit pop, ahí estaban Club 8, Eggstone, Komeda, Red Sleeping Beauty, The Wannadies, Cinnamon, Girlfrendo, Acid House Kings, Popsicle o los exitosos The Cardigans para mantener encendida la llama de las delicadas producciones que en los ochenta generaron los sellos Sarah Records, Kitchenware o Postcard.

La saga, lejos de extinguirse, prolongó su influjo hasta nuestros días, con The Radio Dept, El Perro del Mar, Those Dancing Days, Yast, Shout Out Louds o Speedmarket Avenue. Con la fiereza de Envelopes o con el pop de muchos quilates de Jens Lekman. Con el synth pop de Lo-fi-fnk o con figuras femeninas de tanto carisma como Robyn o Lykke Li, aventajadas alumnas de Madonna en más de un sentido. Y no digamos ya del revival garage rock que adelantaron The Hellacopters y en el que The Hives, Mando Diao o The Division Of Laura Lee se han movido como pez en el agua en los últimos tiempos. No está nada mal para un país cuya población supera en poco a la de Madrid y Barcelona juntas.

Anterior entrega de La ¿insoportable? levedad del festival.

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