Un gusano en la Gran Manzana: Madonna no es Mandela, pero Neil Young es Neil Young

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«Imagino a Neil Young en Broken Arrow con varios ordenadores encendidos en distintas habitaciones al mismo tiempo. Uno con el manuscrito de un tercer volumen de memorias. Otro con borradores de nuevas canciones que está pasando a limpio»

 

Dos modos de entender el arte, la creatividad: en un lado, Madonna y sus provocaciones mediáticas, en el otro, Neil Young, un talento hiperactivo con la mente en constante ebullición.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

—5 de enero
La señora Madonna publica unas fotografías en las que imita otras famosas de Martin Luther King y Nelson Mandela. Su intención, promocional, ha sido vapuleada en las redes sociales, equivalente actual a las viejas corralas donde el vecino del segundo ponía a parir al del primero y viceversa. Tras la tormenta han venido las explicaciones de la cantante, «¿Digo que yo soy ellos? NO. Digo que ellos también son Corazones Rebeldes. No lo hice yo, lo hicieron mis fans. Yo solo retuiteé esas fotos. Mis fans no son racistas». Esos «Corazones Rebeldes», así, en mayúsculas, tienen algo de tatuaje de henna. Habla de figuras del calibre de Mandela y las reduce a bonsái chaparro, a pillastre romántico o héroe «blockbuster». También me encanta el final: «Si me ponen en la misma categoría que esas personas, gracias. Estoy muy halagada y espero que un día pueda realizar la centésima parte de lo que esas personas hicieron». Una de las grandes ventajas del Twitter y similares ha sido la de permitir asomarse a lo que piensan ciertas estrellas, o sus becarios. Comprobar hasta qué punto aquello que intuíamos en su música explota magníficamente banal cuando pasamos de la coreografía al texto en prosa. Casi mejor que Twitter no permita alardes. Para qué abochornar en formato panorámico si sobra con los ciento cuarenta caracteres. Madonna publicó en su día un par de discos estimables, lo que está al alcance de casi cualquiera, pero la vejez nos despoja hasta dejarnos en el chasis. El proceso multiplica nuestras carencias, libres del parapeto juvenil que tanto engañaba. El día en que Madonna quede por completo reducida a sus canciones, sin bailes ni muslos que distraigan, se comprenderá mejor cuan leve es la huella que deja en la historia del arte (más allá de que interese a futuros estudiosos de la publicidad).

—6 de enero
Neil Young ha publicado uno de esos discos suyos que, de primeras, causa cierta pereza. A veces terminan por ser los mejores. A resultas del especial que dedicó «Uncut» al canadiense, Michael Bonner, autor del perfil, ha publicado la entrevista íntegra que realizó a Poncho Sampedro, guitarrista de Crazy Horse. Seis mil ciento setenta y una palabras imperdibles. Sampedro habla de Young con la seguridad que proporcionan cuarenta años de verlas de todos los colores y soportar caprichos, cabreos e injusticias, de parir discos supremos y compartir algunos de los instantes que llenan de euforia y agradecimiento a quienes hemos crecido mamando la música curativa del genio. Le gustaría que se dejase de libros, reproductores digitales y coches ecológicos, pero en la naturaleza del jefe está la dispersión. Yo imagino a Neil Young en Broken Arrow con varios ordenadores encendidos en distintas habitaciones al mismo tiempo. Uno con el manuscrito de un tercer volumen de memorias. Otro con borradores de nuevas canciones que está pasando a limpio. Uno más con los correos electrónicos que envía a los ingenieros detrás del Lincoln Volt, etc. Sin contar las visitas al estudio casero, donde rasga pensativo, media hora, las cuerdas de una Gibson. O las escapadas al edificio donde sus empleados pelean para dejar listo el volumen 2 de sus monumentales archivos (fecha estimada de salida, invierno del 2025). Entre tanto manda a tomar por culo a Stephen Stills. Se reconcilia por teléfono con David Crosby. Juega un rato con sus trenes. Sale a otear a los surfistas de Half Moon Bay. Regresa a la cocina para hacerse un café (ecológico). O escucha las cintas del tour de 2014 con Crazy Horse, no sea que allí lata un directo memorable y tenga que volver a donde sus archivistas para decirles que lo ha pensado mejor, que la nueva fecha es invierno del 2026 y de momento vamos a publicar un live con las cintas de la última gira. O tal vez no y haya que editar algunas de las doscientas maquetas acústicas que ha acumulado durante el último año. Sin contar que hace tiempo que no habla con Jonathan Demme y convendría darle un toque: tienen toneladas de vídeos inéditos y algo habrá que hacer. Tras regresar a uno de los ordenadores y escribir un nuevo capítulo de su primera novela sale al porche, se lía un canuto y recuerda los días en los que hace siglos soñaba con incendiar los corazones del respetable a base de riffs de hierro líquido, deja que el viento lama sus párpados, da otra calada con la falsa languidez de un leopardo al sol y, hastiado tras minuto y medio de nostalgia, se dirige al salón y telefonea a Poncho, en Hawái, para decirle que llame a los otros: tiene un par de ideas para un nuevo artefacto del Caballo Loco. Y solo son las doce del mediodía. No quiero ni imaginar cómo serán las tardes.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Reencuentro con el papel impreso.

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