Nick Waterhouse: «El algoritmo es una implacable máquina sedienta de sangre»

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«Es mejor estar fuera de las modas del presente, porque eso te garantiza relevancia en el futuro»

 

Semanas después de que Nick Waterhouse girase por nuestro país, Carlos Pérez de Ziriza mantuvo una charla con el músico californiano, que acaba de presentar en directo su nuevo trabajo, The fooler.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.
Fotos: JAMES JUAREZ / BEN HEATH.

 

Nick Waterhouse estuvo hace unas semanas en España, pero le pillamos para esta entrevista telefónica unos días después, en Países Bajos, a punto de coger un avión para continuar su gira en Dublín. Ungido por algunas de las propiedades más proteicas del soul y el rythmn and blues, el músico californiano está presentando las canciones de su sexto álbum, The fooler (Pres Records/Popstock!), y lo cierto es que no solo es un caballero, sino un creador con un mundo interior de lo más interesante.

¿Qué tal los conciertos en Países Bajos?
Muy bien. Contrastan un poco con lo que viví en España hace poco. Los holandeses son más de escuchar atentamente que de bailar [risas]. Pero muy bien, con las salas también llenas y la banda tocando muy bien. Estoy un poco muerto, la verdad, está siendo una gira muy larga, pero tengo ganas de recuperar energías para el público irlandés.

¿Ves diferencias entre el público norteamericano y el europeo?
Siempre. Hay diferencias entre cada territorio. Diría que en todas partes siempre hay fans que entienden lo que hago, pero hay reacciones distintas, y algunas de mis canciones se convierten en hits en diferentes regiones y por diferentes razones. En Francia son mejor acogidas las baladas y los medios tiempos, con esos cambios de humor, mientras que en Norteamérica tira más el material que está en la onda rhythmn and blues, y los álbumes con las canciones en orden en el que están secuenciadas, mientras que en Bélgica o en Holanda tienen un gran conocimiento de la tradición, me piden muchas versiones, cosas que tienen que ver con una temática concreta. Es fascinante, porque te conviertes en una especie de espejo de quienes aprecian tu trabajo.

Has venido presentando The fooler (2023), tu sexto álbum. Tengo entendido que se trata de un disco temático sobre San Francisco, donde viviste hasta 2012, antes de mudarte a Los Ángeles. ¿Es una suerte de oda a una ciudad gentrificada que ya no es lo que era, como la mayoría de nuestras grandes urbes?
Seguro, lo puedes ver así. Viví un periodo concreto en San Francisco, pero como podía haberlo hecho en cualquier otro sitio. El disco está influido por esa experiencia. Pero bueno, James Joyce estuvo veinte años escribiendo sobre Dublín, Christopher Isherwood hizo algo parecido con Adiós a Berlín (1939) sobre la Alemania de Weimar, Virginia Wolf también escribió sobre sus sentimientos acerca de Londres… Escogí ese punto de partida pero no se trata de un disco literalmente sobre San Francisco, ni de despedida de la ciudad, ni ninguna de esas expresiones que a la gente le gusta utilizar, simplemente es un trabajo que salió de ahí y cuenta una historia sobre cómo se siente la gente, más que sobre cómo me siento yo.

Digamos que la ciudad es en cierto modo un pretexto para hablar de asuntos que la trascienden, como el paso del tiempo.
Sí, exacto. Y muchas de las canciones expresan emociones humanas y lazos personales, todo eso ocurre en una ciudad, que es como una ciudad soñada. Yo a veces sueño con San Francisco sin soñar sobre ella en realidad, son solo sueños que ocurren en alguna calle que recuerdo… no sé si sabes lo que quiero decir.

Creo que sí, supongo que la imagen de una ciudad cambia cuando ya no vives en ella. Hay una frase en inglés muy acertada, en mi opinión, que dice aquello de que la hierba siempre luce más verde al otro lado, allí donde ya no estamos.
Es algo así, pero es más como el recuerdo que tengo de vivir allí y de todas las fuerzas que entraban en juego, toda la energía que había a mi alrededor. No es que pretendiera idealizarla, en absoluto, solo traté de escribir sobre lo que me importaba, condensar lo que ocurría con mi vida, y convertirlo en algo que tuviera un significado. Incluso la portada es simbólica. Es una ciudad marcada por la tradición de gente que trató de dar con una forma mejor de vida, que proyectaba las normas de la cultura de la posguerra en Norteamérica, y diría que el eco de todo eso lo noté cuando viví allí. Es una energía del propio lugar, que no muere. Es como un relato, como una novela, que tiene lugar allí, pero eso no es lo importante. No es un disco pensado para decirte lo guay que era San Francisco, sino más bien para hacerte reflexionar sobre cómo algunas ideas que en su momento fueron revolucionarias pueden afectarte en un plano interior, no exterior. No como una revolución política, sino como una revolución emocional o intelectual.

El disco fue producido por Mark Neil (The Black Keys, JD McPherson, Dom Mariani). ¿Qué buscabas en él?
Nos conocemos desde hace tiempo y habíamos hablado sobre la posibilidad de trabajar juntos. De hecho, él ya iba a producirme mi segundo álbum, Holly (2014), pero la cosa no cuajó porque en ese momento él se mudó de California a Georgia, donde tiene el estudio. Siempre hemos estado en contacto y al corriente de lo que hacemos, desde hace unos veinte años, pero este era un buen momento para rendirme a la producción de otra persona y aceptar mi rol como escritor de canciones e intérprete, quedarme ahí, tras estar toda mi carrera produciendo mis discos. Es una forma de limitarme a ser solo el artista, por decirlo de algún modo.

Se te compara habitualmente con compositores clásicos, como Bert Berns, Mose Allison, John Lee Hooker o Van Morrison, pero me gustaría saber si te sientes en sintonía con artistas contemporáneos como Curtis Harding, Nathaniel Rateliff, Pokey Lafarge, Mayer Hawthorne o Eli Paperboy Reed.
Conozco personalmente a algunos de ellos, pero creo que vengo de un lugar distinto. De los que has mencionado, creo que es con Curtis Harding con quien más cosas tengo en común. Mose Allison me marcó porque me enseñó a sintetizar influencias y a tener una voz creativa, y creo que algunos de los músicos que mencionas no tienen su propia voz. No presto demasiada atención a la música contemporánea que intenta reproducir el sonido de la era dorada de las grabaciones de los años cincuenta y sesenta, así que no tengo la impresión de estar muy en sintonía con ellos. En cualquier caso, las comparaciones nunca son divertidas, ¿no? Hay muchos periodistas amateur muy jóvenes, de poco más de veinte años, que parece que ya no puedan disfrutar de la música. Necesitan ordenarlo todo, no permiten que la música por sí les emocione, y creo que eso supone un peligro para quienes escuchan, le quita gran parte de la magia a todo esto.

 

«Para seguir tu instinto tienes que enfocar tus discos como si fueras el director de una película, teniendo en mente la imagen completa»

 

Entiendo, pero es inevitable caer en esas comparaciones cuando tienes que presentarle a alguien la música de un artista a quien no conoce.
Sin duda, sin duda, entiendo que ese es el trabajo del crítico, pero debería haber otro modo de hacerlo. Podemos revolucionar la crítica, Carlos, cambiémoslo [risas].

Bueno, siempre será mejor que esas coordenadas las tracemos entre nosotros y no lo dejemos todo en manos del algoritmo.
El algoritmo es una implacable máquina sedienta de sangre que acabará convirtiéndonos en polvo.

¿Te consideras un artista fuera de tiempo? ¿Clásico? La mayoría de la gente más joven que tú suele escuchar otro tipo de músicas.
Está bien. Es mejor estar fuera de las modas del presente, porque eso te garantiza relevancia en el futuro. Hay mucho material estúpido que se publica en nombre de la inmediatez. Tienes que ser consciente de estar haciendo exactamente aquello en lo que crees, y no me parece que lo que hago sea muy distinto a lo que hace, no sé, Angel Olsen. O, yo qué sé, Billie Eilish. Para seguir tu instinto tienes que enfocar tus discos como si fueras el director de una película, teniendo en mente la imagen completa, y no me preocupa demasiado el momento en el que vivimos. Me voy haciendo mayor, sé que mi obra sigue siendo más breve que la de mucha gente que conozco, pero lo único que puedo hacer es trabajar lo más duro posible para corresponder a mi instinto. A veces es emocionante. A veces tocas en directo y aunque la estructura de la canción y el sonido están ahí, sientes que todo se puede romper en cualquier momento y que nada está formalizado de antemano, ahí está el elemento humano de la música… por decirlo de otro modo, The fooler (2023) es mi disco anti algoritmo, con canciones que apelan al interior, a la pureza de lo que es aún posible, sin reparar en cómo pueda funcionar el mundo del entretenimiento hoy en día, y creo que eso es muy atemporal.

¿Encuentras la inspiración en cualquier momento del día o en cualquier lugar, o eres metódico?
Escribo todo el rato. Tengo miles de notas. Papeles, notas de voz en mi móvil… Siempre he escrito a todas horas, desde que iba al colegio. Ya garabateaba historias mientras se supone que debía estar prestando atención en clase. Y he continuado con ese buen y mal hábito [risas]. Luego tengo periodos de tiempo en los que me siento y organizo todo eso. Y me sorprendo a mí mismo porque veo que tengo cincuenta ideas sobre algo cuando pensaba que solo tenía dos. Es el proceso que he ido puliendo con los años.

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