Neil Young y la censura

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COMBUSTIONES

«Todos somos susceptibles de engrosar las filas de la herejía en este clima infecto de ultracorrección monjil y guerras culturales»

 

En su columna semanal, Julio Valdeón aborda los límites de una moralidad dañada en el ámbito de la cultura, y en el mundo en general, partiendo de la desbandada de Spotify por parte de Neil Young y otros artistas estos últimos días.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.


Primero fue Neil Young, que ahora incluso pide a los trabajadores de Spotify que abandonen la compañía. Tras su rajada enfilan Joni Mitchell y Crosby, Still y Nash. Abandonaron la plataforma indignados por un Joe Rogan que difundiría opiniones magufas a cuenta de las vacunas. O, por matizar, que habría entrevistado a sujetos con opiniones, hum, contrarias al consenso científico dominante respecto a los fármacos y terapias para combatir el Covid.

Hasta aquí, todo normal. Desde que arrancó la pandemia, el frente negacionista ha progresado con gusto. Sujetos como Rogan, que provienen del mundo de los podcast, con independencia de sus tendencias ideológicas, han irrumpido con paso inexpugnable de rinocerontes en unos ecosistemas dominados por los medios de comunicación tradicionales. En cuanto a Spotify, busca maximizar beneficios. Ni siquiera cuando sermonean las empresas son sinceras: se limitan a vender los lemas que consideran más favorables para sus intereses comerciales, más apetecibles para la clientela. Cero problemas. Cuidar del bien común no entra dentro de sus propósitos. Ni falta que hace. Somos nosotros, los ciudadanos, quienes debemos velar para que los poderes públicos, los políticos a los que votamos, regulen según qué cosas.

Tampoco sorprende que Young, que fue un niño enfermo, tenga la mecha corta cuando alguien cuestiona la utilidad de unos preparados, las vacunas, a los que debemos de agradecer la salvación de millones de vidas. Y si nos remontamos antes del Covid, si incluimos las vacunas tradicionales, el cómputo asciende a miles de millones. Para hacerse una idea, aunque la viruela fue erradicada en 1977, «y aunque es imposible saber exactamente cuántas personas morirían hoy de viruela si los científicos no hubieran desarrollado la vacuna, las estimaciones razonables estiman alrededor de cinco millones de vidas por año, lo que implica que entre 1980 y 2018 se han salvado alrededor de 150 a 200 millones de vidas» (Our World in Data).

Young tiene todo el derecho del mundo a sacar sus canciones y desde luego pasa con nota alta la prueba del compromiso, por cuanto lo que pone en juego son sus propios ingresos. Bueno, una parte. Pero cuidado, porque la tentación de establecer aduanas morales puede volverse, para empezar, contra un colectivo, el de los artistas, que no siempre destaca por la racionalidad de sus juicios o la defensa de los mejores ángeles que llevamos dentro. Y porque, por mucho que pueda mosquear un antivacunas, mañana el señalado podría ser el practicante de una religión equis, o el ateo que ofende a ese practicante, o no sé, qué tal las personas favorables a los cultivos transgénicos, o las contrarias (el propio Young cuando se pone reaccionario y místico).

Todos somos susceptibles de engrosar las filas de la herejía en este clima infecto de ultracorrección monjil y guerras culturales. Todos creemos, también, que el infierno son los otros. Los fachas o los bolivarianos. Los carnívoros o los veganos. Los taurinos o los antitaurinos. Yo, que firmo esto y te irrito, amable lector, o tú, que vomitas tu irritación en redes para insultarme. La internacional de los indeseables, vaya. La humanidad en pleno. Justa merecedora del látigo de la destrucción reputacional y el ostracismo como irremediable penitencia. Lo explica el ensayista David Rieff en el último Letras Libres, en un artículo estupendo para entender mecanismos de la marabunta woke, los favorables a la censura imaginan que «la siguiente observación de Viktor Frankl no se aplica a ellos: “Hay dos razas de hombres en este mundo, pero solo estas dos: la raza del hombre decente y la raza del hombre indecente. Ambas se encuentran en todas partes; penetran en todos los grupos de la sociedad. Ningún grupo está formado enteramente por personas decentes o indecentes”».

Anterior entrega de Combustiones: Euroteta y tongo.

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