Leño: El merecido homenaje

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«El inconformismo, el escapismo de la hosca realidad, la búsqueda de un lugar acogedor en los cinturones de hormigón de esos apaisados receptores de emigración interior, el rock como redención existencial, eran el hilo de Ariadna del repertorio de Leño»

El doble CD de homenaje a Leño «Bajo la corteza» sirve para redescubrir el legado de la banda que capitaneó Rosendo desde finales de los años 70. Un disco que nos anima a recordar al trío por excelencia del rock urbano.


Texto: JOSEMI VALLE.


Se acaba de publicar el disco «Bajo la corteza», un doble CD en el que veintiséis grupos y solistas homenajean a los carismáticos Leño, el trío formado en 1978 por Rosendo Mercado, Ramiro Penas y Chiqui Mariscal (poco después reemplazado por Tony Urbano). Leño nació tras un nuevo desencuentro entre un harto Rosendo y un altivo José Carlos Molina, cuando ambos militaban en Ñu. Rosendo se plantó en la navidad de 1977 y puso punto final a su relación con Ñu. De aquel adiós surgió Leño.

Es lícito recordar que a principios de 1978 el rock en España estaba en pañales. Montar una banda era una heroicidad, un hito que desafiaba a una sociedad tremendamente pacata, rudimentaria tecnológicamente, y de ideas muy prejuiciosas y ultramontanas con todo lo que oliera a cultura rock, movimiento exacerbadamente underground que en aquel entonces se agrupaba bajo la rúbrica de «el Rollo». Un día de enero del 78, José Carlos Molina, en ese instante ya soberano absoluto de Ñu, se pasó por el local de ensayo para ver cómo iban las nuevas canciones del grupo que acababa de organizar Rosendo. Después de oírlas, emitió un despectivo veredicto: «estas canciones suenan como un leño». Molina no lo sabía, pero su exabrupto sirvió para bautizar a la leyenda.

 

LEÑO: LOS REYES DEL ROLLO

Aquellas canciones que sonaban como un leño eran un ejercicio de rock setentero y peleón apuntalado de temáticas de costumbrismo urbano. Sin ser muy conscientes de su condición de pioneros, Leño estaba surtiendo de un potente imaginario callejero al rock que se experimentaba en los barrios de Madrid. Rosendo y compañía hablaban de lo cotidiano que se cocía en zonas deprimidas o de escaso poder adquisitivo, en los lugares menos decorativos y más hacinados de la gran urbe, la nueva megalópolis emergida de los flujos migratorios rurales en que se habían convertido Madrid y su periferia.

El inconformismo, el escapismo de la hosca realidad, la búsqueda de un lugar acogedor en los cinturones de hormigón de esos apaisados receptores de emigración interior, el rock como redención existencial, eran el hilo de Ariadna del repertorio de Leño. Casi por extensión se podría decir que era el discurso habitual de todos los afiliados al primigenio rock urbano de finales de los setenta. Leño amenizaba todo este argumentario con un sonido áspero y beligerante, vigoroso y pesado. Su música era muy singular y muy distinta a la de sus coetáneos (Burning, Asfalto, Bloque, Coz, Triana, Topo, Cucharada). La voz aguardentosa de la figura icónica que ya representaba Rosendo, y que te animaba a fantasear con que se acababa de fumar dos o tres cartones, y esa guitarra que parecía un serrucho enfrentándose al nudo de un tronco especialmente díscolo, eran reconocibles a la legua. Leño sonaba a Leño. Para un grupo novel no sonar como nadie es encontrar la piedra filosofal. Leño se dio de bruces con ella.

En un par de meses y sin disco que los tutelase se erigieron en los reyes de la escena. Entre ellos y cualquier otro grupo de los que nominalmente formaban El Rollo había una brecha de creatividad y actitud inmensas. Los Leño eran carismáticos, queribles, simpáticos, no había en ellos impostura ni nada forzado, ni atisbo de pretenciosidad o de aspiraciones ostentosas. Su música era lo que ellos eran y su discurso casaba a la perfección con las necesidades de su público. Había simetría irrompible entre su condición social y el contenido y la forma de sus canciones. Esa veracidad era el auténtico valor patrimonial de su música. Eso fue lo que les hizo cuajar entre la parroquia rockera, lo que hace que treinta años después sus discos sigan destilando autenticidad y vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CURRÍCULO SONORO

Grabaron cuatro discos en una época en el que el metabolismo basal de publicación era de un álbum al año. En el mismo lapso de tiempo que emplea actualmente un grupo en editar su nuevo disco, Leño alumbraron toda su obra. Grabaron con Chapa, la escudería subsidiaria de Zafiro que, bajo la tutela del entusiasta Vicente «Mariscal» Romero, dio amparo a lo más granado del rock madrileño de la época, incluido el posterior rock duro y heavy rock.

Cada vinilo de Leño tiene su idiosincrasia, singularidades que lo hacen diferente del resto. Ahí está el rock de lija y suburbio del feliz debut. Los devaneos con el pop y la frugalidad rockera en el vacilón y liviano «Más madera» de 1980. La necesidad de reconducirse y presentar sus auténticas credenciales en el directo que registraron en la sala Carolina en marzo del 1981. Su cima creativa y canto del cisne con el londinense «Corre, corre», el vademécum del rocanrol y el disco con el que se subieron, junto a una bisoña Luz Casal, al escenario en la celebérrima gira de «El rock de una noche de verano» del entonces pope incontestable Miguel Ríos, abanderado del socialismo y de los nuevos inquilinos de La Moncloa. Hace unos años se editó «Vivo’83», un directo, con mucho mejor sonido que su precedente, que recoge la actuación de Leño en la clausura de esa gira, el 6 de septiembre de 1983 en los Jardines de Montjuïc de Barcelona ante setenta mil personas. Perfecto para auditar el patrimonio creativo de la banda un mes antes de morir.

Lo dejaron cuando la química entre ellos se esfumó. Su honestidad les impidió defender un proyecto que comercialmente empezaba a ser muy rentable, pero que adolecía de la falta de pulsiones sinceras. Su condición de proyecto malogrado, o más bien inconcluso, los elevó al inmediato rango de mito. Tuvieron cierta suerte, porque su adiós se adelantó a la inmediata llegada de la recensión más devastadora que haya padecido nunca el rock potente, cuando en los estertores de los ochenta el heavy rock, del que ellos se distanciaron deliberadamente, se hundió en la irrelevancia por culpa entre otras cosas de su cerrazón endogámica y su obcecación por repudiar todo sonido ajeno al género.

Leño se erigió así en el eterno recordado, una especie de Arcadia que se citaba en mitad de las ruinas. Ajenos a entusiasmos monetarios, sus componentes han rechazado cíclicamente ofertas mareantes a cambio de la resurrección del grupo. El tintineo de monedas no ha podido con ellos. Ni antes, ni cuando Rosendo padeció una terrible época de vacas flacas que le hicieron plantearse colgar la guitarra, ni ahora. Aducen que la gente quiere ver a los Leño de hace treinta años, y que de juntarse de nuevo la afición rockera se encontraría con otra decrépita cosa, algo que traería adjunta decepción, frustración y la casi segura devaluación del mito.

 

«BAJO LA CORTEZA», EL DOBLE HOMENAJE

Treinta y dos años después de que el grupo echase a rodar (allá por febrero de 1978, teloneando a Asfalto en una matinal), se les homenajea merecidamente con el doble disco «Bajo la corteza». Es verdad que ya muchos grupos han versionado repertorio del trío, convirtiendo a Leño en una de las formaciones más releídas, pero nunca antes se le había homenajeado. Rosendo, ya convertido en patriarca, recibió un caluroso tributo en 1997 por parte de grupos afines que quisieron mostrarle su cariño y respeto en el disco de elocuente título «Agradecidos». Pero Leño no había recibido homenaje discográfico alguno. Curiosamente, la idea partió de Rosendo, Tony Urbano y Ramiro Penas, que pensaron que si no lo hacían ellos, tarde o temprano la pituitaria de algún mercader olfatearía dividendos en torno a un disco así y lo haría a su modo, probablemente sin mucho criterio y sin demasiado amor. Anticipándose a esa posibilidad, los Leño han tomado las riendas del disco y han reclutado a grupos y solistas en un homenaje pensado para ver cómo suenan sus canciones tocadas por otros. El resultado emana cariño, sinceridad y admiración por la banda.

Empezaré a citar las versiones que más me han encandilado. Luz Casal está sobresaliente y muy rockera atacando ‘Entre las cejas’, tema con el que se inaugura el doble disco. Antonio Vega nos vuelve a descubrir a título póstumo que su voz es suave como el polen que desprenden las alas de los ángeles. Barricada asume su orgullosa e indiscutible condición de primer gran alumno aventajado de Leño, y alcanza matrícula con la versión del didáctico y poco conocido ‘Aprendiendo a escuchar’ (fue la cara B del single ‘Este Madrid’, registrado para un volumen de «Viva el rollo», anterior a la versión que se volvió a grabar para el LP). Garaje Jack logra una espléndida versión del blues ‘La fina’, acelerando el tempo y haciéndola realmente seductora en la voz de Laura Rubio, mejor que la original, que a mí siempre me resultó un poco plomiza. Extremoduro se entregan a una fidelidad mimética para tocar ‘El tren’, tema que hacen muy creíble y muy suyo. MClan lo borda con la cada vez más apreciada voz de Carlos Tarque. Repasan la tranquila ‘Todo es más sencillo’, un tema del directo de 1981, que gana en reciedumbre y detalles. Rodrigo Mercado, hijo de Rosendo, lleva al reggae la totémica ‘Este Madrid’, que suena fantástica y chorrea emotividad (Rodrigo vino al mundo el mismo día que Leño concluyó la grabación de su debut en 1978).

Miguel Ríos vuelve a ponerse el mono de trabajo con ‘Maneras de vivir’ (que popularizó y divulgó más que los propios Leño al incluirla en su «Rock & Ríos»), pero le falta salpimentarla con un poquito más de garra y pulsión. Ruibal consigue un excelente resultado con ‘Calendario’. Los chicos de Pereza y Burning aúnan creatividad y se enfrascan con chulería de barrio y sonido stoniano en ese tema de principios fundacionales que es ‘No voy más lejos’, ralentizado en esta relectura. Edith Salazar roza lo sublime con ‘La nana’. Esta mujer posee una voz prodigiosa para crear una potente atmósfera emocional de un tema que ya de por sí te toca la fibra, más aún al recordar que esta canción la cantaba el tristemente fallecido Chiqui Mariscal. La Shica hace bueno el título de ‘Sorprendente’ para orillar ese tema hacia sonidos electrónicos y evocadora dulcificación chill out. Marcela Ferrari convierte en tango ‘Mientras tanto’, una de mis temas favoritos cuya revisión le quita chispa y gracia. Dwomo se regodea en la excentricidad con ‘Cucarachas’. Raúl Rodríguez muestra su virtuosismo de la guitarra clásica en ‘Se acabó’. El Bardo le da una cadencia movidita a la originalmente apaciguada ‘Insisto’.

Celtas Cortos envuelven de melancolía y flautas la originariamente retadora y macarrilla ‘La noche de que te hablé’. También aportan flautas Mago de Oz en el temazo ‘Qué desilusión’. La voz de los sin nadie cumplen correctamente con ‘Lo que acabas de elegir’. Los noveles Más Madera abrevian ‘Castigo’ y lo estandarizan con rabia. Salida Nula muta en ska la probablemente canción más propicia para ello, ‘Apágalas’. También han sido convocados dos grupos cuya vida consiste precisamente en versionar temas de Leño. Ahí están La Leñera con ‘No lo entiendo’, y Maneras de Vivir con ‘Corre, corre’. Los dos combos releen con corrección y fiereza el repertorio de sus ídolos. Boikot (‘No se vende el rock&roll’), Mojinos Escozíos (‘Qué tire la toalla’, con una bufonada sin gracia al incluir una alocución de Lopera) y Porretas (‘Sí señor, sí señor’) descorchan versiones previsibles pero entusiastas.

Este doble disco de presentación hermosa y muy cuidada se acompaña de un DVD muy completo que testimonia ampliamente las sesiones de grabación de las bandas participantes. Se echa en falta un documental ilustrado que ubique a Leño en su contexto histórico, que fotografíe los contornos exactos del rock en aquellos años, que explique por qué fueron tan grandes y por qué dieron a luz un legado con rasgos tan definitorios. Somos hijos de nuestro tiempo más que de nuestros padres, y un reportaje que diera fe del tiempo que le tocó vivir a Leño hubiese sido la guinda de este hermoso pastel. Todo lo demás es inobjetable. El homenajeado se merecía algo así. Larga vida a Leño.

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