La rumba y la marcha (1978), de Chango

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DISCOS DESCATALOGADOS

«Se ha recuperado en los últimos tiempos el repertorio de Chacho, de El Noi, pero de Chango nadie se acuerda»

Fue, quizá, el último disco de rumba catalana clásica antes de que irrumpiese Gato Pérez. César Prieto nos lleva hasta el barrio de Gràcia barcelonés, a finales de los setenta, para rescatar la obra de Agustín Abellán, Chango.


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Chango
La rumba y la marcha
CBS, 1978


Texto: César Prieto.


Déjenme que les cuente una historia. Sucedió en Barcelona, en el barrio de Gràcia, en esas calles que acogen a una de las comunidades gitanas de la ciudad. Hay dos más: una en el barrio de Hostafrancs, cerca de la Plaza de España, y otra en la calle de la Cera, donde la leyenda cuenta que se inventó la rumba catalana. Pero en Gràcia también acudía la música a la calle, no en vano el Pescadilla era de allí, había dejado impronta y su familia seguía cogiendo guitarras. Y las llevaba al bar Petxina. Desde las calles de un pequeño pueblo dentro del barrio —Tordera, Perill, Fraternitat— se llegaban al local que regentaba Joan Valentí, también gitano, y ahí se les llegaba la noche y la madrugada, ventilando, trayendo a los casi niños a sentarse a aprender. Están de fiesta en una época en que la casa era la calle.

Pongamos que sucede en 1977. También había alguien aprendiendo. Sentado en la barra, totalmente desconectado del ambiente pero no de la música, un tipo que se pide whiskies, que aparece un día sí y otro también. Desconocido pero aceptado, tampoco molesta. Lleva unas lentes modestas que a veces desliza nariz arriba y observa con mirada boscosa de ave rapaz, de asombro. Mira a los gitanos. Atiende por Xavier Patricio Pérez y tiene un grupo que se llama Secta Sònica, que hasta entonces tenía su feudo por la zona de Zeleste y del Borne.

De aquellas, el alma del bar Petxina era un gitano que se llamaba Agustín Abellán, “Chango”. Había publicado algún single cambiando de compañía continuamente, pero aún no tenía elepé. Pululaban por allí otros fiesteros y sobre todo unos adolescentes que eran casi los únicos que hablaban con el solitario Xavier y que lo acogieron como hermano mayor, se llamaban Ricard Batista, “Tarragona”, y Manolo González, “Patata”, sobrino del Pescadilla. Estos dos últimos también estaban atentos a la música que estaba introduciendo en el barrio un pianista cubano: Mayito Fernández.

Este era el ambiente en esa plaza de Gracia durante esos años. De la carrera de Gato Pérez poco se puede decir ya (la abordamos en profundidad en el número 15 de Cuadernos Efe Eme), de la de su mentor Chango nada se sabe, pero aparte de esos singles que había grabado hasta el momento, editó en esos años —1978, precisemos— un elepé que produjo para CBS José Luis de Carlos, quien había llevado al éxito a Las Grecas o Manzanita. Es seguramente el último disco de la etapa clásica de la rumba catalana, antes de que el solitario bebedor del Petxina lo cambiase todo con el nombre de Gato Pérez, pero también se veían en Chango algunos dejes que la cambiaban y la llevaban hasta la actualidad.

Recibió el coyuntural título de La rumba y la marcha. Se ha estado recuperando en los últimos tiempos el repertorio de Chacho, de El Noi, hasta Maruja Garrido ha destilado nuevas grabaciones; pero de Chango nadie se acuerda. Su muerte, el 17 de marzo del año pasado en Mallorca, apenas recibió cobertura. ¿Qué hacía en Mallorca?, pensarán ustedes. Esto vendrá después. Primero vamos sobre el disco. Llevaba Chango varios singles en diferentes compañías, pero CBS intenta llevar una carrera afín a la rumba catalana. Lo había hecho con la madrileña teniendo a Las Grecas o Los Chorbos como buques insignias, y el productor, José Luis de Carlos, fue el punto de contacto. Así que definen un single que tiene la promoción adecuada, hasta en “Aplauso” y otras cuñas televisivas: “Al que le pique”. Una muestra de esa rumba de sector humorístico, apoyada por unos extraños arreglos que sueldan en el estribillo órganos setenteros con flautas. El productor, que venía de otro tiempo, quizás no entendió que en tiempos del punk la rumba tenía que ser pura o había de buscar caminos más contemporáneos.



Misterios en los arreglos, que seguramente se explicarían por la presión de la compañía en conseguir que el single más claro se acompañase de circunloquios aparentemente comerciales, porque en otros cortes del disco la sencillez revela la rumba catalana más auténtica, quizá las últimas salidas de esta a la calle antes de que ética y estética cambiasen. “Adivínalo”, por ejemplo, la más sencilla en arreglos, conserva toda la esencia de un género inventado desde lo básico y “Son son”, con la presencia de piano y bongos, aún puede resultar un clásico.


Pero es que este disco abre nuevos caminos. Por un lado, eléctricos. Veamos “A la mangueli”, una versión de un tema que cantaba con desgarro Dolores Vargas, «la Terremoto». Chango usa para ella teclados atmosféricos, flautas árabes, bongós a destajo y una guitarra eléctrica al final que intenta explorar nuevos senderos. Unos senderos que se descuelgan en “Tómalo” con estructuras salseras que se acrecientan en una versión que hicieron Chipén con el joven “Tarragona”.  Todo se agranda con “Siempre alegre”, esta ya salsa total. Recordemos el estado de la cuestión, “Tarragona” y “Patata” acompañan a Chango, pasan tiempo en el Petxina, o en el Resolis, al otro lado de la calle. Y mientras, estaban en otro grupo de componentes latinos, la mancha se iba extendiendo por Gràcia. Mayito Fernández tiene mucho que ver, cuenta con esos chavalitos jóvenes para su combo Salsa Gitana. La música cubana parece haber tomado las calles de Barcelona con un aliado interior: la rumba catalana. No en vano esta última venía de Pérez Prado y aquí vuelve a las andadas, a su origen caribeño. Y esto fue todo, ni más ni menos.


 

Después de este elepé no hubo más, acaba la primera etapa de la rumba catalana con la semilla de la que florecerá la segunda. Esa persona que se acodaba en la barra del Petxina era Gato Pérez, que la revolucionó y sobre todo creó nuevos cauces y abrió un agujero por el que fue colándose toda la nueva generación. Chango fue su mentor, su maestro, e incluso lo llevó a bodas gitanas, cosa realmente difícil. Pero de Chango nunca más se supo. CBS no quiso explorar este camino y nadie ha reeditado el elepé que supuso la bisagra entre dos épocas de nuestra rumba. Una vergüenza, aunque solo sea por su valor histórico.

Bien, es en parte una falsedad todo esto. Chango editó algún elepé posterior: como pastor de la Iglesia de Filadelfia —igual que su hermano Sisquetó, otra buena pieza del género del que solo tenemos una casete de los 70— grabó algunas canciones que se incluyen en cedés para consumo interno de los fieles. Vivió en Mallorca hasta su muerte y, si rebuscan por Youtube, hay alguna actuación de estos gitanos en sus templos. Pero el público general no acudía allí, por supuesto. Y quienes fueran los adalides de la Barcelona rumbera dejaron el testigo del género en manos de un argentino.     

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