IV, de Los Estanques

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DISCOS

«Pop progresivo psicodélico, dicen, pero ¡que nadie se mueva de la silla!, aquí hay mucho más que una limitada categoría musical»

 

Los Estanques
IV
INVOPHONIC RECORDS, 2020

 

Texto: LUIS LAPUENTE.

 

¡Los Estanques crean adicción! Hay nuevo disco suyo en la calle y ya se encienden las alarmas de los melómanos. Sí, es aquel maldito disco que les robaron en febrero de 2019 cuando cargaban su furgoneta y, en un descuido, un miserable amigo de lo ajeno se apropió del ordenador, la copia de seguridad y el disco duro de Íñigo Bregel, el líder del grupo cántabro, donde atesoraba sus últimas grabaciones y horas y horas de trabajo personal y colectivo. Por fortuna, tras el impacto en la mandíbula y la desolación inicial, los músicos se pusieron manos a la obra, tiraron de memoria y poco a poco reconstruyeron el espíritu y la letra de lo que había desaparecido: emergió el espíritu destajista de una banda que, poco a poco, se sitúa como la más interesante y productiva del panorama musical español del último lustro, una banda que podríamos relacionar con nombres ilustres de nuestra historia (Los Canarios, Los Pekenikes, Los Pasos, Módulos, y Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, entre otros) sin hacerles justicia: ellos mismos son el molde donde podrán mirarse ya otros artistas nacionales e internacionales.

 

 

“No hay vuelta atrás”, empiezan cantando en el formidable primer corte de su nuevo álbum, el cuarto, titulado IV, como si fuera uno de aquella famosa serie de los legendarios Chicago, pero con un punto añadido de humor que los aleja permanentemente de la impostura o las pretensiones de músicos serios. Lo son, sin embargo, en el mejor sentido de la palabra, músicos que se toman en serio su oficio y lo demuestran en canciones cercanas a la perfección, inspiradas, bien armadas, envueltas en arreglos impecables, interpretadas en español, canciones que esta vez incluso apuntan historias cercanas, hermosos retratos de personajes de su barrio madrileño, como si fueran los Kinks de Muswell hillbillies (“Juan el Largo”, “La aguja”) o de los dos Preservation (“Mr. Clack”, “Emilio el Busagre”).

No sé si Los Estanques tendrán a la banda de Ray Davies en su santoral, pero sí cuentan con buenos amigos españoles que la tienen (y dos de los grandes, Germán Salto y Malcolm Scarpa, de quien Íñigo Bregel afirma, cargado de razón, que «es el gran genio incomprendido de España») y en las canciones de su cuarto álbum se percibe ese gusto por lo costumbrista que caracteriza lo mejor del legado de la banda londinense, bosquejos pintureros, como diría Juan de Pablos, disfrazados de guitarrazos a lo King Crimson y de armonías vocales y teclados sofisticados en la estela de Steve Winwood y de los primeros Pink Floyd. Pop progresivo psicodélico, dicen, pero ¡que nadie se mueva de la silla!, aquí hay mucho más que una limitada categoría musical.

 

 

Los Estanques no se andan por las ramas ni se parapetan detrás de intrincados delirios instrumentales: Íñigo y sus cuatro compinches tienen la rara habilidad de pespuntear sus historias en extraordinarias miniaturas que apenas llegan a los tres minutos, una hazaña solo al alcance de los genuinos grandes músicos que conocen los secretos del pop y saben cómo inventarlo en cada canción. Aquí no sobra ni falta nada, y apenas hemos citado algunos títulos de este álbum deslumbrante, clausurado con dos piezas de orfebrería, la tintineante “Rosario” y la catedralicia “Reunión”. Asombra la paleta exquisita, variada y fecunda de la banda cántabra, que ya tiene grabada una quinta entrega y amenaza con ponerse a trabajar enseguida en la sexta. No seré yo quien lamente tamaño derroche de talento: ¡benditos sean Los Estanques, bienvenida su pasmosa promiscuidad musical!

Anterior crítica de discos: Disco volador, de The Orielles.

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