I trawl the megahertz (reedición), de Prefab Sprout

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DISCOS

«Nueve cortes que no son ni pop de cámara ni música clásica, sino algo –afortunadamente– más indefinible e intemporal, profundamente emotivo»

 

 

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Prefab Sprout
I trawl the megahertz (reedición)
SONY, 2019

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

 

A Paddy McAloon le resulta más fácil reeditar antiguos álbumes o desenterrar proyectos prácticamente acabados (pero no desvelados) que ponerse a la faena de grabar alguna de las treinta o cuarenta colecciones de canciones que ya tiene escritas. Se espera que en la recta final del año entregue por fin un nuevo trabajo, Femmes mythologiques. Pero de momento, esto no es más que la puesta al día (en vinilo y cedé), con una carátula mucho más afortunada que la original, de aquel disco que editó a su nombre en el ya lejano 2003. Dada su singular naturaleza, ajena –no en su deslumbrante belleza, sí en el formato y la hechura de sus canciones– a las coordenadas que siempre habían guiado a sus Prefab Sprout, no tuvo entonces el coraje de facturarlo bajo su enseña grupal. Temía que fuera incomprendido. El paso del tiempo, que todo lo relativiza, y la escasez de la tirada original (que había disparado su precio en internet) le han llevado a despacharlo de nuevo con todos los honores, como un opus más de su imponente discografía.

Y es una suerte, aunque solo sea por aquello de que esta vez no pase tan inadvertido: al fin y al cabo se trata de un delicioso –e irrepetible– trabajo eminentemente instrumental (salvo por los 22 minutos del corte de apertura, regidos por la voz de la actriz Yvonne Connors, y por los tres y medio de “Sleeping rough”, con McAloon al mando) en el que el de Durham se liberó de su habitual forma de escribir, parcheando un relato tejido con los emotivos testimonios radiofónicos de personas anónimas que telefoneaban para desahogar sus penas en espacios nocturnos. Acuciado por los problemas visuales que arrastraba por el desprendimiento de su retina y con la capacidad de lectura muy mermada durante una buena temporada, se sometió con gusto a horas y horas de exposición al dial radiofónico, se puso en la piel de otros y tradujo todo eso (con profusión de arreglos de cuerda y viento) a unas partituras inspiradas en Ravel o Debussy, que el compositor David McGuiness supo concretar en nueve cortes que no son ni pop de cámara ni música clásica, sino algo –afortunadamente– más indefinible e intemporal, profundamente emotivo. Una gema que trasciende su condición de mero apéndice, a la que por fin se le trata de usted. Como se merece.

 

Anterior crítica de discos: Habitación 828, de Said Muti.

 

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