Fotopress: Fernando Neira

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«Escuchaba ‘Ciclos’, de Vicente Cagiao, todas las tardes con lápiz y libreta, anotando nombres fechas y traducciones. Cuando lo conocí en persona y le rememoré programas, anécdotas y otros detalles muy concretos creo que me tomó por un psicópata»

Su firma es habitual en el diario «El País» (y sus diferentes suplementos) desde 1995, pero la incisiva pluma de Fernando Neira se ha dejado caer por medios especializados como «Rolling Stone» y EFE EME. Últimamente también se le puede leer en el «Dominical» de «El Periódico de Cataluña» y en «Pleamar», suplemento cultural de «Canarias 7». Junto a Tito Lesende coordinó el básico «201 discos para engancharse al pop-rock español» y se atrevió a producir el disco «Mano que mece la luna», sobre canciones de cuna. Experto en rock y pop, hace como que no pero es uno de los mayores conocedores del folk hispano.


Fecha y lugar de nacimiento.
En Madrid, a principios de los 70. Aunque toda mi familia proviene de Guitiriz (Lugo), así que me siento tan de allí como de acá. O incluso un poco más de allí, aunque sólo sea por chinchar a los autores de esos sesudos informes socioeconómicos en los que Lugo siempre aparece entre las provincias más deprimidas del país. Qué sabrán ellos.

¿Qué música sonaba en tu casa cuando eras niño?
Poca, porque tampoco había demasiados recursos. Mi hermano me regaló la primera casete de Boston cuando cumplí cinco o seis años. Y luego, el primer «Grandes éxitos» de Chicago y «Masque», de Kansas. Por aquel entonces debí pensar que todos los grupos de rock tenían nombres de ciudades. Luego llegó «A new world record», de la ELO, y ya se me amplió el horizonte…

¿Cuál fue el primer disco que compraste?
Intuyo que “Crises”, de Mike Oldfield. Recuerdo que salió a principios de verano y estuve ahorrando hasta septiembre para hacerme con él.

¿Y el último?
«The age of Adz», de Sufjan Stevens. «Trouble», el primero de Ray Lamontagne, porque lo había extraviado y constituía una ausencia intolerable. «Constant companion», de Doug Paisley. Aproveché el concierto (maravillosísimo) de The Swell Season para completar mi discografía de The Frames. Ah, y un par de cajitas: «Pirate radio», de The Pretenders, y «Rainbow’s end», de Camel. Mi afición por estas antologías de cuatro o cinco discos es casi patológica. Y algunas patologías salen por un ojo de la cara, la verdad…

Selecciona tres discos internacionales esenciales de tu colección.
¿Tres? ¿Sólo? ¡Uf! «Moondance», de Van Morrison. «Five leaves left», de Nick Drake. «Blue», de Joni Mitchell.

Selecciona tres discos nacionales esenciales de esa misma colección.
«Señora azul», de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. «Baile de libélulas», de La Bruja Gata. «Somos poco prácticos», de Señor Mostaza. Vaya mezcla rara, ahora que me doy cuenta. Y eso que me quedo con las ganas de meter a Berrogüetto, la verdad.

Un disco doble al que no le sobra nada.
«Blonde on blonde», de Dylan, aunque la elección sea obvia. Y «Field music (Measure)», de Field Music, por decir algo más recientito. Curiosamente, ninguno de los dos son dobles en sus ediciones en CD, pero sí en concepción.

Un grupo o cantante a quien rescatarías del olvido.
Stealer’s Wheel (y el primer disco de Joe Egan en solitario). Electric Light Orchestra. Dan Fogelberg (salvo cuando se ponía orquestal y almibarado). Judee Sill. Terry Reid. Moby Grape. Gentle Giant. Y, por supuesto, The Left Banke. ‘Walk away Renée’ me sigue poniendo los pelos como escarpias.

¿Cuál fue el primer concierto al que asististe?
Supongo que los de la Feira e Festa da Música e da Arte, que se celebra ininterrumpidamente en Pardiñas, mi aldea de Guitiriz, desde 1978. Llevamos más ediciones que Ortigueira, conste. Y allí descubrí de muy, muy chico a Milladoiro, Doa y toda esta gente. Y algo más mayor, el ‘Fai un sol de carallo’ de Os Resentidos. La transgresión inteligente siempre me “puso” mucho.

¿Y el mejor concierto que has visto?
Van Morrison en La Riviera, febrero de 1997. Sencillamente glorioso, incluso a pesar de que a nuestro querido cascarrabias se le cruzó el cable en los bises y se marchó, iracundo, del escenario sin despedirse. Disfruté mucho de Genesis en el Calderón, en 1987, aunque supongo que esa elección está sesgada por motivos más sentimentales que estrictamente musicales. Coldplay en el Palacio de Deportes, septiembre de 2008: dos horas más tarde aún había gente coreando el Ouooo uooo de ‘Viva la vida ‘(¡temazo!). Jónsi y Muse, este agosto pasado en el Monte do Gozo compostelano. Elvis Costello en Barcelona, enero de 2005: fue excepcional y siempre es un plus compartir conciertos con mi amigo Tito Lesende.

Elige y razona tu elección:

Serrat/Aute.
Uf, difícil. Digamos que Serrat, aunque sólo sea porque sigo llorando casi cada vez que vuelvo a escuchar ‘Qué va a ser de ti’ o ‘De cartón piedra’. Pero Aute es muy grande, también, y puede que su discografía sea más regular.

Sabina/Calamaro.
No me creo a ninguno de los dos. Ni a los personajes que se han erigido. Sus egos han terminado estrangulándoles el talento.

Nacha Pop/Los Planetas.
Nacha Pop, claro. Un respeto para don Antonio, oiga (aunque su primo también firmó algunas cosas interesantes por entonces). Nunca he acabado de comprender por qué la gente, alguna gente, se pone tan pesada con Los Planetas.

Nacho Vegas/Quique González.
Quique González, sin duda, a pesar de que empieza a abusar del cliché de me-ha-vuelto-a-dejar-mi-chica-y-pasaré-toda-la-noche-acodado-en-la-barra-de-este-bar.

La Mala/La Bien Querida.
Ninguna. Me interesan muy, pero que muy poquito.

Jacques Brel/Serge Gainsbourg.
Gainsbourg. Pero he trabajado poco la francofonía, la verdad.

Frank Sinatra/Elvis Presley.
Qué perversidad de cuestionario: o ninguno o los dos. Puestos a escoger, Elvis, por todo lo que vino después. Pero Frank es mucho Frank, menudo secreto. Siempre me viene a la memoria el día de su muerte, que me pilló en la redacción de «El País» con mi amigo Antonio Jiménez Barca, un tipo inmenso que hoy es corresponsal en París. Éramos un par de monicacos y no conseguimos que en portada pusieran el titular que a nosotros nos gustaba: “El mundo se queda sin La Voz”. Pero Antonio al menos se resarció hablando de Sinatra en su primera novela, “Deudas pendientes”.

Marvin Gaye/Bruce Springsteen.
¡Maldición, los dos! Bueno, venga, Marvin Gaye, porque era pura voluptuosidad y cantaba como Dios (aunque siempre me pareció ridículo eso de que se cambiara el apellido original, Gay, por aquello de parecer más machito). Pero Springsteen fue también enorme desde “The wild, the innocent…” hasta “The river”. Y siempre le agradeceré su maravilloso proyecto en torno a Pete Seeger. Cómo sonaba aquella banda, madre mía.

Tom Waits/Lou Reed.
Tom Waits, aunque sólo fuera por su “Closing time” (entero), por ‘Tom Traubert’s blues’ o por ‘Innocent when you dream’. Son canciones de belleza desarmante.

Michael Jackson/Prince.
¡Prince! En los 80 era extremadamente bueno, brillante, prolífico, exuberante, brutal. Luego se le fue la pinza, como todos sabemos, pero incluso en discos tan deslabazados como “Emancipation” o “Chaos and disorder” se pueden encontrar cosas muy aprovechables. A Michael también se le fue la pinza, evidentemente, pero su producción hasta entonces es menos abundante y deslumbrante.

The Rolling Stones/The Velvet Underground.
Hombre, los Stones son los Stones. Y han seguido haciendo discos razonablemente decentes después de casi medio siglo en el negocio. La conexión Reed/Cale fue espectacular, pero fugaz. En cambio, los Rolling tienen una media docena de discos ineludibles.

Bob Dylan/John Lennon.
Dylan. Con todo el dolor de mi corazón por Lennon, claro, pero es que estas disyuntivas son envenenadas. Lennon escribió ‘Nowhere man’ e ‘In my life’, dos temas que deberían enseñarse en las escuelas. Pero reconozcamos, aunque le sigamos echando muchísimo de menos, que su trayectoria en solitario fue bastante mejorable. ¿No?

Neil Young/Elvis Costello.
¡Costello! No, bueno: Young. Vale: los dos. Pero Costello me parece más deslumbrante como compositor. Y si se junta con McCartney o Burt Bacharach, ya no te digo nada… Young es inmenso, pero también acumula más álbumes mediocres a sus espaldas. ¿Alguien ha escuchado más de dos veces «Are you passionate» o «Trans», el disquito aquel con el vocoder? ¡Uf, qué pereza!

Youssou N’Dour/Fela Kuti.
N’Dour. Es más chisporroteante, directo, irresistible y, sobre todo, versátil. El rollo reiterativo y trance del afrobeat te tiene que pillar en el momento y lugar adecuados.

¿Por qué decidiste dedicarte a la crítica musical?
Yo decidí dedicarme al periodismo porque me chiflaba escribir y porque, además, en el Conservatorio sólo aprobaba por los pelos. Y poder escribir sobre música, que me parece el mejor invento del ser humano, suponía la cuadratura del círculo.

¿Quién fue tu maestro periodístico?
Vicente Cagiao. Escuchaba “Ciclos” todas las tardes con lápiz y libreta, anotando nombres (como Dios me daba a entender), fechas y traducciones: ese hombre me enseñó más inglés que ninguna academia. No le conocí en persona hasta hace cinco o seis años, y cuando le rememoré programas, anécdotas y otros detalles muy concretos creo que me tomó por un psicópata. Pero le estaré siempre muy agradecido.

Un equipo de fútbol.
Tan culé como Gerard Piqué, aproximadamente.

Un político.
Uhm, creo que ésta es contraproducente…

Una ciudad para vivir.
He terminado habituándome a Madrid, aunque siga inmerso en la dinámica amor-odio. Soy contradictorio para casi todo. Supongo que me encantaría probar suerte en Buenos Aires.

El disco que detestas y que despierta alabanzas entre tus compañeros.
Hombre, detestar no detesto casi nada (al menos en términos musicales). Me cuesta muchísimo creer que el mejor disco de 2009, por ejemplo, fue el de Animal Collective.

¿Vinilo, CD o mp3?
Con el CD me he apañado siempre muy bien, aunque ahora se considere un sinónimo de la decadencia. El vinilo tiene todo el valor fetichista del mundo, y como tal sigo picoteando irremisiblemente en la tiendas de segunda mano. Y el mp3 es un apaño precario, pero he escuchado cientos de horas de música en el metro gracias a esos cacharritos (sí, tengo un par de iPods, lo confieso). Y mejor eso que nada.

La película que nunca te cansas de volver a ver.
«Primera plana», de Billy Wilder.

El libro que nunca te cansas de releer.
«Alta fidelidad», de Nick Hornby.

Una serie de televisión.
Apenas enciendo la tele, dicho sin ningún ánimo de presumir, pero «Los Roper». Y no sólo por su valor intrínseco (sería largo de explicar). Ah, y la primera temporada de «Twin peaks»: porque era buenísima y porque la comentaba con mi amigo Antonio Naranjo, uno de los mejores periodistas de este país. Tranquilos, no se dedica a la crítica musical.

Si estuviera en tus manos elegir la música que suena en los supermercados, ¿qué discos seleccionarías?
Confieso que suelo ser yo quien hace la compra en el súper y que tiro de iPod para evitar las agresiones del hilo musical. Cuando no llevo los cascos puestos escucho la música ambiental, inevitablemente; imposible obviarla. Y suele ser una pachanga horrible. Yo pondría un canal de cantautores de primeros de los años 70, pero supongo que el gerente de la cadena de supermercados no lo consideraría una buena idea…


Anterior entrega de Fotopress: Ángel Carmona.

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