El oro y el fango: Los discos hay que tocarlos en directo

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«El artista asume que se le ha contratado para animar un festejo y a ello que se dedica, echando mano de glorias del pasado a la búsqueda del karaoke colectivo y de que el personal se meta en el coleto, junto a dosis masivas de cerveza, aquellas canciones que conoce y puede corear»

 

En las giras que sirven para presentar un nuevo disco, éste debería ser interpretado íntegramente, pero, lo que tendría que ser lógico, durante años dejó de serlo.

 

Una sección de JUAN PUCHADES.
Ilustración: BORJA CUÉLLAR.

 

Si uno organiza una gira para presentar su nuevo disco, debería ser obligatorio que tocara o bien todos los temas de ese trabajo o, por lo menos, el grueso de ellos. Pero en este país hemos ido perdiendo la perspectiva y lo que tendría que ser obvio y natural, ha degenerado en rareza. Y me temo que una vez más (regresamos a ello) la culpa la ha tenido el concierto de fiesta mayor (gratuito o no), ese en el que el artista asume que se le ha contratado para animar un festejo y a ello que se dedica, echando mano de glorias del pasado a la búsqueda del karaoke colectivo y de que el personal se meta en el coleto, junto a dosis masivas de cerveza, aquellas canciones que conoce y puede corear o celebrar con alegría etílica junto a los colegas. Entrañable y efectivo, desde luego, pero poco creativo, nada serio y cero riguroso por parte del que sube al escenario. Consecuencia, no hay duda, del singular modelo de contratación que ha dominado el pop y el rock español durante las últimas décadas: «me pagan por ser la orquesta que toca mis propios éxitos, y a ello me ciño, y no importa nada que tenga un disco nuevo en la calle, que la gente no lo conoce y no va a reaccionar bien a esas nuevas canciones. Y así otro año no me contratarán». De ese modo, discos y más discos, nunca han sido interpretados en directo, con suerte solo el single de turno ha caído entre los temas del pasado. Pero lo peor es que muchos antaño jóvenes insurrectos en la década de los ochenta acabaron recurriendo a los mismos modos que criticaban en los artistas a los que en su día sacaron de la escena y tildaron de dinosaurios. Lo cual confirma que todos somos humanos, que no hay nada inventado y que el negocio es el negocio.

De entre los conciertos a los que he asistido en los últimos meses, traigo como ejemplo de buen hacer dos que se han salido del esquema fijado pues, ¡sorpresa!, los protagonistas interpretaron íntegramente sus nuevos álbumes. Conciertos de dos artistas con similitudes pero que, a la vez, muestran sus enormes diferencias.

Uno, hace ya bastantes semanas, fue de Mikel Erentxun, tocando en una pequeña sala y ante dos centenares de espectadores. Erentxun, conoció el éxito masivo desde joven, al frente de Duncan Dhu, y su errática carrera en solitario le ha deparado un poco de todo, mejores y peores momentos de arte y popularidad, pero, durante décadas, ha sido uno de esos músicos que frecuentaban el concierto de fiesta mayor y, por tanto, recurría a los éxitos del pasado. Sin embargo, en los conciertos de presentación del certero «24 golpes» optó por tocarlo entero, intercalando algunos temas de su carrera en solitario (sin ninguna concesión a Duncan Dhu, ¡bien por él!) y acompañado de un grupo básico (bajo, guitarra, batería y él mismo en la voz y guitarra). De alguna manera, Mikel está intentando reconstruir (o rehabilitar) su carrera, y para ello ha decidido hacer buena letra, tocar en pequeños clubes y acercarse a sus seguidores de base, a los más entregados, a los que están dispuestos a pagar una entrada; que parecen no ser muchos: no deja de resultar llamativo que en una ciudad de un millón de habitantes, y tras tantos años de trayectoria, solo convoque a doscientas personas. Pero ahí estuvo, bregando con entusiasmo, tratando de empezar de nuevo desde abajo. Y eso le honra.

El segundo concierto tuvo lugar el sábado pasado, en la misma ciudad, pero protagonizado por Amaral y tocando para unos cuatro mil espectadores. Salieron a por todas, con una formación exactamente igual que la de Erentxun (guitarra, bajo, batería y las guitarras de Juan Aguirre más la suma de la acústica de Eva Amaral en gran parte del repertorio. Sin teclados: Juan pespunteaba algunas notas de tanto en tanto), buscando un sonido de rock básico (por momentos rudo) y tocando en su integridad los doce temas de su nuevo disco, el denso e intenso «Hacia lo salvaje», dejando caer, por supuesto, algunas canciones de obras anteriores, pero incluso estas eran recreadas en tomas no exactamente iguales a las que conocemos (‘Sin ti no soy nada’, en una lectura desacelerada sería el ejemplo más evidente; o ‘Revolución’, fundida con el ‘Heroes’ de Bowie según la adaptación de Parálisis Permanente y que gran parte del público no conocía). Amaral lo habría tenido muy fácil para complacer al grueso de la hinchada echando mano en exclusiva de sus hits para que todos volvieran a casa con una sonrisa de lado a lado después de haber jugado al coro colectivo, al levanto el brazo, al te aplaudo con ganas porque me das lo que quiero y al cómo molan los conciertos en noches de verano. Pero no, han decidido arriesgar, asumir que están presentando el nuevo álbum (así lo reflejaba la cartelería e incluso las entradas) e ir a por ello, en la confianza de que sus seguidores lo habrán escuchado, aunque ahora, metidos en la independencia discográfica, sus temas ya no suenen en las radiofórmulas. Hacen bien, pues de eso se trata, de ofrecer tu show más allá de cualquier otra consideración. Y ganaron la partida: el respetable lo entendió y disfrutó.

Erentxun y Amaral pertenecen a generaciones distintas, los éxitos de uno quedan lejos y los de los otros caen más cerca, lo cual puede hacernos entender las diferentes audiencias que son capaces de congregar en estos momentos, pero no hay que perder de vista que Amaral, con rapidez y en los días de bonanza, abandonó los conciertos de plaza mayor y decidió organizar sus propias giras, haciendo que su público, si quería verlos, pagara por ello. Se la jugaban, pero así es como debe ser, pues solo de ese modo convocas a tus seguidores naturales, evitando esa visión distorsionada que provoca el espectáculo gratuito. Durante años, y de tanto en tanto, escuché a algunos músicos comentar ufanos aquello de «este verano tengo cincuenta bolos» o «la semana pasada metí en ‘Villaenmedio’ a veinte mil personas». Y era cierto, pero esos cincuenta conciertos, en la mayoría de ocasiones, no se correspondían al nivel de popularidad en ese instante, sino que eran fruto de las rentas pasadas, del tirón que todavía mantenía tu nombre y las veinte mil personas un espejismo: lo mismo podían acudir a verte a ti que a Hombres G o El Consorcio, asistían porque era gratis, porque querían escuchar los viejos éxitos (canciones de las que muchos, muy probablemente, no conocían ni el título, solo el estribillo: reflejo de escuchas radiofónicas o en el hilo musical del supermercado) y porque la actuación formaba parte del programa de festejos, de la diversión, del entretenimiento. De ese modo, se abrió tremenda brecha entre la discografía y el directo: los discos eran para los seguidores más fieles, los directos para exprimir el limón a costa de los días de éxito. Las nuevas canciones rara vez entraban en los repertorios de los shows. A cambio de hacer caja, a tu público natural le ofrecías noche tras noche y año tras año, el mismo concierto, un baño de nostalgia con canciones mil veces oídas ajeno a tu realidad musical (la discográfica) y no dirigido, precisamente, a él. Discos y directos eran caminos paralelos que rara vez convergían.

Ahora, cuando la contratación pública casi no existe y la gente dispone de poco dinero para gastar en cultura (me niego a llamar ocio a la música), los directos deben atender a la nueva realidad, deben de considerar de nuevo al seguidor, al que conoce y aprecia tu obra, la vieja y la nueva, deben ofrecerse giras específicas y originales que permitan regresar el año próximo a la ciudad que ya se ha visitado este: así que si presentas un disco, interprétalo íntegro en esta gira, y la próxima, si no tienes álbum nuevo, invéntate otro argumento, pero no abuses de tu público, no lo tomes por idiota, trátalo como a un ser inteligente y ofrécele cosas distintas (aquí podríamos hablar de Santiago Auserón, que rueda los repertorios en vivo antes de grabarlos, con dos bemoles), no lo agotes. Trabaja para él pues, al fin, tu «negocio» depende de ello.

Por eso, y pese a la diferencia de recintos, la actitud de Mikel Erentxun y de Amaral me pareció valiente y honesta. Ese es uno de los caminos para volver a normalizar el directo en este país.

Anterior entrega de El oro y el fango: El extraño caso Extremoduro.

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