Diario(s) de artista, de Jesús Arias

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LIBROS

«Su imaginación desbordante y la anchura de su bagaje cultural lastraron su producción: Jesús nunca veía la obra acabada»

 

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Jesús Arias
Diario(s) de artista
LA MADRAZA / CIENGRAMOS, 2018

 

Texto: Eduardo Tébar.

 

La torrentera creativa de Jesús Arias (1963-2015) sigue siendo uno de los secretos mejor guardados de este país. Un arcano incluso en la que fue su ciudad, Granada. Con su banda de punk, TNT, publicó en 1983 un álbum de culto vía DRO, Manifiesto Guernika. A pesar de que el vocalista titular era José Antonio García, que se integró en 091, Jesús se vio obligado a cantar casi en su totalidad una colección de canciones extrañas por su amplitud de miras. En su imaginario, el punk casaba con la música clásica, Kubrick era compatible con Picasso, y Lorca convivía con los Sex Pistols. De su temprano carácter prolífico dieron fe sus hermanos, Ángel y Antonio, en el homenaje que tuvo lugar en el Museo Cuevas del Sacromonte en agosto de 2016. Allí definieron al mayor de la saga como «un hombre multidimensional».

De forma paradójica, su imaginación desbordante y la anchura de su bagaje cultural lastraron su producción: Jesús nunca veía la obra acabada. A menudo, sus compañeros se desesperaban. No ocurrió así entre 2011 y 2012, cuando logró una dinámica fructífera en el estudio casero de Ángel Doblas, fundador de TNT. Se reinventaron como Qüasar y trabajaron sobre nada menos que cuarenta temas. Borboteaban aún varias de sus viejas obsesiones: que si el “Réquiem” de Mozart a compás flamenco, que si un martinete con bidones de gasolina… Periodista de profesión –pasó la última década de su vida laboral en la sección de cultura de un periódico local–, Jesús solía retroalimentarse con Enrique Morente: «Saca el ajedrez, que vamos a tener ideas», se picaban ante la botella de whisky. «Jesús fue un temible cazador de astronautas charlatanes a los que ataba con la cuerda de un cuarteto», describe su hermano Ángel.

De Jesús Arias quedan unas pocas láminas para el recuerdo y algún sambenito. La imagen del guitarrista con gorra militar, híbrido de Joe Strummer y el Alex DeLarge de La naranja mecánica. Sus batallitas con el líder de los Clash y la legendaria instantánea juntos con la Alhambra al fondo. El anticantante que vomitaba hasta caer –literalmente– exhausto las “Coplas a la muerte de un colega” de Luis García Montero en el festival Zaidín Rock de 1990. También, el periodista cultural que se enfangaba en el relato sórdido de la represión franquista, con historias de maquis heroicos como los Quero. Y el triste final: depresivo, víctima de un ERE y desahuciado del mercado en plena madurez.

Este perfil, sin embargo, no hace justicia con la magnitud de su legado, definido por los editores de Diario(s) de artista como «la obra de un creador poliédrico y multidisciplinar». La Madraza, centro de cultura contemporánea de la Universidad de Granada, en colaboración con el laboratorio artístico TRN Ciengramos, reparan este vacío con un prolijo y cuidado volumen de 287 páginas que plasma el verdadero unto de los papeles, casi siempre abocetados a bolígrafo, de Jesús Arias. ¿Lo más deslumbrante? La salida a la luz del centenar de folios en los que pertrecha el proyecto de Omega con una lucidez prodigiosa. Mucho se ha escrito sobre el disco capital de Morente con Lagartija Nick. Y aquí están todas las claves. No solo descubrimos a un investigador avanzado de Lorca, sino a un catalizador inteligente que supo resolver la dicotomía entre fusión y fisión frente al entoldamiento del rock andaluz. Jesús dio con la tecla: un muro templado de guitarras eléctricas y superposición de sonidos. Y todo al servicio de un demoledor boscaje poético: el diálogo de los amantes muertos, la hierba como premonición del asesinato, la muerte anunciada por el perro asirio y los zapatos. Estremecen las conclusiones de su particular tesina lorquiana: “Niña ahogada en el pozo” trata la infertilidad del amor homosexual.

El segundo bloque de los diarios de Jesús Arias recoge los manuscritos de las dos grandes creaciones en las que se volcó. Por un lado, Mater lux, cantata sobre la mujer y el hecho de la maternidad que estrenó en 2015 con un coro, las voces de Soleá Morente y Juan Pinilla, y la percusión de Eric Jiménez. Los papeles revelan la felicidad del autor que al fin ve la obra materializada, el goce inenarrable de escuchar la interpretación en vivo, en el Crucero del Hospital Real, de aquello que reverberaba en su cabeza. De nuevo, abruman sus referencias. Compone en latín y transcribe ritmos como el tambor de la procesión del Silencio de Granada o compases de Stravinsky, al tiempo que emplea el eterno retorno de Nietzsche.

Y sigue dando vueltas a las audacias para Omega, como la nota de órgano sobre la que se alza el cante a la manera de Morente en la seguiriya “Mírame a los ojos”. En Los cielos cabizbajos, narración musical inspirada en episodios bélicos que dejó inacabada y que han retomado el pianista David Montañés y Lagartija Nick, vuelve a los gritos de niños de Guernika que resonaban con TNT. Memoria y frontera. Jesús aprecia similitudes entre el flamenco y el haiku y el tanka de Japón. Y por eso se saborean las pautas y confesiones de este dietario. Así como las acotaciones escénicas de Valle-Inclán tenían vuelo literario, los cuadernos de notas de Jesús Arias son piezas de periodismo cultural de alto calibre.

Anterior crítica de libros: La juguetería mágica, de Angela Carter.

 

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