Deep Purple: Hecho en Japón

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“Más que un tesoro del rock and roll, es un tesoro de la humanidad debido a la ampliación de ideas que supone”

 

La nueva reedición del mítico disco en directo “Made in Japan” nos lleva a reflexionar sobre qué sigue significando hoy día, su poder sobre el oyente y como registra una manera de tocar rock and roll perdida para siempre y resucitada ante una nueva versión de sonido cuidado y presentación de calidad.

 

Texto: JUANJO ORDÁS.

 

Hay un momento en la vida de todo joven amante del rock and roll en el que “Made in Japan” es el disco que hay que escuchar. Porque se trata de Deep Purple que es un nombre mítico, porque “Made in Japan” (1972) está grabado en una década tan excitante y auténtica como los setenta y por toda la leyenda que el álbum arrastra consigo desde el mismo día de su edición, hace ya cuarenta y dos años.

Luego, uno crece y las cosas cambian, aunque no del todo, precisamente gracias al poderío del que podemos denominar como el disco en directo por antonomasia. Uno podrá decidir si los Deep Purple que grabaron este álbum son los mejores posibles o si tal vez son superados por sus dos formaciones siguientes, si los setenta fueron una década tan alucinante o el paraíso perdido es una alucinación y si las leyendas sobre “Made in Japan” son ciertas. Sin embargo, nunca se cuestionará nadie si “Made in Japan” es tan buen disco como siempre se pensó. Porque lo es, y punto. Desde luego que no tiene nada que ver con lo que hoy día se considera un “live album”. Para empezar, su sonido es básico y real, cuando ahora abundan trabajos de estas características retocados hasta el mínimo detalle; para terminar, se trata de una obra que detalla cómo eran muchos de los conciertos de rock que las bandas más exuberantes efectuaban, con pocos temas por show que se alargaban bajo la batuta de la improvisación, más próxima al jazz que al rock tal y como lo disfrutamos hoy. Depende de la época, pero para muchos jóvenes nacidos un puñado de años después de la edición de “Made in Japan”, meterse en él implica aceptar unas normas que ya no se estilan y que son bastante estimulantes. No se trata de un grandes éxitos en directo, no es una colección y habrá momentos de improvisación indefinida. Pero ahí está la magia.

El disco fluye porque al grupo le daba igual que se estuviera grabando el concierto. Confiaban en ellos mismos como instrumentistas, pero un álbum en vivo no era ninguna prioridad. Sin embargo, hoy día el nombre de Deep Purple se asocia antes a “Made in Japan” que a obras de estudio fundamentales como “In rock” (1970), “Fireball” (1971) o “Machine head” (1972). Y lo cierto es que es tan importante como ellos. No es un disco accesorio, es la esencia de Deep Purple, es la esencia misma de una época en la que el rock and roll se escuchaba de una forma distinta. No se trataba solo de corear estribillos, sino de escuchar a los músicos en acción, dejándose llevar de una forma que se traducía en un espectáculo único y exclusivo que a la noche siguiente sería diferente. El de Deep Purple no era un show medido, como tampoco lo eran los de Led Zeppelin o The Doors. El rock and roll aún no se había sometido al formato pop de minutajes de canciones similares a las del álbum. Entonces el vinilo era el vinilo y el escenario era el escenario. Dos mundos muy separados que hacían del lanzamiento de un álbum en vivo algo especial. No es una crítica al presente ni al reseteo que se produjo según los setenta concluían. Son dos tipos de planteamientos con sus ventajas e inconvenientes, pero si “Made in Japan” va a sonar, hay que saber que se trata de un concepto del pasado que en la actualidad resulta emocionante.

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En su edición clásica, se trata de únicamente siete canciones más un par de bises en revisiones posteriores ahora aumentados para la de 2014 aunque repitiendo canciones. Pero esos siete temas producen en el cerebro la mágica combinación química que alimenta la imaginación, una herramienta de la que los propios Deep Purple se sirven para dar forma a este disco, una herramienta importante para que el oyente se una a ellos. No hay límites, estáis todos en el mismo barco hacia mares musicales de horizontes prehistóricos y modernos en los que el tiempo no significa nada.
“Made in Japan” es el disco que va de mano en mano en círculos de amigos, el álbum que tiene tu padre en la estantería junto a “The dark side of the moon”, ese artefacto que ha sido parte de tu vida desde siempre aunque no lo escucharas. Más que un tesoro del rock and roll, es un tesoro de la humanidad debido a la ampliación de ideas que supone.

El impulso juvenil lleva a hacer sonar directamente ‘Smoke on the water’, pero sin haberlo preparado Ritchie Blackmore parece dar un toque de atención cuando cambia las notas del su famoso riff inicial, jugando con ellas. Irónicamente, está dando instrucciones de escucha, está diciendo al impetuoso adolescente que lo que hay en el disco es mucho más que esa canción, que lo que “Made in Japan” contiene es un juego. Un juego sin normas, ¿pero a quién le importan las normas? No puedes ser tan joven y empezar por lo fácil. Hay que hacer caso a Blackmore, parar la canción y comenzar por el principio. Ahí está ‘Highway star’ como entrada a la madriguera de conejo a la velocidad de la luz. Para conseguir un efecto parecido tendrías que escuchar algún directo de Led Zeppelin, Grateful Dead u otros de las siguientes formaciones setenteras de Deep Purple, pero la alquimia sónica de “Made in Japan” es única, distinta a cualquier otra. No hay que entrar en comparaciones, se trata de una obra sin igual, ni mejor ni peor que otras grandes del rock.

Los momentos complejos llegan cuando ya se ha dado suficiente vaselina. La salvaje jam de ‘Space truckin’’ llega cuando ‘Highway star’, ‘Smoke on the water’ y ‘Child in time’ ya han desatado estribillos rumbo al cielo y duelos de teclados y guitarra absolutamente al límite. Era un gran momento para Deep Purple, cuando Blackmore introducía influencias de música clásica y los batía con blues e Ian Gillan cantaba lo que quería. Hoy día la banda es una leyenda desgastada cuyo nombre se arrastra aunque hayan conseguido seguir tocando para buenas cantidades de público, pero en 1972 eran un animal muy distinto, una bestia feroz e imaginativa, no lo olvidemos. Y cuesta desligar el pasado de lo que son hoy, pero “Made in Japan” lo consigue cada vez que lo haces sonar. Por su espontaneidad. En vivo eran pretenciosos, pero este, su trabajo más famoso, nació de la tranquilidad de no saber ni si el lanzamiento iba a quedarse únicamente en el propio Japón. Y fue un acierto que llegará al universo.

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