Cosecha 2009: Diez discos que cumplen diez años

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Fernando Ballesteros recupera una decena de trabajos que andan de aniversario. Una selección en la que figuran algunas de las mejores obras de Antony and the Johnsons, Sonic Youth o Manic Street Preachers.

 

Selección y texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Diez años pueden parecer apenas un suspiro o casi una eternidad, dependiendo de la etapa de la vida en la que te encuentres. Uno tiene el recuerdo de 1987 y le viene a la cabeza un adolescente que disfrutaba con, por ejemplo, el debut de los Guns N’ Roses y veía a los Sex Pistols como parte de un pasado glorioso pero remoto. Pues bien, habían pasado diez años. 

Ahora pensemos en 2009. Estos días me ha tocado mirar a ese pasado y, que curioso, parece que estoy hablando casi de actualidad musical. La sensación es que me ha tocado recopilar unos cuantos discos que vieron la luz anteayer. Pero no, ha pasado una década y, consideraciones aparte sobre lo relativo del tiempo, la ocasión parece propicia para echar un vistazo a la estantería y recuperar unos cuantos lanzamientos de aquel curso. El ejercicio ha servido, además, para refrescar la memoria y sacar la conclusión de que aquel fue un año bastante brillante. Disfrutemos. 

 

The Pains Of Being Pure At Heart: The Pains Of Being Pure At Heart

Estos cuatro neoyorquinos tenían muy claras sus referencias cuando se enfrentaron a su debut. Con ellas tejieron un disco sobresaliente. Deudores del sonido C86, encarnaron también algo del revival shoegaze al que hemos asistido en la última década. Y todo para expresar las emociones adolescentes de siempre, en canciones como «Everything with you», «Come saturday» o «Young adult friction». 

El juego de voces, masculina y femenina, le ponían el contrapunto pop y melódico a las guitarras afiladas y revoltosas y la vieja fórmula se presenta, una vez más y unos cuantos años después de la primera vez, como una pócima infalible. Con los años fueron variando las proporciones de los ingredientes de la receta y la calma fue ganando terreno. Lo que nunca han hecho, según muchos de sus fans, es mejorar el nivel de aquella soberbia puesta de largo. 

 

 

The Strange Boys: The Strange Boys and girls club

Editado con el sello de calidad y la garantía que te da la pertenencia a una escudería como «In the red», el primer disco de la banda de Austin era poco más de media hora de pura energía. El espíritu del sonido de los Nuggets, la crudeza garajera, el punk, incluso el country, encontraban su sitio en una obra de factura bastante más clásica que las de otros compañeros de casa discográfica.

El cantante y guitarrista al frente del combo, ese geniecillo llamado Ryan Sambol, marca la pauta. Su fraseo, por momentos Dylaniano, conquista. Escuchados sus dos siguientes discos, en los que abrieron la paleta de sonidos, la sensación es que nunca sonaron tan urgentes e inspirados como en esta fiesta de 16 trallazos, desde la inicial «Woe is you and me» hasta el cierre de «Death and all the rest». Un disco al que conviene volver cada cierto tiempo

 

 

Jay Reatard: Watch me fall

Resulta que los Strange Boys, a los que acabamos de dejar, grabaron su debut en una licorería abandonada, desechando las sesiones que habían registrado con Jay Reatard, y es inevitable preguntarse cómo habría sonado aquella unión. Nos quedamos con la duda, pero la pregunta nos sirve para recordar que el de Memphis también tenía que estar en esta lista. A estas alturas, su carrera era más que dilatada: no había cumplido los treinta, pero ya había dejado su huella en decenas y decenas de de referencias, desde The Reatards o los más densos Lost Sounds, las más sonadas, pasando por Terror Visions y mil aventuras. Ninguna de ellas, sin embargo, se acercó tanto a un éxito masivo como la que protagonizó en solitario. 

Sus dos recopilaciones de singles, más Blood visions y este Watch me fall, le fueron situando en el territorio de un pop furioso y muy, muy personal. La rabia de años atrás se disolvía en una fórmula efectiva que cabalgaba subida a riffs como el de «Wounded» o en melodías como la de «I´m watching you». Desde el pildorazo inicial de «Ain´t gonna save me», la sensación es que Jay había encontrado un camino que tendría que haber depurado en el futuro. Su muerte, apenas unos meses después, nos dejó sin más discos del, probablemente, miembro más brillante de su generación. 

 

 

Manic Street Preachers: Journal for plague lovers

O lo que es lo mismo, el disco en el que volvió a estar presente, con sus brillantes textos, el desaparecido Richie Edwards. Cómodamente instalados en la segunda parte de su carrera, Manic Street Preachers decidieron rescatar del olvido las alrededor de treinta letras que había dejado Edwards para quedarse con trece y darle forma a un muy buen álbum, también en lo musical. 

Pasaron años hasta que el grupo se atrevió a desempolvar aquellas líneas y lo hicieron en un elepé rotundo, robusto y que tomaba algunos de sus mejores logros del pasado aquí y allá. Aquel glam inocente y casi juvenil de sus principios aparece en estos surcos, pero también los sonidos más orquestales de su madurez, por citar dos extremos que, a pesar de la diversidad de sabores, dan forma a una obra coherente.

El trío se saca de la manga su mejor trabajo en años y honra el recuerdo del compañero. Tardaron casi tres lustros en asumir el reto, pero cuando lo hicieron sabían que tenían entre manos algo importante, y salieron airosos. 

 

 

Antony and the Johnsons: The crying light

Complicada papeleta la que se le presentaba a Antony Hegarty con su tercer disco. I´m a bird now había conquistado a la crítica que esperaba ansiosa su continuación. Su forma de expresarse tan amante de lo melodramático, su voz, un instrumento de posibilidades casi infinitas y su poderosa imagen andrógina tenía a medio mundo pendiente de lo que estaba por venir. 

Y no decepcionó. Su poderosa mezcla de estilos, sus preciosistas arreglos de cuerda, poseen un peso emocional que acompaña unas composiciones que le miran a los ojos a su predecesor. Todo es bonito en The crying light, desde la portada en la que aparece una fotografía del bailarín Kazuo Ohno, hasta el último acorde. 

Todo empieza con el piano y los violines de «Her eyes are underneath the ground», su lentitud, el dolor que parece transmitir Antony en cada sílaba entonada, preside un álbum de un artista en continuo crecimiento. 

 

 

Girls: Album

Menudo debut el de estos chicos, un dúo formado por Chris Owens y Chet JR White en San Francisco en 2007 y que, tras más de dos años de intenso rodaje, saltó a las estanterías de las tiendas con una rodaja rutilante titulada simplemente Album. Una obra que fue adorada por la crítica casi al instante por canciones sensacionales como «Hellhole retrace», «Lust for life» o ese himno instantáneo que es «Laura».

La personalidad de Owens, su complicada infancia, terreno abonado para comentarios e incluso alguna leyenda, marca el acento del disco en el que domina el pop a veces preciosista, otras ruidoso y hasta con una pizca de épica bien entendida asomando. Girls, en suma, apuntaron una forma de hacer las cosas y dieron a luz un elepé que tendría su continuación, ampliada y mejorada en su siguiente paso, Father, son, Holy ghost. De él y del temprano final del grupo hablamos en otra ocasión. 

 

 

Animal Collective: Merryweather post pavilion

He aquí uno de esos discos que, en su curso, estuvo presente en los puestos de honor de casi todas las publicaciones especializadas y no tanto. Uno de esos discos que suponen una cumbre absoluta en la carrera de un grupo. Cierto es que su anterior elepé, Strawberry jam, dos años antes, ya había supuesto un gran salto de calidad, pero ahora lo volvían a hacer para dejar un listón a la altura de muy poquitos. 

Canciones de desarrollos que sorprenden, melodías gloriosas, psicodelia, folk, Brian Wilson, electrónica… es complicado darle forma a todos esos referentes y alcanzar la excelencia, pero lo consiguen y, al final del viaje, si has logrado conectar, vas a querer repetirlo. Y aunque el disco sea una experiencia de principio a fin que trasciende las canciones, estas tienen su peso específico. «Brothersport» hipnotiza y gana por insistencia, «Summertime clothes» es oro y «My girls» una de los temas más arrebatadores que se escribieron aquel año. 

En resumen, un banquete que parece que nunca va a terminar. Cuando lo hace, la sensación es de satisfacción total. Se quedaron tranquilos. Eso sí: en el futuro les iba a costar superarlo. No lo han hecho, y dudo que lo consigan.

 

 

Brendan Benson: My old familiar, friend

A algunos les había empezado a sonar el nombre de Brendan Benson a raíz de su inclusión en The Raconteurs, el supergrupo que montó el inquieto Jack White, pero él ya tenía una carrera solista a sus espaldas que le situaba entre lo más granado del pop con mayúsculas y, si se quiere, con el prefijo power. Así las cosas, My old familiar, friend se presentaba como su particular reválida. Había nuevos fans, más ojos sobre su obra y discazos como The alternative to love y, sobre todo, Lapalco, que habían dejado el listón muy alto. 

Y Brendan respondió como mejor sabe: con canciones que caminan entre lo efectivo y lo inapelable, fabricadas con aromas del mejor clasicismo pop y un gusto por las melodías marca de la casa. Nada que no nos hubiera mostrado ya en otros discos, pero lo suficiente para volver a disfrutar de temas como «Feel like taking you home» y su alegría contagiosa, «Garbage day» o, la joya de la corona, «Poised and ready», que se convierte, desde el minuto uno, en uno de sus mejores números por méritos propios. 

Por supuesto, la energía del pop vigoroso también se da la mano en el disco con ese lado más reflexio de Benson. Al final el trabajo goza de un equilibrio que da forma a un álbum que sin ser el mejor de su autor sí le vuelve a situar en el pelotón de cabeza de los artesanos del pop.

 

 

Sonic Youth: The eternal

Casi con tres décadas de carrera a sus espaldas, los neoyorquinos se metían en el estudio para ofrecer un nuevo testimonio de su buen momento de forma. Habían despedido el siglo XX con algún trabajo que, dentro de su línea notable y de una maestría que les impidió grabar un disco abiertamente decepcionante, adolecían de cierta sensación de cansancio. Sin embargo, los SonicYouth del nuevo siglo ya habían grabado una trilogía que no tenía desperdicio, la integrada por «Murray Street», «Sonic nurse» y «Ripped».

Con este panorama y tras haber terminado su etapa en Geffen, Sonic Youth se estrenaban para Matador con un disco revitalizador. Con John Agnello a los mandos y el ex Pavement Mark Ibold en el barco, se sacaron de la manga un conjunto de canciones sobresaliente. Todo está en su sitio en un elepé dedicado a la figura de Ron Asheton que contiene el detalle de la foto interior de Johnny Thunders para los mitómanos. Todo precioso.

Y las canciones, en fin, sin querer sonar exagerado nos muestran a unos Sonic que no le tienen que envidiar nada a los que habían puesto patas arriba este invento veinte años antes. «What we know», «Poison arrow»… hay experimentación, pero cuando van a lo concreto, a por faena, lo bordan. Thurston y Kim están pletóricos y el brujo eléctrico Lee Ranaldo protagoniza alguno de los momentos más brillantes del disco. Por si no había quedado claro, un discazo con mayúsculas.

El resto es historia: todos augurábamos una larga vida a los veteranos y, sin embargo, la ruptura de Thurston y Kim hizo que planeara una sombra de duda sobre el futuro que pronto se concretó en la separación definitiva de la banda. Una pena, aún tenían muchas cosas por decir. 

 

 

Young Fresh Fellows: I don’t think this is

Ocho años llevaban los Fellows sin entregar nuevo material. Lo último de Scott con su banda madre se remontaba a 2001, con un trabajo compartido con Minus 5, su otra gran aventura personal. Así que tuvo que aparecer el mítico Robyn Hitchcock para que volviera a saltar la liebre. Metido en mil proyectos que le llevaban desde la actuación ante unos pocos centenares de fieles hasta los estadios llenos de los que disfrutaba con los REM, la carrera de MacCaughey era y sigue siendo la de un grande, un currante del rock and roll que no se da un respiro.

Y 2009 nos lo muestra a caballo de todas esas tareas a cuyo servicio pone su talento —incluidos los sobresalientes Baseball Project— y que conforman una agenda frenética en la que hizo un hueco para grabar un conjunto de canciones que volvió a recordarnos los motivos por los que los Young Fresh Fellows son una de las bandas más divertidas del planeta.

Robyn produce y ayuda con algunas armonías y Scott vuelve a hacer un ejercicio de maestría en un disco que se cimenta sobre la calidad de medios tiempos como el de «The guilty ones», el power pop canónico de «Lamp industries», la energía en estado puro de «Suck machine crater» o los potentes riffs de «New day I hate». Por si fuera poco, Peter Buck también aparece para dejar su huella en «Let the good times crawl». La fórmuloa es la de siempre y el resultado, como no podía ser de otra forma, más que satisfactorio. Larga vida a Scott y los Fellows. 

 

 

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