Cine: “Joy”, de David O. Russell

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“No estoy seguro de que sea una virtud, pero me da que pocos directores hoy en día representan tan bien como él en lo que se ha convertido Hollywood. Ya no se trata del cine en sí mismo, sino de su simulacro. No es el cine de autor, sino su imitación la que le sustituye”

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“Joy”
David O. Russell, 2015

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

Dos críticos salen en silencio de una sala en la que se proyecta “Joy”. Uno de ellos muestra un rostro meditabundo y circunspecto. El otro, entre apático y molesto. No tardan en comentar la película.

Crítico 1: ¿Qué te ha parecido?

Crítico 2: Me ha parecido una mediocridad. Aunque tampoco esperaba más. Sinceramente, creo que David O. Russell es un director vulgar, el nuevo niño mimado de la Academia. Hace películas diseñadas para acaparar nominaciones en los Oscar, pero no hay nada debajo. ¿Qué es lo que acabamos de ver? Otra versión ramplona y sin alma de una doble fórmula, mujer fuerte y sueño americano. Sin más.

Crítico 1: Entiendo lo que dices. Tampoco es que me haya encantado, pero tengo dudas sobre lo que pienso. De la película y de David O. Russell.

Crítico 2: ¿Qué dudas?

Crítico 1: Pues mira, para empezar creo que “Joy” se debate entre dos películas. Una de ellas es arriesgada y quiere llevar al límite la puesta en escena y el montaje. Durante la primera hora Russell consigue refinar como nunca ese caos controlado que tanto le gusta: un montón de gente hablando, agolpándose frente a la cámara para intercambiar diálogos desconcertantes que enrarecen una situación cotidiana. Piensa en cualquiera de las escenas en la casa familiar de la protagonista. Son secuencias desquiciadas, agotadoras incluso. Y aquí, en concreto, el montaje tiene un papel decisivo: me ha parecido más abrupto que nunca, a veces desconcertante. Esa parte me interesa mucho, pero pronto aparece la otra película, la normalizada. La que, como tú dices, es capaz de espectacularizar un programa de teletienda como épica del sueño americano. La que contempla el ascenso capitalista sin asomo de crítica. La estúpida y maniquea, aquella que pone a su heroína contra todos los demás. Así, sin escala de grises.

Crítico 2: Esa segunda película de la que hablas es la que he visto yo. La otra me parece una pose, una postura absolutamente forzada. Russell no tiene discurso propio, y tiene que recurrir a ese tipo de exhibiciones de la puesta en escena y el diálogo para fingir que lo tiene. Es como si intentara emular a Robert Altman de una manera promiscua, empeñado en que todo ese caos que mencionas tenga un efecto inmediato en el espectador antes de pasar a otra cosa. En otras palabras, es puro artificio buscando la desorientación para dar la impresión que tiene algo que ofrecer. Incluso Robert De Niro parece una versión deliberadamente perdida de sí mismo. La verdadera película no es esa, sino la apología barata de la “self-made woman” que de paso ensalza los valores de la sociedad de consumo.

Crítico 1: Y acaba imponiéndose, es cierto. Y también estoy de acuerdo en que algo hay de pose en la primera película de la que hablo. Pero donde tú lo ves como algo negativo, yo tengo mis reservas. Efectivamente, en ciertos momentos es como si fuera una simulación del cine de Altman con alguna ínfula capriana. Pero es que “El lado bueno de las cosas” era un simulacro del cine de Capra. Y “La gran estafa americana”, del cine de Scorsese. Es lo que me llama la atención de Russell. No tiene la capacidad de subversión que Capra escondía bajo una piel amable. No puede alcanzar la épica con profundas implicaciones sistémicas de un Scorsese, ni tampoco aspirar al micro-cosmos cotidiano de Altman en toda su crueldad y emoción. No puede ser nada de eso y además es consciente de ello. Pero sin embargo, se empeña en simularlo con sus mejores armas.

Crítico 2: ¿Y entonces? ¿Cuál es su virtud?

Crítico 1: No estoy seguro de que sea una virtud, pero me da que pocos directores hoy en día representan tan bien como él en lo que se ha convertido Hollywood. Ya no se trata del cine en sí mismo, sino de su simulacro. No es el cine de autor, sino su imitación la que le sustituye. Ya no es la emoción pura vivida en el espectáculo del blockbuster, sino su anticipación, la expectativa. Incluso se simula en cierto modo la crítica, y si no piensa en “Steve Jobs”, que la vimos la semana pasada: toda la película en sí parece una lectura crítica y desmitificada del protagonista, pero en última instancia todo ese discurso desemboca en una redención y, con ella, el ensalzamiento del personaje y de todo lo que simboliza. En medio de ese panorama, creo que David O. Russell es un raro caso de transparencia del simulacro que vivimos. Sus películas, al menos las últimas, son sintomáticas de una manera explícita de hacia dónde va el cine. Eso es lo que me hace seguir viéndolas, me gusten más o menos, y es también lo que me empuja a tener conversaciones como esta, aunque en realidad nunca haya existido.

 

 

 

Anterior crítica de cine: “Steve Jobs”, de Danny Boyle.

 

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