Casi nada está en su sitio, de Víctor Manuel

Autor:

DISCOS

«Regresaron las musas en un proceso creativo febril después de una década de silencio»

 

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Víctor Manuel
Casi nada está en su sitio
SONY, 2018

 

Texto: Luis García Gil.

 

Con Casi nada está en su sitio podríamos decir que todo está en su sitio para Víctor Manuel. Regresaron las musas en un proceso creativo febril después de una década de silencio. Como si de pronto necesitara volver a mirarse en canciones que conforman un paisaje reconocible, de encomiable madurez. Digamos que sus dos últimos trabajos deben ocupar un lugar especial en su discografía, este y aquel No hay nada mejor que escribir una canción, cuyo título reflejaba el éxtasis del creador que encuentra en su oficio su mejor argumento vital.

Son trece canciones las que dibuja Casi nada está en su sitio, entre la incertidumbre del título y la belleza del discurso lírico, bien sustentado en lo musical con un trabajo inspirado de David San José. A estas alturas de su carrera, nadie como el hijo para entender lo que requiere su padre con una sonoridad limpia, sin forzamientos ni subrayados innecesarios. Las canciones discurren poderosas y libres desde el arranque, desde la palpitante y terrestre “Allá arriba el norte”, donde Víctor nos entrega su habitual mirada a su querida Asturias, su pequeña patria, nunca olvidada. «Allá arriba al Norte / entre el monte y el mar/ encontré un paraíso natural…». Locus amoenus del músico que añade una estampa más a sus muchas estampas asturianas.

La amorosa llama también la agita el cantautor. En canciones que empiezan existencialistas como “Vaya regalo” para terminar encomendándose a los labios de la amada. «Como una fruta fresca son esos labios / como el agua que brinca barranco abajo / como una nube blanca que está de paso / si te quedas conmigo vaya regalo». ¿Se acuerdan de “Tu boca, una nube blanca”? (El lanzador de cuchillos, 1984) Víctor, hoy como ayer, adjetiva el deslumbramiento amoroso.

Y el asturiano es paseante cotidiano de los días, a veces alegre, a veces doliente, como refleja “Así me siento hoy”. En ella retrata el presente y se autorretrata con su timbre de voz característico que los años no han mermado. Homenajea a la galerista colombiana Aseneth Velásquez, anfitriona maravillosa, en la bella “Que se vengan todos” que evoca un fragmento de las estupendas memorias descosidas de Víctor donde Aseneth protagonizaba uno de esos momentos de amistad que forman parte de la vida. «Que se vengan todos a tomar la calle… / que se vengan todos que mañana es tarde / hoy les quiero / juntos sangre entre la sangre / hay quien tiene dudas, hay quien se agiganta / si unos desfallecen otros se levantan…».

Elegir rumbo tiene esa dimensión ética de todo cantautor que se precie. La vida está para comprometerse, para caminarla, para formar parte de un proyecto en común. Las canciones de Víctor no tienen ya que demostrar nada. Nacen torrencialmente en esta novísima aventura y arropan sentimientos, amores, confesiones e incertidumbres. “No me digas” se pone en la piel de quien penó de amor y no puede evitar el rencor hacia la persona amada. Relaciones de dependencia amorosa en las que ratifica su condición de brillante cronista de una realidad nada amable. Brillante ese verso del fósforo de los huesos vigilando los sueños de la mujer amada.

“Digo España” deviene en uno de los temas más endebles de Casi nada está en su sitio, y no por falta de buenas intenciones. Pero no llega, partiendo de parecida premisa, a la altura de aquella “España, camisa blanca” que difundió Ana Belén, pero dignifica el sentimiento de país en medio de cierto fango identitario, de una invertebrada España ya vislumbrada hace mucho por Ortega y Gasset.

El disco tiene también sutilidad extrema en “Cuando acabe este vals” y amores mal conjugados en “No me quieras tanto”: «No me quieras tanto que me abraso / no entres en mis pensamientos / cuando sueñan otros labios / no me quieras tanto en este ocaso / este amor vuela tan bajo/ no es que duela, me desangro…».

Víctor teje además historias de pasiones cotidianas en “Cachito”, muy bien ensamblada en lo musical, y sabe poner el dedo en la llaga de la injusticia en la extraordinaria “Nos están preguntando”, de lo mejor de la flamante cosecha. A su modo, traza también su mirada social que va más allá de su entorno o terruño. Es capaz de mirar al mundo, de glosar el dolor de un niño que llora y tiene sangre en los labios. «Todas las armas se pueden comprar / los mercaderes te las venderán / los fabricantes no van a parar / hay tanta gente que quiere matar…». Tristes guerras, como clamaba Miguel Hernández, y tristes niños que siguen siendo carnes de yugo.

El disco termina con la muy curiosa “Mujer hablando con su perro” que toca el ámbito familiar, cotidiano, con absoluta precisión, como hiciera otras veces en su cancionero con aquella “La madre” como paradigma de emoción cantada.

Casi nada está en su sitio expira con “He cortado estas flores”, que redondea el cedé con la memoria histórica muy presente. «He cortado estas flores para dejarlas / allí donde hay gente mal enterrada…». Fosas comunes de la incivil guerra, muertos a balazos mal enterrados. Víctor dignifica una vez más a los perdedores de la Guerra Civil y a la manera de Blas de Otero escribe canciones que tratan de España, de su porvenir, de su pasado y presente, de la esperanza que ha de ser estandarte de quien canta y sueña con un mundo más justo y tolerante. «Ganamos el futuro con la palabra». Este verso comprometido lo podrían haber escrito Blas de Otero o Celaya en uno de sus poemas sociales. En cierto modo, Víctor ha sido machadiana palabra del tiempo con canciones asomadas a cada coyuntura histórica hasta llegar a esta etapa crepuscular de su trayectoria, que no lo parece por la frescura de su último trabajo. Un disco que hay que escuchar con atención y deleite, como esas obras de madurez que a cada escucha van ganando nuestra percepción como oyentes.

En lo musical, este nuevo repertorio no se basa en fórmulas cansadas. En varias canciones destacan los coros de Ondina Maldonado y David San José. No es Víctor un perezoso cantautor al uso. Se rodea de músicos solventes, de condición heterogénea, como Víctor Merlo al contrabajo, Andrés Litwin a la batería o las habituales guitarras de un viejo compañero de grabaciones y giras, el argentino Osvi Grecco. El asturiano se mira en el folk y también en el pop. No desdeña un sonido más actual y sabe que David San José le conduce a un territorio menos convencional, dentro del canon fijado por una personalidad muy reconocible y de trayectoria dilatada. En Casi nada está en su sitio Víctor ha regresado por todo lo alto. Ya le echábamos de menos.


Anterior crítica de discos: Confessin’ the blues.

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