Asbury Park: Riot, redemption, rock’n’roll, de Tom Jones

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CINE

«Cuenta cómo una música que nació en un rincón de Estados Unidos le devuelve ahora el favor a esa tierra ayudando a su redención y resurrección»

 

Asbury Park: Riot, redemption, rock’n’roll
Tom Jones, 2019

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

Hace algunos años, el cineasta Tom Jones filmó un concierto en el Paramount Theatre de Asbury Park en cuyo escenario se dieron cita algunos de los músicos hoy legendarios que echaron los dientes a finales de los sesenta en aquella localidad del área Metropolitana de Nueva York, tales como Southside Johnny, David Sancious, Steve Van Zandt y, naturalmente, Bruce Springsteen. A ellos se unieron un grupo de jovencísimos rockeros, de apenas once años, que demostraban que Asbury Park, pasados ya sus días de infierno, volvía a ser cantera de grandes artistas. Y Jones decidió entonces profundizar en ese aspecto poco conocido: el infierno de Asbury Park.

Tras años de búsqueda de metraje histórico, más de setenta entrevistas y toda una odisea para conseguir la participación de Springsteen, el cineasta consiguió algo más que terminar su película documental. La pasada noche del 22 de mayo se estrenó en un pase único en cines de todo el mundo. En estos absurdos días de pánico spoileriano, el título de la producción resume sin miramientos su contenido: “Asbury Park: Riot, redemption, rock’n’roll” (Alborotos, redención, rock and roll).

A unos 90 kilómetros al sur de la ciudad de Nueva York, Asbury Park es una localidad de menos de 20.000 habitantes que poco después de nacer, a finales del XIX, adquirió rápidamente la condición de lugar de descanso y patio de recreo de los habitantes de la Gran Manzana. Divida literalmente por la vía del tren, al este, en la ribera junto al mar florecieron un sinfín de hoteles, casinos, teatros y balnearios, lo que disparó la demanda de camareros, limpiadoras y todo tipo de personal de servicio, italianos y afroamericanos en su mayoría, que vivían al oeste de la vía férrea, sin derecho a cruzarla más que para trabajar al otro lado.

Aquella concentración racial y cultural tuvo un aspecto positivo: la reunión de todo tipo de estilos musicales que convivían y se fundían por las noches en los antros musicales del lado oeste, por donde se cuidaban mucho de pasar las “buenas gentes” del este, pero no así sus hijos rebeldes. En locales como el mítico Upstage, el más legendario de todos, desfilaban por el escenario voces de rhythm and blues, soul y doo-wop, como décadas atrás lo habían hecho los grandes del jazz y el blues. Y ante ellos, como público que bailaba, bebía y sobre todo aprendía, había toda una nueva generación de jóvenes, con el rock como lengua madre, pero ansiosos por descubrir nuevas formas de desarrollar su sonido. Springsteen, Steve Van Zandt, Billy Ryan, Garry Tallent, David Sancious, Southside Johnny, Danny Federici, Patsy Siciliano o el gran Clarence Clemons fueron algunos de esos chavales que asimilaron todas aquellas influencias musicales para terminar alumbrando lo que se dio en llamar ‘the sound of Asbury Park’ (S.O.A.P).

Lo más curioso es que Tom Jones cuenta toda esa historia sin que apenas podamos escuchar más música que la que subraya de fondo las entrevistas y la voz en off. ¿Una historia musical sin música?

 

 

El punto de giro llega cuando la narración alcanza la semana del 4 al 10 de julio de 1970, cuando Asbury Park estaba en plena efervescencia musical pero también, como la mayoría de Estados Unidos, en el punto justo de ebullición racial. Una simple chispa bastó para desencadenar una ola de saqueos, incendios, disturbios y enfrentamientos con la policía y las fuerzas armadas que terminaron con casi doscientos heridos y buena parte de la ciudad arrasada. Algunos de los edificios más antiguos y carismáticos de Springwood Avenue, uno de los principales corredores de este a oeste de la localidad, fueron pasto de las llamas, al igual que zonas comerciales, deportivas y locales musicales. Asbury Park se convirtió entonces y por varias décadas en un cementerio.

Aún hoy quedan muchas zonas por recuperar, pero desde hace algunos años, y con la música como principal impulsor e invitación a la unión, Asbury Park va renaciendo de sus cenizas. Y es entonces, al llegar al final del metraje y ver a esos críos de once años tocando rock con ganas y alma en su escuela local, cuando cobran sentido algunas decisiones adoptadas por Tom Jones para el documental. Su intención no es la de contar la historia de Springsteen y sus colegas, sino cómo una música que nació en un rincón de Estados Unidos le devuelve ahora el favor a esa tierra ayudando a su redención y resurrección.

Concluyen así los 93 minutos documental, pasan los títulos de crédito… y da comienzo media hora de, ahora sí, resumen del espíritu musical de lo que ha supuesto Asbury park. Porque el último segmento de la cinta es, precisamente, el tramo final de aquel concierto en el Paramount Theatre que inspiró el proyecto, con Bruce Springsteen como uno más tocando con sus viejos camaradas de escenario un puñado de clásicos del rock de los 50 y una nueva generación de rockeros aprendiendo codo con codo.

Ahora sí, conocida toda la historia anterior, este festín musical cobra más sentido y resulta mucho más emocionante. Una pena, por cierto, que las mezclas no son demasiado brillantes y hay voces o instrumentos que se pierden demasiado o tardan en ganar volumen. En cualquier caso, más efectivo que la palabra de cualquier dios, el rock and roll se demuestra en este trabajo el mejor creador de vida. Suponemos que Mick Jagger suscribiría esta conclusión.

Anterior crítica de cine: Amigas con solera, de Amy Poehler.

 

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