“Nunca apagues la luz”, de David Sandberg

Autor:

CINE

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“La necesidad de dar una explicación al origen, existencia y fijación con una familia concreta a este ente fantasmal que vive entre las sombras deriva en un film vacío y ridículo”

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“Nunca apagues la luz”
David Sandberg, 2016

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

“Nunca apagues la luz” es el primer largometraje de David Sandberg, para el que utiliza como punto de partida un cortometraje de terror titulado “Lights out” realizado por él mismo y que se convirtió en viral allá en 2014. Aquella brevísima pero escalofriante peliculita se basaba en la idea de un monstruo o entidad que solo era visible en la oscuridad, pero que desaparecía al encender la luz. El concepto servía para construir momentos de gran tensión gracias al rítmico juego de apagar y encender diferentes luces, primero en un pasillo en penumbra y luego en la habitación en la que la protagonista intentaba dormir (sin mucho éxito).

Aquí, una película de 80 minutos busca alargar hasta el extremo los dos minutos y medio de duración del cortometraje. El resultado es obviamente la constatación de que por muy buena que sea una idea en un formato, eso rara vez quiere decir que dicha idea sea viable para su adaptación a otras estructuras narrativas. La necesidad de dar una explicación al origen, existencia y fijación con una familia concreta a este ente fantasmal que vive entre las sombras deriva en un film vacío y ridículo y que casi parece una mala adaptación de la historia y estética de Sadako en “Ringu” (Hideo Nakata, 1998), “Samara” en la bastante loable adaptación de Gore Verbinski de 2002.

Por supuesto, y al igual que ocurría en el cortometraje del que procede, “Nunca apagues la luz” tiene momentos de tensión y hábil construcción de suspense (y del susto) bastante ingeniosos y que saben sacar partido de concepto original. El uso de la iluminación y la oscuridad resulta en ciertas escenas, sobre todo al inicio del film, que merecen una mención positiva por su configuración audiovisual y su capacidad para generar emociones en el espectador. Sin embargo, por muy valorables que sean estos escasos instantes, se integran en una película cuya narrativa languidece por momentos, presentándonos personajes con los que resulta imposible empatizar, una ingente cantidad de clichés mal empleados y situaciones que no llevan a ninguna parte.

Nos encontramos, pues, con un nuevo ejemplo de que por mucho que las grandes compañías productoras y distribuidoras insistan en capitalizar y rentabilizar todo lo que se les pone por delante, los únicos perjudicados de la escasa calidad del resultado somos los espectadores. Señores, de verdad que no valía la pena el intento.

 

 

Anterior crítica de cine: “Cazafantasmas”, de Paul Feig.

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