Lapido regresa al lugar del “crimen”

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“Volver a los escenarios después de veinte años era algo muy serio como para no tomárselo a tiempo completo, era una cuestión de dignidad profesional”

 

Semanas antes de que vea la luz lo nuevo de Lapido, que sale el 20 de octubre, Arancha Moreno le propone al músico granadino escuchar las once canciones de “El alma dormida” en el estudio donde las grabó. Estas son sus impresiones.

 

Texto y fotos: ARANCHA MORENO.

 

“A la una y media estaré allí”, dice su mensaje. Y cumple su palabra. Lapido nos recibe en Granada dispuesto a someterse a una de esas “agonías placenteras”, como suele referirse él a los periodos compositivos. Esta vez se enfrenta a la lucha creativa desde otro ángulo: ha aceptado llevarnos al estudio de grabación donde ha registrado su octavo disco, “El alma dormida”, y acompañarnos en la escucha. Vamos a descubrir sus once canciones nuevas en Producciones Peligrosas, el lugar donde se gestó todo. Acepta regresar al lugar del “crimen”.

Mientras Señor Chinarro apura su sesión diurna en el estudio, hacemos tiempo en la terraza del bar “La Sacristía”, en el conocido como “barrio de los doctores”. Son las calles donde se crió Lapido, y mantienen ese encanto que se respira en las pequeñas ciudades, donde uno se toma una cerveza y cualquiera que pasa por allí se detiene a saludarle. Un conocido que hace tiempo que no se cruza con él, un amigo que le ve por casualidad o su propio padre. Y todos le llaman Jose. Quizá en ese entorno sea más fácil llegar al origen de su mirada y de sus nuevas canciones, pero ahora mismo le cuesta hacer memoria para ubicar el punto de partida de su próximo álbum: “Han pasado tres bajistas desde que las canciones empezaron a nacer”. Tres bajistas y más de mil noches, porque su disco anterior, “Formas de matar el tiempo”, vio la luz en 2013. Dos años después tenía una maqueta con diez canciones que pensaba editar pronto, pero ocurrió un bello contratiempo que le mantuvo muy ocupado: “Mi idea era sacarlo a principios de 2016, lo que pasa es que a mediados de 2015 surgió el tema de la gira de los Cero y empecé a replantearme plazos, y cuando aquello cristalizó me di cuenta de que no tenía mucho sentido grabarlo si no lo iba a defender en directo, y no iba a tener tiempo. Se lo dije a los músicos: ‘Vamos a dejar esto un poco baipás para hacerle honor a las canciones’”.

“El alma dormida”, o como quiera que se llamase entonces aquella primigenia colección de canciones, fue aparcada unos meses más mientras resucitaba a su vieja banda, 091: “Nos habían llegado propuestas y las habíamos rechazado, pero cuando nos llegó esta los cinco estuvimos de acuerdo: volver a los escenarios después de veinte años era algo muy serio como para no tomárselo a tiempo completo, era una cuestión de dignidad profesional”. Por eso decidió aparcar su proyecto personal durante 2016: “Hice lo correcto. Compatibilizar las dos cosas le hubiera quitado importancia tanto al proyecto de los Cero como al mío. Cada cosa merece su importancia y lo mío podía esperar”.

Mientras sus próximas canciones aguardaban su momento, él se reencontraba en los escenarios con temas que había compuesto en los 80 y los 90: “Volver a defender en directo esas canciones ha sido una pirueta temporal. ¿Me sigo creyendo estas canciones? Sí, me las sigo creyendo, no sé si es porque están metidas en el subconsciente… pero claro, tú no eres el mismo que cuando tenías veinte años, nadie es el mismo. La música tiene eso: te da la oportunidad de hacer esa especie de malabarismo. ¿Qué sienten los Rolling Stones cuando tocan ‘(I can’t get no) Satisfaction’? No sé, pero la siguen tocando, me imagino que siguen creyéndosela, y con toda seguridad sus seguidores seguimos gozando cuando la tocan. A veces se cometen muchos errores de juventud y a veces se acierta también. Coño, mira lo que hice cuando tenía veinte años”, ríe. “A mi mismo me sorprende, te puedes sentir legítimimamente orgulloso de eso. Evidentemente hay otras canciones que no hemos tocado y que forman parte de ese cúmulo de errores de juventud, que son perdonables, me imagino”.

 

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 “Me ha hecho muy feliz ver la cantidad de gente que hemos hecho feliz volviendo”

 

Esa “pirueta temporal” le ha dejado huella en lo personal: “Me ha hecho muy feliz ver la cantidad de gente que hemos hecho feliz volviendo. A veces no tienes conciencia clara de que uno de tus propósitos es hacer feliz a la gente. Piensas que estás ahí tocando tus canciones de rock and roll y se te olvida un poco que a la gente que va a verte puedes hacerla feliz un rato. Ellos han sido felices asistiendo a nuestros conciertos, y yo también, sin duda”. El poso que haya podido dejar esa reencuentro con su exbanda en el aspecto musical es más difícil de medir: “Supongo que en algo habrá influido, pero ahora no sabría explicarte en qué. Cualquier experiencia vital te influye a la hora de escribir una canción. Estar un año girando con el grupo que tú tenías cuando tenías veinte años… ahora mismo no sé si es demasiado pronto, o yo no lo he intelectualizado demasiado como para explicarte en qué. Puede que haya habido otras circunstancias que me hayan influido más que la gira”, reflexiona.

El pasado año ocurrieron sucesos que marcaron sus canciones, y que explican el poético título: “’El alma dormida’ es una referencia a las coplas de Jorge Manrique. Aparte de cantarle a su padre fallecido, toca un tema clásico en la literatura que es un latinajo, el ubi sunt, dónde están los que estuvieron con nosotros, y otro latinajo que es el tempus fugit, el tiempo que huye, que pasa. Creo que en las canciones que he escrito durante la gira de 091 están esos temas de los que saqué el título del disco. Viene de lo que pasó el año pasado, muchas cosas buenas y algunas malas, como fue la muerte de mi madre, que murió en septiembre. Al releer las coplas, lo del alma dormida me pareció un buen resumen de todo ese sentimiento, de lo fugaz del tiempo y del sentimiento de pérdida”.

 

El tiempo y las canciones supervivientes

Ese año de espera ha sido el mejor medidor para saber si las canciones que le aguardaban seguían teniendo sentido: “Si me han gustado cuando las he grabado, después de tenerlas dos años escritas, es la prueba de que pueden tener una vida posterior larga”. Retomarlo un año después no le ha supuesto “ningún tipo de trauma”: a lo largo de 2016, cuando tenía tiempo libre volvía a mirar su repertorio, y fue componiendo nuevas canciones que desbancaron a tres incluidas en la primera maqueta. Esa “cosecha tardía” la forman ‘Nuestro trabajo’, ‘Dinosaurios’, ‘No hay prisa por llegar’ y ‘Lo que llega y se nos va’. “Ha tenido de bueno eso, el esperar. Si he puesto estas y no las que había antes es porque estas me gustan más”, aclara. El germen de una de ellas, sin embargo, es muy anterior : ‘La música de ‘No hay prisa por llegar’ la tenía escrita desde hace no sé cuanto. La descubrí oyendo las notas de voz del móvil”, confiesa riendo. “Cuando se me ocurre algo grabo notas de voz. Cojo una guitarra, la grabo y ahí la dejo”. Entre las muchas que acumula en su teléfono (¡cientos!, según dice), escuchó esa música y le pareció “un hallazgo. Me gustó mucho. Podía ser perfectamente de 2012 o 2013. No tenía letra, estaba esbozada, la estructuré y la terminé”.

En sus nuevas composiciones, Lapido persigue el mismo fin de siempre: “Ir en busca de ese ideal imposible que es hacer la canción perfecta”. Y aunque le preceda la fama de letrista –“fama no buscada”, precisa sonriendo–, reconoce que no es lo que le sale con más facilidad: “Me cuesta mucho más trabajo terminar una letra que una música”. Por eso suele darle “mil vueltas a las letras antes de acabarlas”, y solo escribe el texto de las canciones que sabe con seguridad que va a grabar en los discos: “La letra se la pongo cuando estoy plenamente convencido de que la música puede funcionar. Cuando estoy escribiendo prefiero saber que las palabras van a servir para algo, que no van a ser un proyecto fallido de canción, del que luego no me guste la melodía”. Y no responden a un disco conceptual: “Lo mío son colecciones de canciones. Llega la época de la cosecha y recoges lo que has plantado los dos o tres años anteriores. Son piezas de un rompecabezas que se complementan bien y hacen que el disco tenga cierta unidad, pero no con la premisa de partir de una idea central en la que moverse”.

Aprovechando las buenas voces de las que se rodea, en “El alma dormida” ha realizado un gran trabajo de coros: “Me gustan las canciones muy armonizadas, hay unas voces de fondo que van creando texturas. Casi todo se ha trabajado en el estudio, viendo armonías que no fueran las típicas”. Es una de las cosas que más se notan en este disco, en el que vuelve a recurrir a los géneros que más le gustan, pero siempre filtrados por su propia mirada: “Hay cosas de blues, folk, de rock, de pop… todos los estilos que me han marcado. Mi estilo personal, de haberlo, es una amalgama de todo eso, de las músicas que he ido escuchando a lo largo de los años y que han hecho que se cristalice en eso”. Algunas músicas han partido desde un género y han acabado en otro: “‘Enésimo dolor de muelas’ empezó siendo un swing, como de jazz antiguo, y el swing ha desaparecido. No tiene género conocido. No es que se resistan, les vas dando visiones distintas, van mutando”.

Tal vez sea hora de comprobarlo “in situ”. Nos vamos al estudio.

 

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“Cuando estoy escribiendo prefiero saber que las palabras van a servir para algo, que no van a ser un proyecto fallido del que luego no me guste la melodía”

 

 

Visita a Producciones Peligrosas

Producciones Peligrosas está a las afueras de Granada, en un pueblo llamado (ahora entenderán el nombre del estudio) Peligros. Atravesamos un portal de pinta sesentera, cruzando un largo y ancho pasillo antes de girar a la derecha, donde nos recibe el productor y técnico de grabación Pablo Sánchez. Accedemos a la guarida donde empezó a registrarse “El alma dormida” esta primavera. Allí se dieron cita el teclista Raúl Bernal, el guitarrista Víctor Sánchez, el baterista Popi González y el bajista Jacinto Ríos, la nueva incorporación llegada de las filas de 091. El técnico de grabación, que ha colaborado en las tareas de producción junto a Lapido, Víctor y Rául, confirma el buen hacer del equipo: “Son una muy buena banda, ellos suenan, ha quedado un buen trabajo. Ha sido intenso, laborioso, han trabajado mucho los arreglos en el estudio”. Esta vez, Lapido ha confiado en una producción compartida: “Los músicos que me acompañan son autores también, y creía que era una buena idea que intervinieran en el proceso de producción: grabar las canciones esquemáticamente, que ellos las trabajaran por su cuenta y luego hacer una puesta en común”. El compositor se las enviaba y ellos se las devolvían con sus propuestas.

Esta producción ha dado como resultado un disco repleto de arreglos y matices, pero bien medidos. Han tratado de simplificar para no aturdir al oyente: “Las canciones lo agradecen. Si hay un montón de cosas al oído humano le cuesta diferenciar cada una. No es que sea un disco muy simple, pero es bueno a nivel de sonido simplificar las cosas y dejar que las cosas tengan su hueco. Una de las labores de Pablo ha sido esa, poner límites a no meter mil instrumentos sonando a la vez”. El técnico confirma que no ha sido el único en arrimar el hombro en ese aspecto: “Raúl ha hecho mucho ahí. Decíamos: “Ya viene Raúl con las rebajas”. Él es profesor de piano, podría hacer mil cosas, pero sin embargo hacía una sola nota y funcionaba”.

El estudio de Producciones Peligrosas tiene unas paredes de color azul y otras revestidas de madera. Al fondo se encuentra una sala rectangular donde los músicos se sitúan para tocar. La mesa tiene más de veinte canales y una maraña de cables de colores que dejan ver que están en pleno trabajo. “Siéntate ahí”, me indican, señalando una silla estratégicamente situada en el centro de dos potentes altavoces Yamaha. Tomo asiento y me fijo en la chapa de Gabba Hey que hay en una esquina de la mesa, el nombre de la escuela fundada por los dos músicos que han coproducido el disco, Víctor y Rául. Lapido y Pablo se sientan a mi derecha, en el sofá azul. Todos callamos cuando suenan las guitarras atronadoras de ‘¡Cuidado!’, y nos preparamos para oír desfilar las once canciones de “El alma dormida”.

 

 

El single con el que han presentado el disco anuncia que ha vuelto el Lapido guitarrero, el maestro del rock and roll eléctrico, el narrador desconfiado empeñado en avisarnos de que no es oro todo lo que reluce: “Cuidado / algo suena raro y nadie sabe qué es”. El texto tiene dos o tres años y tiene una carga social aplicable a lo sucedido ayer, anteayer o mañana: “¿Nos vamos a cruzar de brazos / sabiendo que un pirado escribió el guion?”. Una advertencia, una reflexión y una nueva oda al desencanto, con esos paisajes tan lapidianos: una gasolinera abandonada, un árbol centenario y esa persona que se sienta debajo a esperar el porvernir. Mientras la música suena, Lapido no deja de fumar. Antes de que empiece la siguiente, le preguntamos si va a sufrir con la escucha. Sonríe mientras dice que no.

Sin abandonar el rock and roll, las revoluciones bajan un poco en ‘Como si fuera verdad’. Hay un loop de batería impropio en sus grabaciones, los bajos palpitan y los instrumentos van entrando sin amontonarse: ahora guitarras, ahora teclados. La canción va creciendo en una sucesión de parajes distintos, coros sutiles y envolventes, que nos van meciendo y llevando de un lugar a otro con una placidez maravillosa, sin efectismos ni estridencias. La música es la compañera perfecta para un texto que habla sobre los sueños y la propia escritura de canciones: “Los recuerdos que la noche convierte en sueños / que la luz del alba nos obliga a olvidar / pronto regresarán transformados en versos / creedlos como si fueran verdad”. Al terminar de escucharla, Lapido vuelve a sonreir fugazmente.

Más acústico es el comienzo de ‘La versión oficial’, aunque enseguida se electrifica y asistimos a una de esas canciones tan sello de la casa. Comparte cierto universo letrístico en lo social con ‘¡Cuidado!’, y juega con las imágenes y las palabras con la agilidad de siempre: “Nadie estaba en su puesto / en el momento del naufragio”, canta antes de añadir que alguien “no ha atado bien los cabos”. Buena metáfora marinera para incidir en esa idea de que no nos están contando la verdad. Pablo golpea el suelo con el pie, Lapido escucha concentrado y quieto.

Un ambiente envolvente nos introduce en ‘Mañana quien sabe’, un pasaje efímero que nos va a ir acompañando a lo largo de toda la canción. El blues asoma por los rincones, y una batería constante nos va hipnotizando desde la base, lo mismo que el resto de los instrumentos que van llegando. Todos empujan hacia esa melancolía tan típica de Lapido, que nos deja aquí algunos de sus mejores versos: “Late la tristeza en el corazón / de las ciudades / vidas que se funden con la oscuridad / canciones que hablan de nadie / mañana quién sabe”. Han vuelto los paisajes tristes y los personajes solitarios.

 

Cosecha de 2016

La primera de las cuatro canciones que escribió el año pasado, ordenadas consecutivamente en el bloque central del álbum, es ‘Nuestro trabajo’. Es una de las más rockeras, y en ella nos parece encontrar reminiscencias de 091, y un posible guiño a la banda en la letra: “Imaginando tormentas perfectas”, canta, recordándonos aquellas “Tormentas imaginarias”. La música no espera, nos arrastra sin remedio a través de sus guitarras eléctricas, y al propio Lapido, abstraído, se le escapan fugazmente las mismas palmas que estamos escuchando en los estribillos. Tras ella asoma otro nuevo medio tiempo, ‘No hay prisa por llegar’, con un aire country rock de bellas armonías y coros sutiles. “Este es otro posible single”, se dirige Pablo a Jose, y este asiente.

 

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“Es una de las cosas que más trabajamos, que las canciones fueran creciendo y mantuvieran la personalidad”

 

La guitarrera y nostálgica ‘Dinosaurios’ nos traslada a la Prehistoria, cuando “todo era más alfa que omega” y sonaba “Dylan en las iglesias”, reflexionando sobre el tiempo, sobre quiénes éramos y en qué nos hemos convertido. Tras ella suena una de esas canciones que pellizcan desde otro lugar, con unas guitarras enérgicas y un aire muy inquietante sobre las que habla de la fugacidad del tiempo, y del sentido de la vida que no podemos controlar. La gema se titula ‘Lo que llega y se nos va’, y se mueve entre la bruma de la fantasía y la conciencia de la realidad:  “Se nos va / como agua entre los dedos de las manos / el tiempo, lo soñado y lo real / se desvanecerán sin dejar huella / lo que llega y se nos va”. Escucharla es entender en profundidad el significado de “El alma dormida”, y comprender desde qué punto Lapido consigue conmover en sus discos.

 

Últimos compases

Aún impactados por la estela de la anterior llega la más country: ‘Estrellas del purgatorio’. Seguimos entre la vida y la muerte, aunque la melodía lo disimule alegremente. Estamos escuchando el master original del vinilo, que no incluye la décima, ‘Enésimo dolor de muelas’, un medio tiempo con unos coros muy angelicales que recuerdan levemente a Crosby, Stills, Nash & Young. Cerrando el disco llega la emocionante ‘Escalera de incendios’, de aire bluesera y con sabor a club, que vuelve a ese universo tan suyo en el que caben los dioses sin nombre, el paso del tiempo y las incertidumbres. Bonitos coros, precisos y delicados pianos y una banda base que sigue latiendo a golpe de rock para lanzarnos, quizá, la imagen más hermosa del disco: “Nos volveremos a ver / en la escalera de incendios / por dónde nos fuimos después de quemar nuestros sueños”.

La escucha termina y nos deja aún asimilando todo lo que acaba de ocurrir. Mantiene el nivel letrístico y musical al que nos tiene acostumbrados, pero le añade una producción rica, en la que cada canción va desarrollándose durante el tiempo que necesita, sin efectismos ni trucos baratos. Todo lo que suena tiene su espacio y su tiempo, y Lapido explica así el discurrir de las composiciones: “Van entrando elementos, sonidos, líneas de instrumentos que no están desde el principio, eso le da una riqueza sonora, es una de las cosas que más trabajamos, que las canciones fueran creciendo y mantuvieran la personalidad, que no fueran un pegote tras otro, que tuviera un sentido ese añadido de riqueza sonora”. Sigue sonando al Lapido clásico, aunque remozado, más actual: “Sí, es más moderno, hay cosas que no habíamos metido nunca… incluso hay un sintetizador en ‘¡Cuidado!’”, ríe. “Una renovación sonora, se intentaba eso”. Y damos fe de que lo han conseguido.

Es la primera vez que Lapido vuelve al estudio y se enfrenta a una escucha íntegra, tema por tema. “Normalmente estas escuchas suelen ser un poco agónicas, pero me ha dado sensación de que está todo coherente, que el disco tiene personalidad, que no desentona una canción de otra. Aunque son muy distintas todo guarda un sentido unitario: hay canciones muy rockeras y otras que no sabría en qué género encuadrarlas, pero creo que tiene una coherencia sonora, de producción”. Según revela, sus músicos “están muy emocionados, muy ilusionados con lo que ha salido”, así que le preguntamos si él también está orgulloso: “Sí, sí… hoy un poco más”, sonríe.

Al salir del estudio recuerdo aquella frase que me dijo en una de nuestras últimas entrevistas: “Estoy en el proceso de plantearme si el mundo necesita un nuevo disco”. Horas antes, en esa terraza de su antiguo barrio, le pregunté si había logrado quitarse la incertidumbre de encima: “Esa es una duda que siempre tiene uno: ¿el mundo necesita un nuevo disco de Lapido?”, se plantea ríendo. “Quizá sea un reflejo de mi personalidad un poco no sé si insegura o atormentada, no sé cómo llamarlo, pero yo me planteo muchas cosas que no tienen por qué notarse. Esa reflexión que te hacía en aquel entonces me la he hecho muchas veces, y la contestación siempre es la misma: el mundo quizá no necesite un disco mío, pero yo sí necesito escribir estas canciones”.

 

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