La noche que nos despedimos de Quique González y de Tom Petty

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“La noticia de la muerte de Tom Petty circuló sin confirmar durante horas, y algunos vivimos el concierto sin saber que, a la salida, todo habría cambiado para siempre”

 

Tras diecinueve meses de gira, Quique González puso el broche final a “Me mata si me necesitas” en el Teatro Rialto de Madrid. A su último concierto acudió Arancha Moreno.

 

Quique González y los Detectives
2 de octubre de 2017
Teatro Rialto, Madrid

 

Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: J. PEREA

 

Anoche, mientras Quique González celebraba su fin de gira en Madrid, los diarios anunciaban la muerte de Tom Petty. La noticia circuló sin confirmar durante horas, y algunos vivimos el concierto sin saber que, a la salida, todo habría cambiado para siempre. También el propio Quique, admirador confeso del norteamericano y de sus Heartbreakers, que durante un par de horas disfrutó de su última noche de escenario –del “fin de curso”, como dijo él– ajeno a todo lo que pasaba ahí fuera. Estaba a solas con su banda, su público y sus canciones, rematando la mejor gira de su vida, mientras el rock se quedaba un poco más solo.

Vértigo. Eso es lo que se siente la primera vez que miras hacia el escenario desde lo alto del anfiteatro del Rialto, un vértigo que algunos no llevamos demasiado bien y que podría aguarnos la noche en caída libre –‘Free fallin’–, pero permanecemos sentados. Renunciar a lo que va a pasar en el escenario sería una lástima. Quizá ese mismo vértigo se sienta también desde abajo, cuando suena el teléfono y aparecen los seis detectives rodeando al músico madrileño. Es la última vez, y el discurso ha cambiado: ya no es por bloques, diferenciando en el primero los temas de “Me mata si me necesitas”, como sucedía al principio de la gira. Lo de hoy es una fiesta de canciones más allá de un disco, porque si no habrían tocado irremediablemente ‘Se estrechan en el corazón’, que ya nos resulta imprescindible.

El repertorio pasa por todos los álbumes. Arrancó en acústico con ‘Detectives’, folk y bien armonizada; pero enseguida puso todas las cartas sobre la mesa con la electricidad de ‘Sangre en el marcador’, a la que el violín de Edu Ortega le sienta tan bien. “Buenas noches amigos, bienvenidos a nuestra despedida”, saluda, sin saber que estábamos despidiéndonos de alguien más. Lo dice en mitad de la canción, retomándola después a guitarra y voz, con esa facilidad que ha desarrollado para moverse entre lo acústico y lo eléctrico manteniendo siempre el pulso. El público del teatro está entregado desde el principio, celebrando cada tema con la misma intensidad que se respira en el escenario.

 

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“Cómo ha crecido ‘Kamikazes enamorados’. La canción que daba título a aquella cajita verdosa, autoeditada, ahora suena contundente, enérgica, grande”

 

Cómo ha crecido ‘Kamikazes enamorados’. La canción que daba título a aquella cajita verdosa, autoeditada, ahora suena contundente, enérgica, grande. ‘La fábrica’ sigue celebrándose con un baile de eléctricas, y ‘Tenía que decírtelo’ cristaliza con fuerza entre las butacas. A todos nos sienta bien soltar aquello que nos arde en el pecho, y más que una necesidad a veces es una obligación. En esa misma línea, y dedicada a “los atracadores de lo público”, tocan ‘¿Dónde está el dinero?’. Antes de la siguiente se respira emoción al presentar a Nina: “Nos ha hecho llorar mucho”. “Nunca trabajó en el Shadows, pero siempre será la inspectora jefa para nosotros”, guiña, dejándonos saber que viene ‘Charo’. Quique sigue haciendo su parte de la canción, y cuando le toca a Nina… Nina crece, acaricia y se quiebra, pero no lo hace sola: el público canta especialmente sus estrofas, ellos también son ‘Charo’. “No sé si lo habría logrado sin ti”, vuelve a disparar por última vez la cantante de Morgan, señalando a sus seis compañeros. Siempre equipo.

‘Orquídeas’ le arranca a Quique un aullido que significa todo: ya está bien de medirse, de controlarse, de buscar siempre la afinación y colocar cada palabra en su lugar. Hoy hay que sentir. Por eso ‘Su día libre’ suena tan blues, acompañada por la Wurlitzer de David Schulthess, a quien el vocalista promete amistad a su manera –“Este tío tiene conmigo lo que quiera para siempre”–. Aún rezuma el blues cuando suena ‘La ciudad del viento’, tan eléctrica y bien cantada. Cuando se hace el silencio, alguien se viene arriba y grita “guapo”. “Igual te está subiendo lo del fin de semana todavía”, dice el vocalista antes del “un, dos, tres” que nos dirige hasta ‘Salitre’. Se deja llevar sin guitarra, abrazado al micro y cerrando los ojos, mientras siente el abrazo que sigue despertando una de sus canciones más queridas y coreadas. Cuando se despeja el escenario, y solo se quedan Nina, Edu y Quique, se prevé un trío emocionante. Ellos tocan el violín y la guitarra, y ella… ella se encarga de todo lo demás. Canta ‘De haberlo sabido’ como no la ha cantado nunca nadie, con un lamento y un corazón que nos encoge a todos. Es el momento más emocionante de toda la noche, y los aplausos se prolongan tanto, tanto… que sospechamos que Nina está a punto de esconderse, pudorosa como se muestra siempre, pero resistiendo el momento porque sabe que esas palmas interminables son solo admiración y cariño. “Agárrense a los desfibriladores, por favor”, anuncia Quique antes de ‘Me mata si me necesitas’. Él ya está dentro de la canción y fuera de todo lo demás, tratando de expresar más con la voz, de fluir, de arañarse la garganta. Los últimos segundos, los dos cantantes guardan silencio, se miran y se les oye respirar suavemente por el micro. Después, terminan el tema juntos, con esa química que se respira después de un año y medio de intensa gira.

 

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“Ya está bien de medirse, de controlarse, de buscar siempre la afinación y colocar cada palabra en su lugar. Hoy hay que sentir”

 

Con ‘Avería y redención’ Nina vuelve atrás, para dejar que González siga gobernando solo. Pero él actúa como una banda, esa banda que son cuando todas las guitarras se ponen al pie del escenario, regalándonos un minuto más de rock and roll. “Grande, Quique. ¡Te queremos!”, le gritan. “Y yo a vosotros”, responde. Lo hace justo antes de anunciar una de las canciones más antiguas: “Un lunes hace veinte años estaba esperando a que entrase una pareja en El Rincón del Arte Nuevo. Y ahora aquí”, reflexiona mirando al frente, donde no hay un hueco libre. Suena ‘Conserjes de noche’, y caminamos por esa calle de farolas encendidas, en blanco y negro como la imaginamos en nuestra retina, antes de darle el color que le impregna siempre que saca la armónica. Se ha desecho de la guitarra, ahora solo es aire, el aire que fluye a través de esa armónica, tan bien arropada por la batería de Edu Olmedo, que el propio vocalista parece guiar cada vez que da una patada en el aire, empapando de energía el final. Sin permitirse ni un segundo de respiro, vuelve a coger la guitarra y toca inmediatamente ‘La casa de mis padres’. El viaje al pasado, al 98, le lleva de un porrazo hasta 2016, hasta el disco que está despidiendo. Primero solo con su voz, su guitarra y el violín (delicadísimo) de Ortega, con la intimidad que requiere ese vaciado emocional. Después, arropado por sus seis compañeros. Quizá la vida sea eso, como las canciones de Quique: de lo íntimo a lo público, de la fragilidad a la fuerza, de la necesidad de reflexionar solo a la necesidad de desfogarse acompañado. Vivir es ese momento acústico, íntimo y emocionante, que acaba en un lamento compartido de blues.

Tras esa interpretación tan intensa, todos abandonan las tablas. Una de las veces, Quique desaparece antes que la banda, para dejarles a solas con el público, para aplaudirles él también dejándoles el protagonismo que siempre les da. Tanto, que en su cierre de fiesta incluye ‘Sargento de hierro’, la canción de Morgan, cantada a medias con Nina. Una guitarra desnuda da paso a ‘Aunque tú no lo sepas’, como aquellas noches acústicas de comienzos de siglo. Hay un momento, que no sabemos si es improvisado, en el que Nina parece indicarle a Quique que siga él, que ella le acompaña desde los coros. Tal vez sea una manera de dejarle a él su canción, que suena íntima, minimalista y tierna. Pide aplausos para Pepo López, Edu Olmedo y Boli Climent antes de ‘Clase media’, esa canción que les unió a todos en los que cada cosa está en su lugar: es tiempo de mandolinas, de percusiones, de coros… y hasta de esperar su momento sin tocar, como hacen un buen rato el teclista y el bajista. ¿Para qué rellenar, cuando la canción ya está llena? Es al final, tras un silencio, cuando todo estalla, todo sube y se vuelven a ir del escenario, despidiéndose por unos instantes.

 

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“Ellos tocan el violín y la guitarra, y ella… ella se encarga de todo lo demás”

 

El siguiente que regresa a solas es Quique, que se confiesa a punto de llorar con tanta emoción contenida. La ocasión es especial, y se atreve a versionar por primera vez una pieza de uno de sus ídolos, Antonio Vega. Canta a guitarra y voz ‘Tesoros’, y la emoción primeriza del tema le hace tropezar varias veces en la letra, pero no se detiene. Retoma y sigue, porque está acostumbrado a recuperarse tras los baches. No se trata de la perfección, sino de la ilusión por hacer sonar esos acordes en su última actuación. Al terminar vuelve a acompañarle la banda y a regalar otra joya, ‘Pequeño rock and roll’, que él canta aferrándose al micrófono, sin guitarra una vez más, dejándose arrastrar por la voz.

Cuando desaparecen lo hacen con una extraña despedida, porque no lo es: regresan para dos temas más. Uno es ‘Dallas Memphis’, donde cambia aquello de “tocaba en Autopista” por “tocaba con mi banda”, otro guiño más a los que le acompañan. Estamos llegando al final y se nota, el ambiente sobre el escenario es emotivo, y Quique no se cansa de dar las gracias, al público y a su grupo. “Detectives, lo que me habéis dado es impagable, no lo voy a olvidar”, suelta, y antes de romperse del todo se lanza sin freno hacia el himno final, ‘Vidas cruzadas’. Todo el público se levanta. Algunos ya hemos olvidado el vértigo de mirar hacia abajo, entregándonos a un bonito fin de una fiesta con la que se celebra algo más que un concierto. Brindamos por las canciones que nos han traído hasta aquí, desde “Personal” hasta “Me mata si me necesitas”, desde aquel bar vacío donde tocaba un cantautor desconocido hasta este teatro abarrotado que ha crecido junto al propio González. Brindamos por lo que fuimos y por lo que somos, aunque en unos minutos nos hiele la sangre averiguar que Tom Petty está a punto de irse, y que ya nunca seremos los mismos. Nunca, salvo cuando escuchemos estas canciones.

Repertorio:
Detectives
Sangre en el marcador
Kamikazes enamorados
La fábrica
Tenía que decírtelo
¿Dónde está el dinero?
Charo
Orquídeas
Su día libre
La ciudad del viento
Salitre
De haberlo sabido
Me mata si me necesitas
Avería y redención
Conserjes de noche
La casa de mis padres

Sargento de hierro
Aunque tú no lo sepas
Clase media

Tesoros
Pequeño rock and roll

Dallas Memphis
Vidas cruzadas

 

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