La mascarada del siglo: televisión y rock, el reino de las oportunidades perdidas

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cachitos-de-hierro-y-cromo-24-12-13

“Arroja la incómoda sensación de que conformar una parrilla en la que los contenidos musicales rigurosos gocen de una cierta estabilidad es algo tan quimérico en este país como pedirle una cierta continuidad a sus políticas educativas”

 

Carlos Pérez de Ziriza, al hilo de “Cachitos de hierro y cromo”, el nuevo espacio musical de TVE, reflexiona sobre la realidad de la música en la televisión pública de nuestro país.

 

 

Una sección de CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

 

 

Hay una queja muy común entre aquellos que, a través de las redes sociales, se hacen eco de “Cachitos de hierro y cromo”, el más reciente espacio musical de nuestra televisión pública: apenas remite a un hilo conductor débil. Muy débil. Se trata de un vasto contenedor con el que volver a airear el enorme archivo documental de RTVE, pero su concatenación de clips y actuaciones en directo apenas se ve jalonada por unos concisos recuadros nominativos con los que hacer saber al espectador quién es el protagonista de cada fragmento. La información complementaria, todo aquello que aporte un ítem o un valor añadido a lo meramente nominativo, es apenas anecdótica. El resultado es un collage tan estimulante como absolutamente carente de contextualización. Una suerte de maniobra autocelebratoria y algo complaciente, al más puro estilo de esos programas con los que TVE nos ameniza las nocheviejas desde hace algunas temporadas.

El afán pedagógico, caso de haberlo (¿alguien podría negar su perentoriedad en un país como este?) remite a recursos facilones y a paralelismos con cualquier otra vertiente de nuestro ocio, como si nunca la música pop en sí misma pudiera constituir un banderín de enganche autónomo para atraer a la audiencia. En pleno 2013. Sí, hablamos de entretenimiento, y menos da una piedra. No digamos ya cuando llevamos más de una década asumiendo, con resignación, que el único formato viable en términos de audiencia es (mentira cochina) el dichoso “talent show”. Pero cualquiera que tenga una cierta edad y conserve algo de memoria recordará con algo de nostalgia aquellos especiales que el veterano “Metrópolis” dedicaba a fenómenos como el grunge o el noise rock, aquellas entrevistas que Paloma Chamorro oficiaba muchos años antes en el plató de “La edad de oro” o aquellas actuaciones en directo que se sucedían los sábados por la mañana en “Caja de ritmos” (como la que le costó su supresión), por no hablar incluso de espacios de dominio más público, como “Aplauso”, “Tocata” o “Rockopop”. En realidad, los espacios de los que se nutre “Cachitos de hierro” y cromo, que no hace mucho más que triturar y regurgitar todo ese material desde un prisma no demasiado historicista. Una mera conmemoración de su propio pasado en la que prima un criterio exclusivamente cuantitativo por encima del cualitativo, como en un pantagruélico menú de buffet libre.

Seguramente esto, en plena era Youtube, no constituya motivo de desvelo para prácticamente nadie. Pero el reguero de cadáveres exquisitos que ha ido dejando el historial musical de nuestra televisión pública estatal por el camino (las autonómicas, salvo excepciones muy puntuales, ahondan en la tendencia, y lo de las privadas siempre fue para echarse a llorar) es de órdago: “Mapa Sonoro”, “IPop”, “Plastic”, “Rápido”, “FM2″, “Aumbabulubabalambambú”, “Popqué”, “Popgrama”, “Musical Express” y todos los ya mentados. Sí, y “Los conciertos de Radio 3″. Demasiado patrimonio visual, demasiados guiones, demasiado trabajo detrás como para verse reducido ahora a una simple sucesión de flashes, muchas veces concatenados por el capricho de lo kitsch. Y arroja siempre la incómoda sensación de que conformar una parrilla en la que los contenidos musicales rigurosos gocen de una cierta estabilidad es algo tan quimérico en este país como pedirle una cierta continuidad a sus políticas educativas, siempre sujetas al capricho del gestor de turno cada cuatro años. Los escépticos dirán que todo esto no es más que un reflejo de lo que en realidad somos, una democracia agrietada y sumamente imperfecta, atávicamente sujeta al desprecio por la cultura y escasamente homologable a las de los países de nuestro entorno. Un país en el que, ciertamente, el rock y el pop siempre han sido manifestaciones culturales de segunda. Pero no deja de resultar descorazonador que, también en este aspecto, exhibamos un expediente pedagógico cada vez más pobre. En esto, innegablemente, también hemos ido a peor.

Anterior entrega de La mascarada del siglo: Listamanía.

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