La cara oculta del rock: David Bowie, el gran dictador

Autor:

“Me encantaría ser primer ministro. Y creo profundamente en el fascismo… Sueño con comprar empresas y cadenas de televisión, poseerlas y controlarlas”

 

La imaginería del Gran Duque Blanco, el nuevo alter ego del  Bowie de la segunda mitad de los 70, hizo que se le tachara de fascista. Pero cuando las declaraciones a prensa y las fotografías apoyan esta teoría, ¿cómo se sabe dónde termina el personaje y comienza la persona?

 

Una sección de HÉCTOR SÁNCHEZ.

 

Ziggy Stardust se retiró el 3 de julio de 1973 en el Hammersmith Odeon de Londres. Esa actuación fue la última vez que David Bowie encarnaría a su andrógino personaje. Tres años después ya había inventado un nuevo alter ego completamente opuesto: The Thin White Duke (el Duque Blanco y Delgado). Si Ziggy era colorista y ambiguo, parecía más una mujer que un hombre, la imagen del Duque Blanco y Delgado no daba lugar a dudas. Bowie nunca había estado tan masculino, luciendo una camisa blanca recién planchada, un pulcro chaleco y un impecable corte de pelo. Esta nueva apariencia tuvo su origen en el papel que interpretó en la película “El hombre que vino de las estrellas” (Nicolas Roeg, 1976). El nombre de su nueva identidad aparecía en la letra de la primera canción del álbum “Station to station” (1976), que sería un punto de transición dentro de la carrera del artista al pasar del soul de “Young americans” (1975) a la música electrónica de su trilogía berlinesa formada por “Low” (1975), “Heroes” (1977) y “Lodger” (1979).

Con la encarnación del Duque Blanco y Delgado, Bowie se había convertido en la representación del superhombre de Nietzsche, y es de sobra sabido lo que sucede cuando se sacan de contexto las teorías de este filósofo. Además, el cantante empezó a sentir interés por la cultura germana: por una parte, le fascinaba el expresionismo alemán, que no tiene nada malo, y por otra, empezó a sentir cierto fetichismo con el Tercer Reich y todo lo relacionado con él. Durante un viaje en tren, después de cruzar Polonia acompañado de Iggy Pop y el fotógrafo Andrew Kent, la KGB registró un baúl de David y encontraron varios libros sobre su nuevo tema favorito: el Tercer Reich. Después de ver que los documentos de identidad estaban en orden, los tres viajeros pudieron continuar su trayecto no sin antes recibir la amenaza de un miembro de la KGB que les amargaría el viaje: “Alguien irá a recogerlos en Moscú”. Este episodio podía haber terminado con un final diferente, pero cuando Bowie y su comitiva llegaron a la estación de Belrruskaya en Moscú, para su tranquilidad, no había nadie esperándoles. Sin embargo, cuando viajaban a Helsinki, la guardia fronteriza exigió a David y a Iggy que se desnudasen, cosa que posiblemente no les importara.

El número más conocido que David Bowie protagonizaría en una estación tuvo lugar el 2 de mayo de 1976, en la estación Victoria. Después de dos años, el camaleónico Bowie volvía a su Inglaterra natal. Un Mercedes Benz descapotable de color negro, que había pertenecido a un príncipe iraní asesinado, le estaba esperando. El tren llegó con cierto retraso al andén ocho y el Duque Blanco y Delgado apareció con su impoluto atuendo. Bowie se subió al automóvil y se quedó de pie delante del grupo de fieles seguidores que habían acudido solo para verle llegar. En ese momento, el cantante levantó el brazo derecho para saludarles y los fotógrafos inmortalizaron el momento.

¿Acaba de hacer David Bowie el saludo nazi? La revista “New Musical Express” no tardaría en cebarse con él publicando la fotografía con un titular imparcial: “Heil y adiós”. Una foto como ésta era lo que los medios de comunicación estaban esperando. Era la imagen que la prensa necesitaba para ilustrar las perlas que por esa época salían de la boca de Bowie. En una entrevista realizada por Cameron Crowe, David demostró su conducta megalomaníaca: “Me encantaría ser primer ministro. Y creo profundamente en el fascismo… Sueño con comprar empresas y cadenas de televisión, poseerlas y controlarlas”. Durante una rueda de prensa en Estocolmo, tampoco se quedó atrás: “Creo que a Gran Bretaña le podría beneficiar un líder fascista. En el fondo, el fascismo es en realidad nacionalismo”. Poco después, intentaría arreglarlo: “Si lo he dicho, y tengo la desagradable sensación de que dije algo parecido a un periodista de Estocolmo, me sorprende que alguien se lo haya creído… Yo no soy una persona malvada. No voy de pie en coches saludando a la gente porque crea que soy Hitler”. Bowie también tenía su peculiar visión del dictador al considerarlo como “una de las primeras estrellas de rock”, incluso se explayó en argumentos para justificar la idea que tenía en su cabeza sobre Hitler: “Solo hay que ver sus películas y ver cómo se movía. Creo que era tan bueno como Jagger… Hitler utilizó la política y las herramientas del teatro y creó una cosa que gobernó y controló su espectáculo durante aquellos doce años. El mundo nunca volverá a ver a nadie como él. Él escenificó un país”. Con semejante colección de retahílas, por mucho que David Bowie dijera que la foto estaba sacada de contexto, que saliera así por un “efecto de luz” y que su saludo fuera un “signo de paz”, resultaba sencillo tacharle de fascista.

¿Qué opinaban sus amigos más cercanos sobre estas acusaciones? Así respondió Iggy Pop, quitándole hierro al asunto, cuando le preguntaron si David estaba alterado psicológicamente: “Por supuesto que lo estaba, pero no iba a dejar que se notase. Tenía unos gestos peculiares, extraños, teatrales, ligeramente megalómanos a la hora de relacionarse, pero yo estaba acostumbrado, porque yo también tengo unos cuantos”. El fotógrafo Andrew Kent no se sintió incómodo a pesar de las etiquetas que Bowie estaba recibiendo por sus comentarios filofascistas: “Yo soy judío y nunca percibí actitudes antisemíticas. Si lo hubiese hecho, me habría ido”. Otra amiga judía del músico explicó la devoción de David Bowie por la parafernalia nazi: “Siempre le fascinó, pero la cita que lo estigmatizó no la pronunció con mala intención. Quería decir que (los nazis) sabían cómo utilizar los medios de comunicación”.

Y lo más importante, ¿qué opinaba el propio Bowie sobre esto? Por un lado, aseguró que muchos de sus comentarios eran “bromas” y que los había hecho simplemente para provocar. Además, para justificar su comportamiento durante esa época, aseguró no recordar nada de la grabación de “Station to station” al estar habitualmente bajo los efectos de la cocaína. ¿Fue la cocaína la que hizo que se manifestara esta personalidad ególatra y fascistoide del Duque Blanco y Delgado? David definió a su alter ego como “un personaje muy desagradable” y le echó la culpa de su actitud: “A mediados de los años setenta rompí la línea por fin y ya no pude percibir la diferencia entre el personaje escénico y mi persona”. Teniendo en cuenta la cantidad de roles que el camaleónico David Bowie ha interpretado a lo largo de su carrera, habrá que creerle.

Anterior entrega de La cara oculta del rock: Jimi Hendrix, demasiado erótico para ser moral.

Puedes seguir a Héctor Sánchez en su propio blog.

Artículos relacionados