Dylan en Nashville

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“Después de reventarle las costuras al folk de campus y buenas intenciones, ponerle himnos a la lucha por los derechos civiles, enloquecer a sus concienciados camaradas a base de iluminaciones automáticas, electrificarse y encamar a Rimbaud y Einstein, metérselo todo y ser el más rápido, cruel y brillante de las luminarias del universo pop, coge, se planta en Tennessee, registra una obra descomunal y abre para el resto las compuertas del country”

 

Efe Eme concluye la semana especial dedicada a Bob Dylan explicando un momento crucial en su carrera: su primer viaje a Nashville, aconsejado por el productor Bob Johnston. Por Julio Valdeón Blanco.

 

 

Texto: JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

Principios de 1966 y Bob Dylan está tocado. Algo no funciona durante la grabación del disco que ha de suceder a “Highway 61 revisited”. Los Hawks, futura The Band (con la ausencia de Levon Helm, que pasa de seguir ejerciendo como escudero) lo acompañan en el estudio A de Columbia, en Nueva York, junto al organista Al Kooper, veterano de las sesiones del “Highway”, y el productor Bob Johnston. La bestial energía que el grupo conjura sobre los escenarios no se transmite a las cintas. O sí, pero faltan matices, funambulismos con sentido y, sobre todo, “pathos”. ‘Freeze out’, futura ‘Visions of Johanna’, queda lejos de la brumosa y mayestática intuición con la que fantasea su autor. Desesperado, escuchará el consejo de Johnston, el más atípico y “destroyer” de los productores de Columbia. A saber, ¿por qué no trasladar las sesiones a Nashaville? Johnston es perro viejo. Conoce los vericuetos de Music City USA. No le asusta el desprecio que los cachorros del rock sienten por el country, ni la evidente desconfianza que los oficiantes de la música vaquera experimentan hacia sus colegas rockeros. A fin de cuentas, razona, Elvis Presley y Jerry Lee Lewis eran hijos de ese estilo, mezclado con góspel y rhythm and blues, y Johnny Cash ha sido capaz de triunfar en las dos orillas, conjugando cierta querencia rockabilly con el tuétano de Hank Williams y cía. Todavía más importante: la capital vaquera es un asombroso semillero de músicos superdotados. Geniecillos que tocan al gusto del cliente y levantan una canción a base de portentosa ductilidad. Claro que sus clientes son tipos respetables, no melenudos hippies ni contestatarios hijos de la generación beat. A pesar de que tiene en contra la opinión de Albert Grossman, el rudo mánager de Dylan, Johnston seducirá a su hombre y embarca al príncipe de lo “cool”, poeta laureado del surrealismo eléctrico y antiguo santo patrón de la canción política, para agitar su coctelera mágica en el territorio de Owen y Charles Bradley, Jim Reeves, Connie Smith, George Jones, Porter Wagoner, Roger Miller, Eddy Arnold, etc.

Al parecer hubo dos viajes a Nashville, febrero y marzo del 66, durante los cuales Dylan y sus músicos, Robbie Robertson y Kooper (que lo han acompañado desde Nueva York), más el guitarrista Charlie McCoy, el batería Kenny Buttrey, el bajista y guitarrista Joe South, el guitarrista Wayne Moss, el pianista Hargus Pig Robbins y el trombonista Wayne Butler, o sea, un combo mezcla de jóvenes rockers y consumados ases del country, cocinarán uno de los discos claves del siglo XX, “Blonde on blonde”. Una obra reveladora, y no solo para el público: habrá quienes, de entre sus colegas, opten por reforzar los artificios del pop, alambicar los arreglos, retorcer la lírica y exprimir las posibilidades del estudio, acaso contagiados por la tóxica libertad que respiran sus surcos. Otros, sin embargo, toman la matrícula de Johnston y viajan a Nashville. Es así como a partir del 66 y en rápida sucesión muchos de los nombres claves del rock se asociaran con los profesionales consumados de aquella ciudad. Simon & Garfunkel, Leonard Cohen, The Byrds, Neil Young, etc. La lista de peregrinos resulta incontable y su arte se benefició merced al trasvase de talento, las enseñanzas y la eficiencia de gigantes como Pete Drake, Lloyd Green, Buddy Spicher, Charley Daniels, Fred Carter Jr., Mac Gayden, Grady Martin, Weldon Myrick, Norbert Putnam, Pig Robbins y tantos otros gloriosos sesioneros.

Dylan volverá a Nashville más veces, y en alguna ocasión incluso alumbrará nuevos milagros (“John Wesley Harding”), pero la semilla ya irradiaba rayos infalibles. Después de reventarle las costuras al folk de campus y buenas intenciones, ponerle himnos a la lucha por los derechos civiles, enloquecer a sus concienciados camaradas a base de iluminaciones automáticas, electrificarse y encamar a Rimbaud y Einstein, metérselo todo y ser el más rápido, cruel y brillante de las luminarias del universo pop, coge, se planta en Tennessee, registra una obra descomunal y abre para el resto las compuertas del country, el otro gran venero del rock junto al blues y derivados. No contento, un año más tarde y encerrado en Woodstock alumbra lo que siglos más tarde llamaremos Americana. Pero hoy tocaba explicar el Big Bang provocado por el hipster quintaesencial y neoyorquino, parafraseando a su socio Kooper, cuando bajándose con el dedo anular las Ray-Ban guiñó un ojo a sus curtidos mercenarios y, “One, two, three”, arrancaron a sonar en narcotizada estampida los acordes de ‘One of us must know (sooner or later’, ‘Stuck inside of mobile with the Memphis Blues Again’, ‘I want you’, ‘Just like a woman’ o ‘Sad eyed lady of the lowlands’.

 

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