Cine: “Metéora”, de Spiros Stathoulopoulos

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“Todo en ‘Metéora’ se reduce a la complejidad de las pasiones más primitivas: el amor terrenal y el amor celestial”

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“Metéora”
(Spiros Stathoulopoulos, 2012)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.

 

 

¡Cómo ignorar las razones que llevaron a los virtuosos ermitaños a subirse a los peñascos de la región de Metéora! En una Grecia inhóspita, en la profunda Tesalia, encogidos por el hambre aquellos santurrones se estiraban en santidad. Pero ni todo eran penurias ni tampoco estaban solos. Acompañados de un chusco de pan y tragos de vino rancio, en un retiro espiritual que el síndrome de la culebrilla trocaba en regocijo lisérgico, el asceta se agarraba la flipada monumental. Y ya se pueden imaginar lo que sigue; advenimientos y visiones para poner la primera piedra de la vida monacal. Bien arriba, no se sabe si cerca del Padre o lejos de la prole.

El caso es que hoy tenemos un complejo de monasterios encaramados a torres de granito en el paquete de cualquier agencia de viajes que despierta los anhelos del amigo del arte bizantino.

Lejos de estas mamarrachadas introductorias, al abrigo de los circuitos turísticos, viven recluidas las órdenes monásticas a las que pertenecen los protagonistas de “Metéora”. Theodoros (Theo Alexander) y Urania (Tamila Koulieva-Karantinaki) se desvían de su pacto cenobita en un secreto romance que se cita en el fértil valle. ¡Dónde si no puede germinar el amor carnal! Los primeros encuentros de los jóvenes amantes, casi místicos, se alternan con la meditación en soledad a la sombra de la duda que proyecta el monasterio, con la complicidad de un paisaje áspero, abierto a las entrañas del maligno, siempre al acecho desde las gargantas excavadas por los afluentes del Peneo.

Los significados codificados por el simbolismo de “Metéora” no complican el alcance del mensaje, más bien elevan las posibilidades de interpretar la lucha interior dentro de la ambivalencia con la que se expone la fe cristiana. En este sentido se organiza el cuerpo fílmico del film, mostrando espacios que tan pronto se llenan de bruma siniestra como exhiben su belleza bajo los rayos de Helios; o la música, ya sea para arreglar el pedestal armónico de canciones populares, ya sea pronunciada para llamar a la reclusión con el golpeo rítmico y ascendente de una intimidatoria percusión.

Todo en “Metéora” se reduce de manera tan frugal a la complejidad de las pasiones más primitivas: el amor terrenal y el amor celestial.  

Anterior crítica de cine: “Maléfica”, de Robert Stromberg.

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