“Perversidad” (1945), de Fritz Lang

Autor:

EL CINE QUE HAY QUE VER

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“Uno de los más perfectos ejemplos de lo que luego se vendría a denominar ‘film noir’”

 

Elisa Hernández recupera “Perversidad”, obra indiscutible del cine negro clásico dirigida por uno de los cineastas más importantes de la historia del séptimo arte, el vienés Fritz Lang.

 

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“Perversidad”
Fritz Lang, 1945

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

Fritz Lang (Viena, 1890-Los Ángeles, 1976) es probablemente uno de los directores más reconocidos y estudiados de la historia del séptimo arte. De ascendencia judía y realizador de algunos de los principales filmes del cine expresionista alemán, Lang abandonó Europa en 1933 tras la llegada del régimen nazi al poder y comenzó a trabajar para la industria hollywoodiense. “Perversidad” no es sino una de sus obras cumbres y uno de los más perfectos ejemplos de lo que luego se vendría a denominar “film noir”, un género que alcanza las que se suelen considerar sus convenciones clásicas en EE.UU. en los años cuarenta, pero que en realidad es omnipresente en el cine a lo largo de toda su historia.

Reuniendo a gran parte del equipo y reparto del enorme éxito de taquilla que había sido su film anterior, “La mujer del cuadro” (protagonizada también Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Duryea), “Perversidad” cuenta cómo la joven Kitty March y su poco escrupuloso novio engañan a Chris Cross, un cajero y pintor aficionado, para tratar de aprovecharse de él económicamente. La película parece un manual de todo lo que ha de tener una producción para considerarse cine negro clásico: una mujer fatal, inmoralidad, sórdidos espacios urbanos, sombras… Y sin embargo el modo en que el film presenta a su pobre protagonista no deja de sorprender una y otra vez. Haciendo uso de la pequeña estatura de Edward G. Robinson (aquí bastante alejado del prototipo de tipo duro y gángster que le había llevado a la fama más de diez años antes), el personaje es minimizado, ridiculizado y mostrado como excesivamente bonachón. Una presa fácil alrededor de la cual todo parece ser maldad y codicia.

 

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El film va ganando en oscuridad a medida que la situación se complica y el propio Chris recurre a actos criminales cada vez más graves, engañado siempre por la perversa Kitty. Las mentiras le rodean cada vez más y lo llevan a un trágico destino que demuestra que ni el más santo está libre de sentimientos ambiguos y cómo el contexto y las circunstancias pueden terminar por corromper a cualquiera. La evolución del personaje es mostrada de manera magistral, pasando de provocar risas gracias a su entrañable torpeza e ingenuidad a los oscuros últimos minutos de metraje en los que las luces, los encuadres y el audio se sincronizan en una de las escenas más sombrías y tenebrosas de la historia del cine. No sólo queda así Chris atrapado en las consecuencias de sus acciones, sino que el espectador se ve obligado a enfrentarse a un mundo irremediablemente inmoral y escabroso en el que reina el egoísmo. Un mundo que, todavía hoy, nos resulta aterradoramente familiar.

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “King Kong” (1933), de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack.

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