Bandwagonesque (1991), de Teenage Fanclub

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TREINTA ANIVERSARIO

«Las composiciones del dúo formado por Norman Blake y Gerard Love acarician al oyente, pero también rascan y golpean»

 

Teenage Fanclub
Bandwagonesque
CREATION RECORDS, 1991

 

Fernando Ballesteros se detiene esta vez en el tercer disco de la banda escocesa Teenage Fanclub, cosecha del 91. Una oportunidad para recordar la brillantez de sus armonías y melodías en plena era de ruido de guitarras.

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Después de hablar de los trabajos que publicaron en 1991 My Bloody Valentine, Red Hot Chili Peppers, Pearl Jam, Jayhawks y Tom Petty, me voy a permitir una licencia. Apenas hemos recorrido la mitad del camino, pero ya tengo actualizadas en la cabeza las razones por las que el año 1991 fue mágico. Probablemente, el mejor de los que he podido vivir con —más o menos— uso de razón. Uno de los motivos más poderosos fue el tercer disco de Teenage Fanclub. O podríamos decir que el segundo, si consideramos The King como un minielepé, apenas un puente entre A catholic education, su notable debut, y este magistral Bandwagonesque.

The King fue casi una anécdota que surgió tras una velada regada de alcohol. Don Fleming les propuso hacer un disco en una noche, y aquello fue pura improvisación ruidista. La idea era sacarlo en una tirada de quinientas copias, aunque finalmente Creation acabó lanzando 10.000. En todo caso, el paso adelante hay que buscarlo en aquella misma cosecha y con idéntico productor a los mandos, porque Bandwagonesque les dio la oportunidad de girar por todo el mundo y les colocó delante de un público más numeroso, y fue precisamente Don Fleming la pieza fundamental en la búsqueda de una evolución significativa en su sonido.

Fleming tocaba en Gumball, una banda que, básicamente, hacía pop ruidoso, y los Teenage Fanclub se movían cerca de esos presupuestos cuando se cruzaron con él. En aquel momento, el productor supo ver algo más en el grupo: les escuchó cantando armonías y tuvo la brillante idea —vistos los resultados— de proponerles que dieran un paso más en esa dirección. Lo que les vino a decir es que todo el mundo andaba haciendo pop ruidoso de guitarras y que eso, al fin y al cabo, era muy fácil, pero que no había muchos grupos capaces de plasmar melodías como las suyas. Los chicos le hicieron caso y todos salimos ganando.

 

Las canciones

En este álbum, las composiciones del dúo formado por Norman Blake (voz y guitarra) y Gerard Love (voz y bajo) acarician al oyente, pero también rascan y golpean. Algo así parece querer transmitir «The concept» desde el acople inicial, con una bonita melodía y la distorsión controlada marcando el camino, antes de que «Satan», en poco más de un minuto, nos recuerde que, cuando querían, seguían dándole fuerte al ruido.

La balada “December” avanza en la línea de la ampliación de horizontes en la que se habían enfrascado. Se trata de una melodía que remite, directamente, a Big Star. Por aquellos tiempos no podía encontrar esas referencias, más que nada porque aún no se había cruzado Alex Chilton en mi vida. Ni en la mía ni en la de muchos fans de TFC, que descubrimos al genial músico gracias a la relectura que hicieron de “Free again”, una canción que, dicho sea de paso, se ajustaba como un guante al cancionero de Norman Blake y sus compañeros.

“What you do to me” es una demostración de eso que tantas veces han hecho los escoceses a lo largo de su discografía: con muy pocos ingredientes, los básicos y sin ningún artificio, son capaces de darle forma a una canción de pop redonda, rotunda, pegadiza, de esas que se te quedan para siempre con tan solo un par de escuchas.

“I don’t know” le da a la melodía, pero también al fuzz. Es uno de esos temas en los que se dan felizmente la mano los dos perfiles de la banda: armonías y melodías brillantes, a raudales, por supuesto, tanto como las guitarras a tope que te levantan de la silla. “Star sign”, hace gala de una alegría contagiosa y rutilante e incide en el gusto del grupo por cultivar la belleza e inmediatez melódica y acompañarlas de envoltorios rugosos. En los surcos de Bandwagonesque están muy presentes las influencias de los grandes. A Big Star ya nos hemos referido, pero por allí también se pasan los espíritus de los Byrds, Badfinger y, ya que estamos con la magia de la letra «b», el de los Beatles, que se manifiesta en todo su esplendor en “Metal baby”, otra vez la sencillez elevada a la categoría de arte cono mayúsculas. La canción es otro clásico instantáneo, algo así como un completo muestrario de todo lo que ha de tener una canción pop, para que al terminar de escucharla, te salga del alma decirle a su autor «te habrás quedado a gusto».

La feria del estribillo perfecto tiene una representación más en “Pet rock”, en la que escuchamos trompetas, mientras que “Sidewinder” y su redondez pop hacen que el oyente se pregunte si el disco ya ha tocado techo. Tranquilos, la respuesta llega a renglón seguido en forma de enorme canción, la mejor del lote para el que firma, porque “Alcoholiday” son palabras mayores: más de cinco minutos de goce pop continuo. Pero aún hay más: «Guiding star» hace que el pistón no baje en la recta final del disco y el cierre instrumental de “Is this music?” es un broche digno para —no seamos tímidos con los calificativos— una obra maestra como esta.

Hemos empezado hablando de lo prolífico que fue el 91 en lo tocante a grandes discos; bueno, pues toda esa competencia no impidió que la revista Spin, biblia de lo alternativo, colocara este disco en lo más alto de su lista de lo mejor del curso. Se impusieron, entre otros discazos, a Nevermind, algo que Norman cree que no sentó bien a mucha gente, sobre todo en Estados Unidos. Kurt Cobain no debió de ser uno de ellos, a juzgar por las palabras que les dedicaba cuando, por ejemplo, dijo que TFC era el mejor grupo del mundo.

Casi a modo de anécdota, no me resisto a rescatar el episodio que une a los Teenage con Kiss. La insólita conexión surgió cuando Gene Simmons metió una demanda judicial al sello. El motivo es que la bolsa de dinero con el símbolo del dólar que aparecía en la portada ya había sido registrada por él con anterioridad. El bajista y cantante de los norteamericanos obtuvo lo que buscaba: una compensación económica. Y es que, si hablamos de dinero, los Kiss no hacen prisioneros.

Aparte de episodios más o menos anecdóticos, esta obra situó en el mapa a TFC y los consolidó como uno de los nombres propios de la década, algo que ellos se encargarían de seguir demostrando en sus siguientes discos. Recuerdo verlos en directo en la gira con Nirvana tras la publicación de este disco. Aquella noche, en el Palacio de los Deportes de Madrid, Cobain y los suyos daban la impresión de tener, ya sobre sus hombros, el peso de un éxito desmedido. Frente a esa sensación, contrastaba la frescura de los británicos. Vivían su momento, y la impresión era que otros grandes logros estaban a la vuelta de la esquina. En un arranque de fan que devoraba día tras día este Bandwagonesque, le dije una noche a quien me quisiera y pudiera oír —es decir, a dos amigos que estaban conmigo en ese momento— que los Fanclub eran la banda de los noventa.

 

Discos siguientes

Thirteen fue el siguiente aval a tan atrevido vaticinio. Inferior a su excelso predecesor, se trataba de otro gran elepé que, no obstante, iba a ser superado por sus dos siguientes grabaciones largas. Grand Prix (95) y Songs for northern britain (97) son intachables y junto a Bandwagonesque un trío de ases ganadores. Pura ambrosía para amantes de las mejores melodías.

Parecía humanamente imposible mantener ese nivel indefinidamente, y Howdy! supone una bajada del listón para su entrada en el nuevo siglo. Las últimas dos décadas, siendo ya toda una referencia, los Teenage no han sido muy prolíficos que digamos. Más o menos un lustro separa aquel disco de Man-made, el mismo tiempo que hubo que esperar entre este y Shadows, antes de que Here se convirtiera, en 2016, en su último álbum hasta la fecha. En apenas semanas aparecerá un nuevo disco del grupo, ya sin Gerard Love en sus filas y, como en todas sus grabaciones, podemos poner la mano en el fuego y asegurar que, en el peor de los casos, contendrá tres o cuatro perlas de esas que hacen disfrutar al aficionado al mejor pop de guitarras.Con más de treinta años de carrera a sus espaldas, es muy probable que no sean recordados como los poseedores del título honorífico de «grupo de la década» ni de la de los noventa ni de las siguientes, pero han sido uno de los grupos de la vida de muchos amantes de la música. Y eso, señores, me parece más que suficiente.

Anterior entrega: Loveless (1991), de My Bloody Valentine.

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