Amy Winehouse: The tracks of my tears

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“Se fue la última estrella solitaria, única, irrepetible, del Planeta Soul, una garganta rutilante acuñada en las fraguas del rhythm & blues clásico”

 

Luis Lapuente, el Doctor Soul, nos revela cómo acogió la noticia de la muerte de Amy Winehouse hace justo cinco años. La noticia del adiós de “la última estrella solitaria, única, irrepetible”.

 

Texto: LUIS LAPUENTE.

 

Recibí la noticia hace cinco años como un mazazo, un sábado por la tarde, maldito 23 de julio de 2011, maldito entre los días malditos que han rebanado hermosas páginas sin escribir de la historia de la música que amamos, de esos artistas tocados por la mano de un ángel, cuyo talento ya nunca podrá revivirse. El teléfono me quemó el alma.

—Acaban de encontrar muerta a Amy Winehouse.

Las fechas cuadraban y enseguida todos los informativos se apresuraron a incluir a la infortunada Amy en el tristemente famoso club de los 27. Abundaron las referencias al alcohol, las drogas, la vida disipada, otra muerte trágica de una diva del pop, nada nuevo bajo el sol, dijeron mientras soportábamos una angustiosa catarata de lágrimas regurgitadas, the tracks of my tears, qué tristeza, como las muertes absurdas de Marvin Gaye o ahora de Prince, tragedias insondables en el devenir de la música popular negra. Le había tocado a ella, Amy Winehouse, la misma que había hecho llorar de emoción al propio Prince la noche del 22 de septiembre de 2007 en el club Indigo2 de Londres, cuando cantó con él esa gema del soul contemporáneo titulada ‘Love is a losing game’.

 

 

Quizá habría que haberlo dicho entonces con mayor contundencia, pero el ruido de los chismorreos, los lugares comunes y las reflexiones a pie de teletipo lo impidieron: con Amy Winehouse se fue la última estrella solitaria, única, irrepetible, del Planeta Soul, una garganta rutilante acuñada en las fraguas del rhythm & blues clásico, alumbrada al calor de las viejas hermosas grabaciones de Sam Cooke, Aretha Franklin, Etta James, Don Covay…

Acertamos a saber de sus miserias y sus emociones escuchando su garganta quebrada, sus pasmosas recreaciones de clásicas del jazz, ay, aquel ‘Moody’s mood for love’, sus composiciones resplandecientes como un latigazo de amor y dolor: “Intentaron llevarme a rehabilitación, pero dije ‘no, no, no’… Estoy mejor en casa con Ray… no hay nada que puedas enseñarme que yo no pueda aprender de Mr. Hathaway”. No es casualidad la cita a Ray Charles y Donny Hathaway, sendas piezas maestras del andamiaje del soul, vida turbulenta una, muerte a destiempo otra. Allí es donde cobra todo su sentido el legado de Amy Winehouse, una cantante blanca y británica, allí donde habitan las emociones salvajes y descarnadas de aquellos músicos negros que ella amaba, herederos de los esclavos estadounidenses, que crearon la música más memorable y auténtica del siglo XX.

Por supuesto, hay otros grandes nombres en el “Olimpo del Soul” de los últimos veinte años, Sharon Jones, Erykah Badu, Anthony Hamilton, Beyoncé y quizá alguno más, pero ninguno tan arraigado en las tripas del género como el de Amy Winehouse, una artista descomunal que se fue casi sin tiempo para desnudar todo su talento, devastada su existencia por una terrible jugada del destino. Había ocurrido antes, en 1954, de otra manera, con Johnny Ace, otra alma aterida de frío, estrella del soul primigenio. Como entonces, hace cinco años, un día maldito del mes de julio, otra desdichada ruleta rusa empapada en alcohol hizo que los devotos del viejo soul volviéramos a vestirnos de un luto lacerante y cruel.

 

 

Anterior entrega de la semana especial: Amy no murió un sábado de julio.

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