New York Land: Yema de huevo lisérgica

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«Me contaron Raimundo y Diego que preparan un espectáculo juntos e, incluso mejor, un posible disco. De grabarse, será en crudo. Sin productores ni estudios de gran tonelaje. En sus casas. Libres de cadenas»

Raimundo Amador y su hermano Diego viajaron hasta Nueva York para participar en una charla en el Instituto Cervantes, la noche siguiente hubo concierto de Diego con la colaboración de Raimundo. Julio Valdeón estuvo con ellos.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

Cuentan los veteranos que a finales de los ochenta un meteorito chocó contra la isla de Manhattan. En vez de agua helada contenía el vacilo del punk cruzado con King Crimson, Bernarda de Utrera, Bob Dylan, la Perrata y Jimi Hendrix. Astrónomos de la Universidad de Berkeley sostuvieron que su escandalera confirmaba las tesis de Carl Sagan respecto a la existencia de vida extraterrestre. Brujos, prelados y magos hablaron de un dúo de cristos eléctricos o una conjura de orishás tronados. Cálculos posteriores demostrarían que el fulgurante objeto tenía nombre, Pata Negra, y cuna, las Tres Mil Viviendas. Allá en la Sevilla condenada a un extrarradio de ratas poco divinas había nacido un dúo gitano que antes, junto a Kiko Veneno, ya pergeñó uno de los discos fundamentales de los setenta. Hablando con veteranos del único concierto del legendario grupo en Nueva York, me entero que en los archivos del Instituto Cervantes podría ocultarse una grabación. Quizá incluso exista vídeo. Sería la hostia disponer de un concierto celebrado meses después de que «Blues de la frontera» cruzara a Albert King con Tía Añica la Piriñaca, cuando parecía que Pata Negra reinaría durante siglos, medio minuto antes de que la aventura sideral muriera en Barajas.

Más de veinte años después el documental «El Rock de los gitanos», aquella joya de Ricardo Pachón y Carlos Lencero, fue proyectado en la sede del Cervantes junto a la Tercera Avenida. A servidor le tocó presentarlo y debatir luego con dos de sus protagonistas, Raimundo Amador, guitarra sagrada en Pata Negra, y su hermano Diego, que entonces era un canijo que aporreaba la batería y hoy se ha descubierto como prodigioso pianista –en realidad proteico multiinstrumentista– y ajustado cantaor de finos registros. Lejos queda el tiempo de Patita Negra, nombre desafortunado que ni hacía justicia a los méritos de Diego ni acertaba a respetar el legado fundacional del grupo. En estos diez años ha publicado discos mayúsculos, caso de «Piano jondo» o «El aíre de lo puro». Tímido o reservado, serio y humilde, el pequeño de la saga se revela en las antípodas del extrovertido jolgorio del que hacían gala sus mayores cuando congregaban a una fauna de críticos flipados, flamencos roncos, rockers punkarras y otros asiduos a los arrabales nocturnos. Fruto del mucho estudio y unas condiciones innatas, propone saltos sobre el vacío, malabarismo liberado de arneses, que entronca con las investigaciones que otros grandes, de Tomatito a Jorge Pardo, han atisbado. Su música se hace más grande a medida que sin casi levantar la voz ha logrado imponer una visión única de un género que ya no tiene otro nombre que el suyo ni otro apellido legítimo que el de Amador, sinónimo de virus desmelenado que en la suma de identidades acierta a construir una personalísima y revolucionaria.

Por su lado Raimundo, al que los años no han añadido inquina o bilis, suma a la proverbial alegría un conocimiento fruto de muchos bolos y muchos kilómetros. Es el hombre con personalidad de pirata jovial que lo mismo toca de invitado en cien mil discos que hace llorar a B.B. King o te redime del aburrimiento con su capacidad para que la guitarra suene confortable en un registro único, suyo y de nadie más. En el trato corto es simpático, expansivo y generoso. Tanto que puedes olvidar que el fulano afable y cabal con el que cenas es un hombre que hizo de la exploración su lema y que como Drake ha fondeado su barco en playas tan inaccesibles que merecería ser condecorado por la Reina Madre, no importa mucho cual con tal de que haga caballero al hidalgo de los mares con sombrero corsario y seis cuerdas al cinto. Al final de la charla en el Cervantes los hermanos se habían marcado un par de números acústicos. Flamenco puro, en el que al principio la guitarra de Raimundo renqueó –son años sin tirarse al ruedo jondo en público– y terminó reinando. Deslumbrante en su magisterio. Haciendo honor a la trayectoria de quien siendo adolescente ya acompañaba a Camarón y Paco de Lucía e incluso cocinó formidables aportaciones en grabaciones tan veneradas como «La leyenda del tiempo».

Al día siguiente, en una sala del East Village, Diego y su grupo se marcaron un bolo puramente sensacional. Como si Art Tatum, Bill Evans o Thelonoius Monk se hubieran reencarnado en las yemas de los dedos de un pianista que no por estratosférico deja de ser emocionante. Más sincero, original, potente o necesario cuando vuelca su música hacia un recogimiento que en mi opinión funciona a pleno rendimiento si el flamenco galopa dos centímetros sobre el jazz y no al contrario. Cuando canta con esa voz que sin llegar a trueno cautiva por sabia y colorista, repleta de claroscuros y con un timbre perfecto, cuando la marida con el piano y esquiva el pecado de los virtuosos, o sea, la exhibición, acumula méritos, duende y cuajo para besarte hasta romperlo el corazón. Hablamos de pura alquimia si además, mediada la fiesta, se suma un Raimundo pletórico, capaz a estas alturas de fusionar en un rasgeo sublime jazz, blues de Chicago, ragtime trotón, rock and roll alucinado y cuantas especias sean menester. Algo que presumes conocer pero necesitas contemplar en directo para creerlo. Sin llegar jamás a descubrir sus trucos: desde que los Amador silabearon las claves de la fusión, allá por los callejones del pasado siglo, muchos han creído disponer a su antojo de un libro secreto que solo ellos manejan a capricho. Con la soltura y maravilla de quienes conciben la mezcla no como solución comercial o capricho sin brújula sino en la forma de un mandato inevitable y demoledor. Liberado de prejuicios. Borracho de notas calientes. Hijo de mil dioses cuyo legado prolongan al añadirle savia fresca y sabia.

Hablando con ellos, la noche anterior, me contaron que preparan un espectáculo juntos e, incluso mejor, un posible disco. De grabarse, será en crudo. Sin productores ni estudios de gran tonelaje. En sus casas. Libres de cadenas. A falta de Rafael, el Deseado, volarán en pelota picada y planean sustituir los trucos que tantas veces ahogan las mejores producciones con el crujido a medio cocinar del fruto recién cortado. Quieren amontonar tomas a la primera, en sucio y con borrones. Qué ganas de escuchar, les digo con genuina ilusión, ese posible disco. Qué alegría reencontrar una marca que en España debiera de ser venerada. Mientras llega el prodigio trataré de hacer los deberes. Prepararé el hipotético milagro desempolvando Guitarras callejeras o Río de los canasteros. Cruzaré los dedos para que la aventura llegue a puerto y ofrezca las mismas sensaciones de abandono que entonces. Aquella calculada inconsciencia de las fieras que tocan sin mirarse al espejo. Ansiado regalo de dos colosos que en 2012 regresan a la fuente mágica. Caramelo psicodélico o yema de huevo lisérgica, pasado glorioso, futuro por escribir, que a buen seguro harán nuevo porque los genios no saben repetirse. Como demuestra la historia, si decimos Amador el plato será doblemente sabroso si sumamos dos hombres, dos nombres y un destino. Que no es otro, parafraseando a Sabina, que el de ponernos de corbata los cojones del alma.

Anterior entrega de New York Land: Giancarlo Vulcano, de la fontanería musical a Scorsese, y de ahí a la belleza sin igual

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