Cine: «Godzilla», de Gareth Edwards

Autor:

«Una extraña y fascinante superproducción de autor con obsesión por la forma y respeto por sus referentes»

godzilla-19-05-14

«Godzilla»
(Gareth Edwards, 2014)

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

En 1954, Japón bajo el terror del monstruo («Gojira», Ishiro Honda) convirtió el Apocalipsis nuclear de Hiroshima y Nagasaki en un monstruo surgido de entre las aguas para arrasar ciudades enteras. En su primera aparición, Godzilla era una brutal alegoría de la bomba atómica cuyo éxito acabaría fundando de la mano de los estudios Toho todo un género, el kaiju –o películas de monstruos– japonés al que pronto se adscribirían otros carismáticos titanes como Gamera, Mothra y Rodan. Ampliada la nómina, el género diluiría su origen traumático con el paso de los años y las entregas para relativizar la presunta malignidad del rey de los monstruos y convertir sus batallas en destructivos choques entre fuerzas de la naturaleza.

Sesenta años después de su primer grito, Hollywood aborda su segunda versión de la criatura de Honda tras la poca afortunada incursión de Roland Emmerich –quien entendió poco o nada las connotaciones del personaje– y se la confía a Gareth Edwards, cineasta británico que debutara con la estimable –y muy pequeña– «Monsters» (2010). Si aquella ópera prima apuntaba una melancólica poética para un fin del mundo íntimo, esta «Godzilla» supone la actualización de esa sensibilidad a la primera línea del «blockbuster», ingresando por la puerta grande en la «monster movie» de proporciones y presupuestos gigantes. En ese salto, la temida pérdida de personalidad del autor frente a imposiciones industriales es solo relativa: algunos lugares comunes que definen las relaciones entre un padre y un hijo –unos Bryan Cranston y Aaron Taylor-Johnson de bajo perfil– y cierta sensación de rutina en los primeros tramos de la película son los prolegómenos al espectáculo que está por venir.

Porque en su segunda mitad, «Godzilla» se convierte en una extraña y fascinante superproducción de autor con obsesión por la forma y respeto por sus referentes. Con un ojo puesto en las bestias de la Toho y otro en la búsqueda lírica en medio de la destrucción a gran escala, Edwards reduce progresivamente el papel de los seres humanos al de insignificantes espectadores de deidades luchando por determinar el equilibrio natural. En ese desplazamiento del foco, las «set-pieces» se desvelan como asombrosas filigranas que nunca pierden de vista esta idea: monstruos acechando entre la niebla, luchas cuerpo a cuerpo y la infalible idea de asociar a Godzilla al Golden Gate de San Francisco. La secuencia maestra, sin embargo, es otra: los sonidos más dantescos de Alexandre Desplat envuelven la imagen de un grupo de paracaidistas militares descendiendo hacia la zona cero y dejando un rastro de bengala; en un momento del descenso, el plano muestra su estela sobre un cielo tormentoso que hubiera pintado el William Turner más oscuro, y el sobrecogedor instante se erige como la cristalización de una poesía de la pequeñez humana sobre el paisaje que se empeña en conquistar.

Anterior crítica de cine: “Rompenieves”, de Bong Joon-ho.

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